miércoles, 16 de marzo de 2011

Recordando a David Foster Wallace



"Por sus frutos los conoceréis". Mateo 7.16


Elena estaba sentada en el banco anaranjado. En realidad, todos los bancos eran anaranjados. El día había caído sin que ella se percatara. Las sombras del anochecer, los restos de un día nublado y lluvioso, la gente a su alrededor.

Sentada al aire libre (nada libre, por cierto) a cada rato herido por el sonido de una canción local, el de los vehículos -motos y carros-, también las voces de las personas y sus risas exentas de timidez. Ella lo miraba caer al igual que su ánimo iba aterrizando paulatinamente en el subsuelo. Además tenía frío por un tiempo que no se entendía. Había dejado su abrigo en casa. La joven que se hallaba sentada como a dos metros de ella, movía nerviosamente su pie y marcaba una y otra vez las teclas de su teléfono celular.

Elena había encontrado ese día tres cuentos de David Foster Wallace. En un primer momento creyó haber tenido mucha suerte, como si de haber descubierto un tesoro se tratara pero, al iniciar su lectura se dio cuenta que ya los había leído. Al menos pudo evocar que David Foster era un escritor intenso, psicológicamente intenso que ponía de manifiesto su irreverencia ante la vida, ante la discordancia entre la teoría de los valores y su vergonzoso incumplimiento en la práctica, ante la cotidianidad plagada de rutina y además, cosa tal vez curiosa de decir y de escribir, David Foster no sólo había sido un excelentísimo escritor sino que ella tenía la convicción de que él había sido una buena persona. Una muy buena persona a la que jamás se le hubiese ocurrido pronunciar la frase "sólo temo o sólo me importa el juicio final de Dios". Pienso que él hubiera reído con todas las ganas de que era capaz. A su vez, raudo y veloz hubiera escrito una especie de apología sobre tan patética frase. En la misma precisaría que no nos fuésemos a creer que nada importaba como nos comportáramos en esta vida, en el día a día, el mal que pudiéramos hacerle a otros, vagando como reyes individuales inmersos en una soberana estupidez. Sin reflexión alguna sobre lo sumergidos que estábamos en nuestro propio yo, en nuestras ideas y pensamientos, en nuestro profundo egoísmo. "Viviendo" sin ser capaces de recoger los vidrios rotos que dejamos tras nosotros después de un mal acto. Creo que él no hubiera dudado de la existencia ni del Paraíso ni del Averno -como llamó Dante al Infierno. No. Su relato versaría sobre la poca significación que damos a las consecuencias de nuestros actos en lo que parece ser un mundo inferior. Fustigaría con su escribir poderoso la posición de que al final lo importante es arrepentirse y nuestros pecados serían perdonados y punto. De allí directo al Paraíso en el X 49A, el avión más veloz del mundo.

Foster haría la recomendación precisa de que leyeran Fedón o de la inmortalidad del alma, diálogo recogido por Platón, en el cual se narra el último día en la vida del gran Sócrates, los argumentos que el mismo esgrime para avalar su idea de la inmortalidad del alma. En un segmento, Sócrates expone los caminos que recorrería el alma al morir el cuerpo. Las alternativas son varias según cómo haya sido el comportamiento del sujeto en esta vida. Foster citaría a "Fedón o de la..." con independencia de verse expuesto a una crítica en su fase de no exitencia. Pero es algo a lo que no haré referencia.

Elena lee los cuentos como si fuese la primera vez. Se trata de un primer cuento donde Foster narra un sueño, sin duda angustioso y deprimente. Otro en el que resalta la moraleja "...no se puede enseñar a cantar a un cerdo." Y el tercero, más largo, titulado Buena gente, en el que se narra la historia de una pareja de novios o ex novios por la situación en la que se hallaban: ella estaba embarazada y él le había propuesto que abortara. Los conflictos religiosos se ponen de relieve en el joven, esperando él que al final ella tomara la decisión de no abortar y que, a su vez, asumiera la responsabilidad de tener y cuidar al niño sola.

David Foster Wallace, considerado como el mejor escritor norteamericano de su generación, falleció a los 46 años, el 12 de septiembre de 2008 en California.

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