sábado, 23 de agosto de 2014

El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas. H. Murakami

Haruki Murakami 

Empiezo a escribir esta reseña sobre el libro más reciente que ha llegado a mis manos del japonés Haruri Murakami (Japón, 1949), aún antes de haber concluido su lectura. Voy por la página 515 y no sé exactamente cuántas me faltan para “terminarla”. Esto de terminarla es un decir porque cuando una novela me ha gustado o ha tocado fondo en mí, con frecuencia la recuerdo, toda ella o alguna (s) de las historias que incluyen. Porque una de las características de la prosa de Murakami es que sus novelas contienen muchas otras historias que, perse, podrían ser base para otras novelas, cuentos y/o relatos. De aquí que no es extraño que las primeras tiendan a sobrepasar, con facilidad, las seiscientas páginas.

Vale destacar que el abordaje de lo ficcional en Murakami fue un elemento que inicialmente me causó cierto rechazo pues el género de ciencia ficción nunca ha sido mi fuerte. Me ocurrió, claramente, con la primera novela que leí de él, Kafka en la orilla (2002) pero algo me hizo continuar su lectura hasta que no pude más que concluir que se trataba de una muy buena, agradable y gentil novela.

El fin del mundo  y un despiadado país de las  maravillas (1985) es el título que me ocupa. Se trata de una especie de narración en paralelo, dos novelas, con un protagonista principal. Dos historias que, hasta ahora, van convergiendo  para intentar decirnos si podemos escapar de este mundo donde reinan sentimientos tan opuestos, donde existe la muerte, debido a que tenemos corazón, a otro mundo cerrado, donde no existe la maldad, donde la inmortalidad es una realidad, donde siempre hay paz.

El libro tiene 40 capítulos intercalados, comenzando por  El despiadado país de las maravillas que vendría a ser el mundo “real”. Y no tan real porque la ficción se hace presente, como en otros títulos de Murakami: en ese mundo existen: El Sistema, La Factoría, los calculadores (el protagonista es uno de ellos), los semióticos, los tinieblos (seres malignos que habitan en el subterráneo de Tokio y que se hallan en lucha explícita e implícita por el dominio del mundo del cálculo, de las computadoras y de los secretos que ellos permiten albergar).

A su vez, cada capítulo tiene subtítulos que nos permiten mantener el hilo (los hilos) de la narración.
El fin del mundo vendría a ser el nombre de ese mundo cerrado por una muralla, rodeado por un tupido bosque en el que reina la paz, la armonía, donde la gente trabaja por gusto, donde hay un lector de viejos sueños (el protagonista), pero, los habitantes no tienen corazón en el sentido que no tienen esperanzas, ni dudas, ni maldades sino que viven allí porque así es y punto.

En El fin del mundo hay unos animales particulares a los que siempre parecen rodear historias de tristezas, animales que no responden a las leyes de la supervivencia y que están destinados a guardar en sus cráneos los viejos sueños de las personas que llegan provenientes del despiadado país y que hace que sus recuerdos y vivencias en ese mundo se desvanezcan absolutamente para que el “nuevo ser” se adapte al fin del mundo. Esos animales son los unicornios. Nos enteramos así que “…hay dos tipos de unicornio. El primero pertenece a Europa occidental y surgió en un rincón de Grecia. El otro es el unicornio chino. Entre ambos hay grandes diferencias, tanto formales como en lo que respecta a la concepción que la gente tenía de ellos. El unicornio griego y latino, `…semejante por el cuerpo al caballo, por la cabeza al ciervo, por las patas al elefante, por la cola al jabalí. Su mugido es grave; un largo y negro cuerno se eleva en medio de su frente. Se niega a ser apresado vivo`.

Por otra parte, el unicornio chino ´Tiene cuerpo de ciervo…cola de buey y cascos de caballo. El cuerno que le crece en la frente está hecho de carne; el pelaje del lomo es de cinco colores entreverados; el del vientre es pardo o amarillo´… [los unicornios] occidentales eran considerados agresivos y feroces, mientras que “…el unicornio chino es un animal sagrado y de buen agüero” (141-3).

En esta descripción de los unicornios se establece una intertextualidad con El libro de los seres imaginarios  (1957) de Borges. También otras que, seguramente, forman parte de las influencias narrativas de Murakami, tales como: Rojo y Negro de Stendhal, Los hermanos Karamazov de Dostoievski, Los chuanes de Balzac, Lord Jim de Conrad, El tercer hombre de Cotten y  Salinger.

En esta novela hay temas que son muy comunes a la prosa de Murakami: la soledad, el cine,  la música, en especial la de Bob Dylan.

El Fin del mundo y un despiadado país de las maravillas, novela definitivamente  ficcional, tiene la particularidad de que a través de esa ficción podemos establecer analogías y reflexiones con muchos aspectos de nuestra realidad real, me refiero a las vivencias cotidianas ensambladas a los sentimientos que experimentamos en el diario vivir.

El tema de la experimentación con humanos, el de la conciencia (y su núcleo), el de la lucha entre los hombres por ese control, son todos argumentos que aborda Murakami con una singularidad que hace que ésta sea una novela muy recomendable, en especial, para quienes puedan leerla durante un período vacacional, de serenidad y de relajación.

Como escribí en los inicios, no he concluido la lectura de El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas, así que dejaré este escrito hasta aquí hasta que lo haga.

Otro día... retomo la lectura de los capítulos finales de El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas. Imagino un final que no es, pues creo que el hombre que viene a ser el protagonista de las dos novelas paralelas, método utilizado por Murakami como forma de contar esta historia, opta por quedarse en el país o ciudad amurallada, donde todo es paz y sus habitantes han perdido su corazón. Mundo antinatural (en relación al mundo que conocemos) y donde la inmortalidad es la norma como ya lo dijimos con anterioridad.  El científico que produce cambios en el cerebro del protagonista y que le explica que irá a otro mundo, le dice: "No hay por qué temer nada, ¿comprende? No se trata de la muerte. Es la vida eterna. Y en ella usted podrá ser, finalmente, usted mismo. Comparado con aquél, este mundo no es más que un falso espejismo, no lo olvide" (440). 

Mi sorpresa tiene que ver con que parecía que ya había decidido irse al mundo de donde provenía, en conjunto con su sombra, de la cual había sido separado al llegar al fin del mundo.
La sombra, había elaborado un plan para escapar y que regresaran a su mundo anterior, pero, en el último instante, el protagonista decide quedarse y la sombra se va, lanzándose al lago que, según su análisis era el único lugar para escapar de allí.  De alguna manera, el final parece lógico, pues en el despiadado país de las maravillas, el protagonista se prepara, efectivamente, para salir de allí e irse a ese mundo amurallado que tiene como destino.

Hay un punto que no podemos dejar de mencionar. En el último diálogo que mantienen el protagonista y su sombra, cuando el primero le dice a su sombra que no se irá, la sombra contesta que, de alguna manera lo entiende porque ese mundo, el fin del mundo, en apariencia maravilloso, ha sido creado por el mismo, por su propia conciencia  para vivir en paz y de acuerdo a su personal visión del mundo.

Texto citado:

Murakami, H. El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas. Editorial Maxl Tusquets. México, 2009.




Escrito por: Libia Kancev D.


Caracas, 23 de agosto de 2014.



sábado, 9 de agosto de 2014

Los rebeldes: otra novela de Márai

Tomado de: elalmiranteruina.blogspot.com
“El componente más noble de la amistad es la generosidad”


Los rebeldes  (1930), es la más reciente novela que he leído de ese gran escritor húngaro que es Sándor Márai. Al parecer, este texto forma parte de una trilogía que incluye a Los celosos y Los ofendidos. Trilogía “de la dinastía de los Garren… conjunto que el propio autor consideraba su obra magna” (Lecturalia).

252 páginas le sirvieron para contar una historia (varias historias), situada en 1917 (finales de la Primera Guerra Mundial), en una ciudad sombría de Hungría, donde un grupo de jóvenes –una pandilla, como se denominaban,  recién salidos del liceo, inician un conjunto de experiencias que toca lo individual de cada uno y lo colectivo dentro de esa individualidad que, al final nunca se pierde.

Ábel, Ernö, Tibor y Béla provienen de distintos estratos sociales y sus padres están o estuvieron en la guerra y se supone que ellos deben seguir ese camino, alistarse para ir al frente pero, estos jóvenes se hallan enfrentados al “mundo de los adultos”, al mundo de sus padres, mostrando sus discrepancias con ese mundo al que, paradójicamente, también quieren pertenecer por lo que puede concederles de libertad, de no estar sujetos a los valores, a las decisiones de esos adultos.

Dentro de su rebeldía, estos jóvenes caen en situaciones donde se percatan que los “actos tienen consecuencias” y que no se puede escapar tan fácilmente de ellas.
Los rebeldes, abre con un capítulo donde Ábel, huérfano de madre a temprana edad  e hijo de un médico que estaba en el frente, se despierta después de haber estado de farra con sus compañeros. Una escena central en ese mismo capítulo es que Ábel, quien llevaba meses jugando cartas con sus compañeros y perdiendo el dinero que su padre le enviaba, se percata de que alguien del grupo hace trampas pues encuentra unos naipes dobles “Los naipes duplicados, con su superficie cuarteada y manchada, no se diferenciaban nada de los otros de la baraja: estaban muy bien disimulados. El tramposo había obrado con cautela y probablemente jugaba en esas condiciones desde hacía meses” (14).

Ernö provenía de una familia muy pobre. Su padre era un zapatero que había sido regresado de la guerra por una herida sufrida en un pulmón que lo mantenía en moderadas condiciones de salud.  El hombre se había abocado a la religión, a la política (haciendo énfasis en las diferencias sociales) y, cuando hablaba de su hijo, hacía alusión de que en vista de que se había graduado de bachiller ahora pertenecía a una clase superior pero, esas palabras estaban llenas de rencor hacia el hijo. Dice el padre de Ernö que su hijo lo desprecia.

Ernö era un apasionado del ajedrez y un excelente matemático.

Tibor Prockauer era hijo de un coronel que también estaba en la guerra “A Tibor le interesaban el deporte, el teatro y las mujeres” (41). Su hermano mayor, Lajos, había regresado de ella con un brazo amputado. Durante gran parte de la novela, Tibor goza de la admiración secreta de sus compañeros y él, secretamente también, los desprecia, harto de la especie de adulación a la que parecían someterlos todos.

Ciertas narraciones hacen pensar que Ábel se sentía atraído por él pero al final de la novela los caminos de ambos parecen estar diferenciados en cuanto a esa posible atracción erótica.

Bèla era hijo de un comerciante y tiene un claro interés por la moda y las mujeres.

Esta pandilla empieza a cometer actos, dentro de esa supuesta rebeldía juvenil, que los lleva a robar dinero y objetos provenientes de sus propias familias que hasta llegan a empeñar. Hallan un cuarto desocupado en un hotel donde van acumulando lo robado y lo comprado. Aprovechan allí para reunirse, no obstante, ninguno de los objetos, y su apropiación por parte de los jóvenes, tiene ninguna utilidad per se.

Luego conocen a un supuesto actor cómico, Amadé Volpay que estaba trabajando en el teatro del pueblo y que va a jugar un papel muy negro en la vida de los jóvenes. Volpay parece ponerse de acuerdo con el prestamista del pueblo, Emil Havas, para hacerlos vivir una experiencia que deja en entredicho la virilidad de los jóvenes, en especial la de Tibor.

De los cuatro jóvenes, Ábel es el único que siente atracción por la literatura:

Hacía más de dos años que se había aficionado a la lectura. Leía sin método, devorando indiscriminadamente todo cuanto caía en sus manos. Tenía quince años cuando por primera vez se le ocurrió escribir algo…[ sin embargo] Al ver sus pensamientos plasmados en el papel quedó desconcertado y, presa del pánico, lo escondió rápidamente en el fondo de un cajón. Al día siguiente lo sacó y releyó. No era poesía, pero tampoco parecía prosa. Con la misma sensación de pánico, rompió el folio. La ansiedad le duró varios días (40).

Un poco más adelante, Márai pone en el pensamiento de Ábel una serie de interrogantes y de conjeturas sobre la escritura, sobre lo qué es un libro, sobre lo qué significa:

[Ábel]…No paraba de hacerse preguntas. ¿Qué había sucedido? ¿Por qué había escrito aquello? ¿Qué lleva a una persona a escribir? ¿Cómo se formulan las ideas y cómo nacen las palabras? ¿Así trabajan los escritores consagrados? Un día, alguien que había vuelto del frente dejó en su casa un libro. Era una novela de un autor ruso, para él desconocido, escrita en caracteres cirílicos. Recordaría siempre la conmoción que le produjo esa lectura. ¡Qué magia! En la lejana Rusia, un desconocido crea de la nada unos personajes y unas escenas dramáticas y los plasma en papel. Eso es un libro. Entonces el libro recorre una larguísima distancia hasta llegar a sus manos, en otro país, donde cobra vida propia con tanta fuerza que él puede conocer, sentir y palpar el alma del hombre que lo ha escrito (40-1).

Ahora bien, cuando los jóvenes hacen su “entrada” al mundo de los adultos, se sienten decepcionados. Entre ellos se abre una especie de brecha, marcado por la experiencia que los hace vivir el actor Vompay, quien los lleva al teatro, estando vacío, los disfraza y los hace representar lo que él piensa que es cada uno de ellos. En la misma, Vompay intenta seducir al joven Tibor a quien vista de dama. Esta escena teatral no había sido un acto planeado sólo por el actor, resulta que tanto el prestamista como Ernö estaban en complicidad. Ernö, en lo más recóndito de su ser, odia a todos sus compañeros, por haber sido el pobre de la partida y haber “sufrido” la solidaridad de sus compañeros mientras estudiaban:

Entonces, el hijo del zapatero comenzó a hablar rápidamente, con voz clara, como si recitase un discurso que hubiera preparado con sumo cuidado tiempo atrás… -No, tú no eras mi amigo, Prockauer. Tú tampoco Béla, que nadas en dinero. Y mucho menos tú, que eres demasiado fino para mi gusto –añadió hacia Ábel con una mueca despectiva…[dirigiéndose a Tibor le dice] Yo no podía ser tu amigo  porque tú eres lo que eres y yo soy el hijo de mi padre y no puedo mudar el pellejo… ¿Queréis que enumere los miles de humillaciones que he sufrido cada día a vuestro lado durante estos tres años? Desde luego, no es culpa vuestra. No es culpa de nadie. Vosotros erais el tacto y la bondad personificados. –Escupió-. Pero yo odiaba vuestro tacto. Odiaba vuestra bondad (242).

Al final entendemos que Bernö se suicida de un disparo.

Mientras leía esta novela, no dejaba de recordar un texto del sociólogo polaco, Zygmunt Bauman (Polonia, 1925), titulado “Cómo leer a Freud en el siglo XXI”, donde se refiere a la llamada “modernidad sólida”, basada, en parte, en la familia sólida y dominante que, según Bauman, fueron el asiento de Freud para escribir sobre los principios que modelan el funcionamiento mental: el principio del placer y el principio de la realidad. El polaco afirma que esa familia sólida ya no existe y que ha dado paso, producto de los cambios sociales, en especial de los tecnológicos, a la “modernidad líquida”, produciendo transformaciones en los citados principios.

Podemos decir que Los rebeldes está situada, muy tímidamente, en los inicios de lo que podría ser el resquebrajamiento de esa “familia sólida”.

Vale destacar que, la mayoría de los textos críticos que he leído sobre Los rebeldes, la sitúan como una novela pobre y hasta decepcionante (proviniendo de Márai). En mi opinión, la novela tiene importantes elementos de análisis, de reflexión.

Textos citados

Bauman, Z., “Como leer a Freud en el siglo XXI”. lanación.com. Web. 13 junio 2014. 9 agosto 2014. http://www.lanacion.com.ar/1700733-como-leer-a-freud-en-el-siglo-xxi

“Los rebeldes” Lecturalia. Web. 8 agosto 2014. http://www.lecturalia.com/libro/29234/los-rebeldes

Márai, S. Los rebeldes. Ediciones Salamandra., Barcelona (España). 1ª. Edición, marzo 2012.


Escrito por: Libia Kancev D.




Caracas, 9 de agosto de 2014.











viernes, 4 de julio de 2014

Poemas hoy

Tomado de: zamcifuentes.wordpress.com 







Si el mundo
fuese así
bombitas luminosas
por el artificio
rodeado de la inobjetable lluvia.

Si el mundo fuese así
imágenes sacralizadas
en textos de poetas
que se lo creen.

La imagen
modificada por
la palabra
semilla y árbol de subjetividades.
La palabra surgida de imágenes
recrea memoria y vida.
No sé.




A Mariana


La niña recorre espacios
con La emperatriz de los Etéreos.
¡Voy por la 10!, ¡por la 30!,
Por la 100!.

La niña recorre espacios
con La emperatriz de los Etéreos.
En cada anuncio, alcanza picos
de cimas crecientes

Su piel
           [hermosa

Sus rulos
             [más libres que yo.

Crece a la par de las palabras.

¡Escúchame!

Te escucho

¡Déjame hablar!

Te escucho.






¡Lávate
con la alabanza del Otro
que exhala poemas de miseria laberíntica!
No- poemas, que los hay.

¡Grande que te crees!
Ya no escribes porque la felicidad
Toma cuerpo común
          [Es la tristeza pira de anunciación.





Publicado por Libia Kancev D.




Caracas, 4 de julio de 2014.

lunes, 3 de marzo de 2014

La Vida no es abstracción

Cerro El Morro. Lechería. Anzoátegui

"La soberbia no es grandeza sino hinchazón; y lo que está hinchado parece grande pero no está sano"
San Agustín.


Todo o Nada. La escueta pero significativa frase me toma por sorpresa en este día gris. La frase sorpresiva viene ligada al pensamiento  de la concepción de la vida como forma abstracta. Es a través del hilo telefónico, con ciertas interferencias, desde Caracas hasta Lechería que la idea es expuesta. Mi entendimiento  es oscuro, tanto, que mi interlocutora debe aclarar que lo que dice es desde el punto de vista abstracto. Pero ¿es la Vida una abstracción?

Surgió como argumento -de una persona de innegable inteligencia-, como respuesta del por qué había que vivirla aunque se sintiera que no había motivos íntimos para ello. Lo entendía casi como un “porque sí”.  Aunque sea de rodillas o arrastrándose. Confieso no entender, porque la vida -pienso- debe ir más allá de la mera existencia.

Me permito una digresión, ¿dónde queda Lechería? La digresión no pretende aumentar el volumen de este escrito, no. Se trata de que mi capacidad para ubicarme geográficamente siempre ha sido precaria. La búsqueda de un mapa se impone para saber dónde está alguien o algo. Usualmente es esa la motivación. 
Pescador en el río Tisza

Otra razón es seguir los países o los lugares que se mencionan en algún texto que leo, así, aunque nunca he viajado fuera de Venezuela, literariamente sí lo he hecho (Dese por sentado que desconozco los trámites necesarios que hay que hacer para adquirir los dichosos dólares para viajar al exterior).

Por ejemplo, en estos días busqué dónde estaba el río Tisza pues lo mencionaban en la novela más reciente que he leído, La Gaviota (2011) de S. Márai. Y no era que mencionaban al río como tal, sino que dentro de la descripción de la oficina del protagonista, se señala que “…y en la pared de enfrente, un cuadro de pescadores en el Tisza,…” (12). Ello me llevó a saber que el Tisza es uno de los principales ríos de Europa Central (nace en Ucrania), que es el mayor afluente del Danubio (el segundo más largo de Europa tras el Volga que es el más largo del continente europeo).

Estuve buscando cuál podría ser el cuadro exacto que el consejero describía. De ser posible lo pondré como acompañamiento de este escrito.

Por cierto, la palabra Danubio me hace recordar una novela que nunca he tenido en mis manos, que nunca he conseguido en ninguna librería, ni de viejo ni moderna. Se trata de una novela de Claudio Magris (Trieste, 1939), titulada El Danubio. Hace algunos años, un hombre con quien me topé debajo del puente de la avenida Vollmer que, al igual que yo, ojeaba libros, lo llevaba en sus manos. Le pregunté ¿qué tal ese libro? 

Me dijo que: “es fundamental para quien quiera saber sobre…”. No recuerdo exactamente por qué era esencial leerlo. Lo cierto es que, hasta ahora me he quedado con la duda.

Me interrumpo un instante para buscar en internet donde queda Lechería, ciudad o pueblo de nuestro país. Si me lo preguntaran en el conocido programa “¿Quién quiere ser millonario?”, tendría casi que adivinar, diría que es hacia el oriente del país, en Anzoátegui y, de no ser así, me daría pena ajena pues creo que todo venezolano de mediana educación debiera saber dónde queda Lechería, así como quién nos libertó, los países limítrofes de Venezuela, nuestros estados y sus respectivas capitales, para no hablar de cuáles son nuestros escritores canónicos, sus novelas más conocidas, quién está considerado como el primer poeta de Venezuela, entre otros temas. Cosas, pues, de cultura general  nacional.

¡Acerté!. Lechería queda en el estado Anzoátegui. El acierto no me satisface del todo porque quedo sin saber qué fue a hacer allá la persona que me hablaba de vivir la vida, apoyándose en un concepto abstracto. Dijo que fue a acompañar a una amiga a la que tenía años, muchos años que no veía. Aparte de acompañar, aprovecharía para descansar. Compartirían recuerdos, verían el mar juntas, de día, de noche, tendría chance de leer alguna novelita rosa del siglo XIX. ¿Quién sabe?

Sigo ahora con la vida.

Prefiero pensar en la vida como una materialidad. Materialidad que comienza en nuestro propio cuerpo y que se inicia en el nacimiento, el de otros (para cuya creación aportamos una parte de nosotras), los objetos que nos rodean, los momentos de felicidad y aún los de tristeza. Materialidad que incluye el trabajo, las actividades que nos gusta hacer hasta la dicha de ver  la sonrisa de alguien amado bien sea en el contexto de la amistad, del amor o de la simple convivencia.

Bien cierto es la existencia de teorías sobre la vida, filosofías de vida. El nombre del libro más leído en el mundo, la Biblia, es un ejemplo demasiado obvio. Allí podemos encontrar, anécdotas, parábolas, cuya interpretación pueden orientarnos en el deber ser, según el cristianismo. No menos curioso es que se plantea allí que esta vida, esta que conocemos no es la "real", sino que si nuestro comportamiento ha sido acorde con los mandamientos conocidos, sólo estaríamos de paso, es decir, sería una vida de transición hacia el Paraíso donde la maldad, la tristeza, la melancolía no tienen cabida. Repito, esto sucederá si nos hemos “portado bien”, ya que si no, tendremos que pasar primero por el Purgatorio o iríamos directo al Infierno.  Para quien haya tenido un mal comportamiento, haya sido egoísta, mentiroso, ruin, falto de piedad, de humildad, haya carecido de solidaridad, que no se haya arrepentido, etc, no habría barricadas que no guarimbas que detuvieran su viaje al lugar correspondiente.

Por cierto, el término guarimba ha adquirido una definición natural que creo que conocemos pero que no tiene respaldo desde el punto de vista de diccionarios importantes como el de la Real Academia Española, no obstante, recordemos que el uso habitual de un término le va confiriendo valor, aunque sea para una comunidad determinada.

Vale saber que GUARIMBA se llamaba una de las haciendas que describe Urbaneja Achelpohl (Caracas, 1873- Montreal, 1937) en su novela criollista En este país (1916). También era el apellido de Paulo Guarimba, primero peón y luego general y ministro, ascenso social que le permitió acceder al amor de Josefina Macapo (Silva, 2007). Para quienes utilizan este argumento con la finalidad de descalificar el uso actual de la palabra guarimba (que carga consigo una buena dosis de tergiversación perversa según las tendencias políticas de algunos), vale destacar que ahora, la movilidad social del venezolano ha padecido un fuerte impacto negativo en los últimos años. Antes, me refiero a las décadas del 70, 80, 90, estudiar, tener una profesión, permitía al venezolano adquirir un poder adquisitivo que les abría las puertas para un ascenso social. Ahora son muchos los venezolanos que aún estudiando, teniendo uno, dos ó tres post grados, no tienen la posibilidad real de adquirir una vivienda, un vehículo, etc. y emigrar del país (con la consecuente fuga de cerebros) se convierte en una opción difícil de rebatir.

Por supuesto que no incluyo aquí a aquellas personas que aprovechándose de ciertas posiciones, especialmente políticas, logran “ascender socialmente” y no las incluyo porque ese ascenso lleva el peso de la ausencia del esfuerzo honesto,  del estudio, del trabajo.

La vida no puede ser una abstracción. La muerte tampoco aunque el filosofar sobre esta última puede darnos un consuelo auténtico al prolongar y mantener la presencia de alguien cuando materialmente ya no está. Me refiero a ver fotos (la fotografía como verdad simple, tangible y visible, como dice Márai (161)) de alguien que murió, recordar vivencias compartidas, mencionar el nombre de esa persona, pensar que está en un lugar mejor, en una vida verdadera.

Estimada, la vida no es una abstracción, la vida será vivida por cada quien guiado por algo encendido en su corazón (eso llamado pasión) o por la rutina que no por rutina la descalifica. Se trata de “estilos” de asumir la vida o de vivirla o de más que estilos, de algo que llevamos por dentro, que nos resulta inherente, que ante los conflictos o situaciones traumáticas, no se resuelve con un “paso de página” sino con el afrontar esos conflictos, esos traumas, transitando los senderos necesarios para que la pasión apagada pueda renacer. 

Textos citados:

Márai, S. La Gaviota. Editorial Salamandra. Barcelona. 2011.

Silva J., Roberto. “Uso inadecuado de la palabra guarimba”.  Web. 29 jun. 2007. 2 marzo 2014. Aporrea. http://www.aporrea.org/actualidad/a37454.html.


Escrito por Libia Kancev D.

Caracas, 3 de marzo de 2014.


viernes, 28 de febrero de 2014

La Gaviota. Sándor Márai

Salón de la Ópera de Hungría 
A Yasmin Mora, por su amistad.



“Cuando algo llega a su fin, siempre se impone un silencio extraño: tanto en el mundo como en el corazón de las personas”

“…no todo lo que sucedía podía juzgarse con parámetros humanos”

“No. El hombre es impotente en su cuerpo. Sólo su alma puede discutir con Dios”

“…aunque ya sabes que los encuentros con uno mismo son siempre los que más conmocionan”

“Porque sólo es efectiva la magia que tiene lazos con una realidad en la que se ensamblan elementos celestiales y cotidianos,…”

“La realidad, ya ves, es más simple que la que nosotros, las personas, creamos a partir de ella en nuestra alma…”

La lectura de textos narrativos literarios, nos llevan, en algún punto, a pensar cuál sería el final. ¿Cómo se resolvería tal o cual situación? Si se trata de una historia de amor, ¿quedarán juntos los amantes? Y muchas otras interrogantes.

Al menos a mí me ocurre así y no con poca frecuencia el final me sorprende y hubiera deseado otro pero no somos él o la autora aunque, sin duda, nuestra lectura, esas interrogantes, nos llevan a un diálogo íntimo con el autor del cual, muchas veces, éste ni se entera.

La lectura de La Gaviota (2011) de S. Márai me ha dejado una especie de desasosiego. Se trata de un texto interesante donde Márai, se refiere a temas que ha tocado en otras novelas como en La Extraña: el amor de pareja; el tema del cuerpo; de las religiones, de Dios, entre otros.

Un consejero político (45 años) de Hungría, redacta un escrito que deberá llegar al más alto nivel en el cual, parece, hace saber que, al día siguiente, el país entraría en guerra (Segunda Guerra Mundial). El hombre, profundamente reflexivo, piensa en cómo cambiará el país al día siguiente, piensa en la escasez, en el tiempo y escribe
¿Qué sucedería  al día siguiente cuando se divulgaran aquellas palabras? ¿Y al otro? ¿Y cómo repercutiría en eso turbio y tangible que, en términos cotidianos, suele denominarse tiempo y que posee la peculiaridad de no soltar lo que agarra, como el amante enajenado rodea con un abrazo mortal el cuerpo amado? Aquello que se inicia seguirá siendo presa del tiempo… Y más allá, sumidos en la niebla, millones de personas, el país. Y todavía más lejos, en medio de la bruma y el tiempo, otros países, capas que se desvanecen y alzan sucesivamente en ese extraño elemento, el tiempo…Y en alguna parte, mucho más lejos, más allá de la historia, el individuo con su incomprensible destino: un chino va en camino de las tierras de labranza y, entre dos bombardeos, trabaja sereno en los arrozales, sonriente y pensando en un verso o un viejo proverbio…A  continuación pensó que algún día finalizaría la guerra, y que para entonces ya no sería un hombre joven” (11-2).

Ese mismo día, una joven que él no conoce pide verlo en su despacho. Cuando la recibe, su sorpresa es indecible pues la joven se parece enormemente a una mujer que había amado profundamente y que se había suicidado con la ingesta de cianuro, unos años atrás.

La joven, de 22 años, le dice que es finlandesa, que es maestra y que acude a él para conseguir un visado, una beca, que desea quedarse en el país.

El consejero no sale de su desconcierto y los recuerdos de Iliona resurgen como olas sin descanso. Es como si el pasado regresara a él y quisiera jugarle una broma muy pesada.

La joven se llamaba Aino que, en húngaro, significa Única y su apellido era Laine que en húngaro es Ola. La joven le comenta que el nombre se lo puso su padre y que lo extrajo del Kalevala (poema épico, compilado por Elías Lönnrot en el siglo XIX a partir de las fuentes folclóricas finlandesas. Se considera una de las epopeyas más sugestivas y notables de Europa). El consejero la invita ese día a la Ópera  y ella acepta.

De aquí en adelante, los recuerdos de Iliona fluyen incontenibles en la mente del consejero: cómo era ella, la última vez que habían estado juntos, día que él jamás sospechó que sería la última vez. También relata un encuentro que había tenido con el padre de Iliona (que era farmacéutico) donde este le dice que ella se había suicidado por el engaño del profesor G ya que ella lo amaba mucho. Este dato deja al consejero muy perturbado pues desconocía que Iliona pudiese tener otra relación. Ello lo hace ir a una conferencia del profesor G (quien era un químico renombrado) y sacar sus propias conclusiones de él.

Márai nos hace conocer ciertas posiciones sobre los hombres en la vida como por ejemplo, la similitud física que existe entre muchos seres humanos, llegando a la conclusión que lo que auténticamente nos diferencia es el alma; el distinto alcance que tienen para el hombre y para la mujer el envejecimiento. A este respecto escribe
Eso que a vosotras, a las mujeres, os hace sufrir tanto y apresuraros a la iglesia y la peluquería para rogar a Dios y al esteticista, es decir, el momento en que la juventud se acaba, a nosotros, los hombres en realidad no nos hace sufrir. Tal vez finjamos despedirnos y nos pavoneemos un poco, pero, en el fondo del corazón, sufrir, no sufrimos. Todo hombre suspira aliviado cuando se aleja la juventud; suspira e incluso ríe a hurtadillas. No se trata de un rasgo sublime del hombre, pero es la verdad (151-2).   

También se refiere a la atención que Dios presta bien sea al colectivo humano o cada ser individualmente. En una conversación con Aino le dice

¿Quién te envía? ¿Dios?...Pero ¿no es un signo de envanecimiento pensar que Dios, el infinito, entre la infinidad de posibilidades, tenga tiempo y ganas de entretenerse con nuestros dudosos e insignificantes destinos, de ocuparse de detalles tan nimios? ¿O tal vez la verdadera fe, creencia y convicción piadosa e irracional consiste justo en pensar que Dios, en el infinito, también se ocupa de cada uno de nosotros, con tanto o más esmero del que dedica al universo?(137).

Otros temas como lo que llama, las leyes universales, en las que engloba a: Dios, la guerra, el amor, la muerte, el nacimiento. Por otro lado, diserta sobre la personalidad del ser humano, sobre el destino, sobre las palabras y los hechos , la muerte y hasta el beso entre un hombre y una mujer, la personalidad y lo que él llama matices.

Aunque el consejero trata a Aino con cierta desconfianza, resulta evidente que se enamora de ella y desea que se quede con él pero al final, tengo la impresión de que la joven resulta ser una espía y que ella también se enamora pero que decide marcharse, como le dice, por el bien de él mismo.

Al igual que en La Extraña, reseñada recientemente en este blog, La Gaviota merece su relectura y el análisis individual y detallado de ciertos planteamientos de Márai  que nos lleva a pensar que la novela no termina en la última página sino que la historia lo que hace es abrir una y mil posibilidades de reflexión para poder decir que en verdad la leímos y comprendimos.
Me uno a estas palabras que encontré en un blog titulado El Placer de la lectura, referente a La Gaviota y a la literatura de Márai “La literatura que nos ha entregado este prolífico autor…es un ejercicio permanente de reflexión respecto de una realidad concreta, trascendente, de la que los protagonistas se hacen cargo por razón de su cultura y de su inteligencia”  

Textos citados
“La Gaviota - Sándor Márai”. El Placer de la lectura. Web. 28 feb. 2014. http://www.elplacerdelalectura.com/2011/08/la-gaviota-sandor-marai.html


Márai, S. La Gaviota. Ediciones Salamandra, S.A. Barcelona. 2011.

Escrito por Libia Kancev,

Caracas, 28 de febrero de 2014.

domingo, 16 de febrero de 2014

Cuatro poemas en: CUIDADOS INTENSIVOS. A propósito de Venezuela




Tomado de www.caraotadigital.net.
Un país

Cuando el forastero llegó
ya todos se habían ido.

Cuentan que sólo tuvo entre sus manos
acuarelas de niños que pintaban un país
donde la nieve era apenas un tacto imaginado.

Un lugar amañado por la astucia
y las costumbres de la luz,
que incauta resguardaba escondrijos
para que las sombras perpetuaran traiciones,
desde antes de nacer.

Cuentan sus ingenuos dibujos
(ahora devorados por polillas)
que era una tierra frondosa,
donde junto a la ventura
se forjaban ardorosas proclamas.
Una comarca poblada de fértiles maderas,
aptas para el refugio de hombres, isópteros y orugas.
Y también para el fuego (48).


Graffiti olvidado en cualquier
pared de Caracas

Ni líricos, ni láricos ni lúdicos.

Aquí, a punta de pistola,
                            despachamos al mayor.

Aquí somos todos objetivos
                                    aunque pese el azar (49).



Renuncien a defender
las buenas costumbres

Ustedes son los que tienen miedo de morir.
Nosotros no.
Somos hombres bombas.

Estamos en el centro de lo insoluble.

Ustedes, entre el bien y el mal,
se detienen en la única frontera.

Su muerte es un drama cristiano
en una cama, un cáncer, un ataque al corazón.
La nuestra, la comida diaria, la fosa común.

Somos una empresa moderna, rica.
Ustedes, el estado quebrado, una zafra de incompetentes.

Tenemos métodos ágiles de gestión.
Ustedes son lentos, burocráticos.

Luchamos en terreno propio.
Ustedes, en tierra extraña
muriendo de miedo, cada hora.

Estamos bien armados, al ataque.
A ustedes los persigue la manía del humanismo.
Somos crueles, no conversamos con la piedad.

Ustedes nos han transformado en “super stars” del crimen.
Los tenemos de payasos.

Nos llaman “los barones del polvo”,
y por miedo o por amor nos ayudan en el barrio.
A ustedes los odian.

Nuestras armas y mercancías vienen de afuera,
[somos “globales”.
Ustedes, nuestros clientes.

¿Solución? No hay solución, hermano.

Somos el inicio de algo tardío.

Somos hormigas devoradoras,
escondidas en los rincones.

Renuncien a defender las buenas costumbres.

Estamos todos en el centro de lo insoluble.

Como dijo el divino Dante: “Pierdan las esperanzas,
[estamos en el infierno”
(50-1).




La gente invisible
When you have city eyes you cannot see the invisible people.
Salman Rushdie

Alguien debe recoger los muertos:
los de antes, los de ahora, los de siempre.
Alguien debe hacerlo.

Son urgentes la amnesia,
las calles limpias
y las flores en las aceras.

Tal vez sea la gente invisible
la que se ocupe de ellos.

Gente que al caminar
apenas deje huellas.

Gente sin padres ni abuelos.
Gente que está por nacer,
y vendrá con aguaceros.

La gente invisible sabe cantar
pero prefiere el silencio,
sabe reír si corresponde
pero no se deja tentar por quimeras.

La gente invisible procura
hacer todo invisible,
lo que vemos y lo que no.
Por eso si alguien se los lleva serán ellos.

Para que las calles queden limpias,
sin sangre ni recuerdos. (52-3).


Cuidados intensivos: es el más reciente poemario (inédito hasta donde sé, por falta de papel) del profesor, poeta y ensayista Arturo Gutiérrez Plaza (Caracas, 1962).