Hace unos días, revisando las carpetas donde guardo muchos de los textos que he escrito, me hallé con éste que me había enviado, en el 2009, mi querida amiga Elena. El epígrafe también es de ella. Le encantaba la literatura de Clarice...Sé que se alegraría de que lo publique aquí.
“Cuando no escribo, la vida se me vuelve intolerable”
Clarice Lispector
¿Bartleby
Yo?

Tal libro fue publicado en el 2000 y, de alguna manera, podría
afirmar que me vino como anillo al dedo. Vila-Matas relata allí lo que dio en
llamar (ignoro si es el primero que lo hace) síndrome de Bartleby para hacer
referencia a una serie de escritores que o nunca publicaron nada o que, aún obteniendo
éxito literario dejaron súbitamente de escribir por razones múltiples, casi todas ellas poco claras. Al parecer, la abrupta ausencia del quehacer
literario vino aparejada de una especie de ausencia o retiro parcial de la vida
social por parte del escritor. Los bartlebys, nos dice, “son unos seres en los
que habita una profunda negación del mundo”. Son unos cuantos los escritores
allí mencionados. Unos más conocidos y otros auténticos desconocidos. Kafka, Melville, Wilde, Rulfo, Juan Ramón
Jiménez, Felisberto Hernández, figuran entre los autores afectados por el
síndrome de Bartleby, la literatura del No, “la pulsión negativa o la atracción
por la nada…”.

El nombre de síndrome de Bartleby viene del famoso relato de Herman
Melville, escritor norteamericano, fallecido en Nueva York en 1.891 a los
setenta y dos años de edad titulado Bartleby
((1.853). Aunque Bartleby es un relato conocido y apreciado, su autor obtuvo reconocimiento literario mucho tiempo
después de su muerte, lo cual no ha sido infrecuente en el mundo literario.
Recordemos que Melville es el autor de excelentes novelas como Moby Dick
(1.851), Benito Cereno, Billy Budd (novela publicada póstumamente) y otras.


Bartleby es un hombre solo, “el hombre
más desolado del mundo”, negado a dejarse ayudar y que, finalmente fallece
anoréxico en una cárcel de Nueva York a la cual había sido conducido por
negarse a dejar el espacio que ocupaba en la oficina donde no sólo trabajaba
(hasta cierto tiempo cuando expresa que ya no copiará ningún documento) sino
donde literalmente vivía.
Tal vez, Bartleby no era más que un
sujeto afectado por un cuadro melancólico severo.
En el primer párrafo, hago referencia a
que el obsequio del libro Bartleby y compañía me vino como anillo al dedo.
Explico: desde hace muchísimos años escribo y excepcionalmente he dado a
leer a alguien mis relatos. Siempre me dije que
escribía para mí, para mi drenaje emocional particular. Por otra lado, me
embarga una especie de convicción de que lo que escribo no suscitaría interés
en alguna persona. Ahora me interrogo: ¿será que padezco del síndrome de
Bartleby?
Elena.
Enero, 2009.
Caracas, 23 de febrero de 2012.
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