jueves, 4 de agosto de 2011

LA SAGRADA VIDA























                           


“…como la propia  realidad,
Que no está acorde con nada  y…
Simplemente es.”
 M. Kundera.                                

Pensar y escribir sobre lo sagrado, me ha sumido en una especie de perplejidad. Le doy vueltas a la palabra en reiteración incesante. Expongo las siete letras ante una luz blanca pretendiendo nutrirlas de energía vital, de vigor, de interpretación significante. Surgen ideas aisladas, frases, párrafos pero nada con lo que me sienta conectada, con lo que me identifique. Dejo pasar los días. Sólo sé que lo sagrado implica un sentimiento profundo de respeto y veneración y que, usualmente, se refiere a lo divino.


De buenas a primeras, un recuerdo infantil se hace presente en mi memoria. Pienso que ha tardado lo suyo en brotar de las profundidades de mi inconsciente. La reminiscencia saca a la luz las dos únicas situaciones donde escuché, por vez primera, el término sagrado usado para adjetivar un espacio físico y algo, en apariencia más abstracto. “El cuarto de los padres es algo sagrado”  Estaba ubicado al final del patio de la casa de mi abuela materna donde vivía toda la familia. Evoco una habitación grande, escasamente iluminada por los rayos del sol. Una cama matrimonial siempre bien tendida, un escaparate, ambos de caoba. Pocos ornamentos. Rara vez, entré allí pues, “era sagrado”.  Otra afirmación acerca de lo sagrado era “dar la palabra”. Ello era sagrado.

El surgimiento de los recuerdos puede tener sus vaivenes. Creo que no son gratuitos, tanto para bien como para mal. Ahora que las portadoras del calificativo sagrado, lamentablemente no están, mi abuela materna y mi madre, ambas procedentes de la isla de Martinica, ataviadas con pañuelos en sus cabezas y mezclando el dialecto típico de su tierra con el español, me atrevo a hacerles un guiño, a picarles el ojo, como se dice, a aseverarles que lo sagrado del acto no es el acto en sí, sino lo que está en juego como vía para patentizar la mayor complementariedad humana posible. En cambio, dar la palabra continúa inamovible. Significación inalterable en el discurrir temporal.

Debo acotar que, por supuesto, pensé en San Agustín como tema a abordar. El obispo de Hipona. Un hermoso retrato titulado “La Confesión de San Agustín” se hallaba colocado en la sala de la casa de mi abuela quien, en conjunto con mi madre y mis tías lo tenían por el santo de la familia. Los antecedentes de este acto continuo y sembrado de fe, siempre estuvieron teñidos de misterio tanto que, para la fecha, me resulta desconocido. Escuchar la historia de su vida, su conversión al cristianismo bajo la influencia de su amigo San Ambrosio, los sufrimientos de su madre Santa Mónica, quien, literalmente derramó lágrimas de sangre suplicando una transformación en la vida de su hijo descarriado era historia cotidiana. A su vez, lo establecido era ir a la vieja iglesia de San Agustín a escuchar misa. Iglesia  hermosa e imponente, a pesar de lo poco cuidada que se veía en su aspecto exterior. Todos los veintiocho de agosto íbamos a limpiar dicha iglesia, grandes y pequeños apertrechados con escobas, haraganes, jabón y coletos. Siempre me daba la sensación que nosotros éramos los únicos que la limpiábamos pues, el polvo estaba dispuesto en capas infinitas y los asientos eran de una opacidad indecible. Siempre llamaba mi atención los pocos sacerdotes agustinianos que llegué a ver, todos de avanzada edad, quienes nos veían hacer, de reojo.

Luego, regresábamos a casa para ponernos presentables y asistir a la misa de seis dedicada al día de San Agustín. Nunca he podido averiguar por qué es el veintiocho de agosto y no el trece de noviembre, fecha que señalan los libros como día del nacimiento del pana Agustín. Se me ocurre que se tome tal día ya que ha podido haber sido ese el de su conversión religiosa. A posteriori de escribir esta historia, un poeta declarado que no era mi amigo, me aclaró que se toma como día de celebración de un determinado santo el de su muerte.      

Así las cosas, nos dirigíamos a su iglesia cargados de flores que mi abuela compraba con antelación en el mercado de Catia. Volvía a escuchar entonces, la historia de su vida y otros elementos de la misma que desconocía y que de inmediato incorporaba a mi repertorio agustiniano. “San Agustín es un Santo muy poderoso”, decía mi abuela. “Siempre nos protegerá”. Y eso, tanto antes, como ahora lo he dado como un hecho, como vivencia personal y familiar. Pero, me pregunto ahora, ¿veo a San Agustín como algo sagrado? No sé. San Agustín me es consustancial, cotidiano, es a él a quien me encomiendo en situaciones difíciles. Es un elemento de unión familiar indiscutible.

Así, dar la palabra y el Santo irreverente constituyen surcos afincados hasta el centro de la Tierra y más allá. En ambos creo y, agrego, sin cortapisas, amén.
Entonces, qué es lo sagrado para mí.                                                                                              

Una respuesta muy íntima salta a la palestra reforzada por pensamientos e imágenes que se suceden tras un flash muy sonoro, repetitivo e interminable. La detengo por segundos sólo para reflexionar sobre su aroma, sobre su barniz muy similar a eso que llaman lugar común. Un amigo maracucho, iletrado desde un punto de vista formal, me ha dado la mejor explicación de eso del lugar común: “es una cosa tan clara y sabida que llega a convertirse en un proverbio, en un dicho de todos.” Súbitamente detecto en mí cierta tendencia unamuniana, ¡sí, tiene mucho de lugar común y qué!. Y me suelto, investida en mi carácter de cirujano: los nacimientos que he presenciado, los rostros maternos impregnados de algo que sencillamentelo sagrado es la vida. El nacimiento, la experiencia de vivir, el salvar una vida. Nunca he percibido, profesionalmente  hablando, mayor alegría cuando se ha logrado salvar una vida puesta en grave riesgo. Se trata de un sentimiento personal y colectivo. La otra cara de la moneda, el quirófano ungido de un silencio luctuoso, de desazón, de batalla perdida ante la muerte irremediable.


Caracas, 4 de agosto de 2011.

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