viernes, 20 de abril de 2012

César Vallejo

Yuntas

Completamente. Además, ¡vida!
Completamente. Además, ¡muerte!

Completamente. Además, ¡todo!
Completamente. Además, ¡nada!

Completamente. Además, ¡mundo!
Completamente. Además, ¡polvo!

Completamente. Además, ¡Dios!
Completamente. Además, ¡nadie!

Completamente. Además, ¡nunca!
Completamente. Además, ¡siempre!

Completamente. Además, ¡oro!
Completamente. Además, ¡humo!

Completamente. Además, ¡lágrimas!
Completamente. Además, ¡risas!...

¡Completamente!




Este 15 de abril pasado, se conmemoró 74 años del fallecimiento del gran escritor peruano César Vallejo. Por ello, dejo aquí una pequeña reseña de la segunda sección de su excelente Escalas melografiadas (1923), llamada "Coro de vientos". Vallejo es mucho más conocido por su extensa obra poética, no obstante, su narrativa es digna de disfrute y estudio. En ella plasma relatos tanto de su vida personal, familiar y particularmente social, narrados con una intensidad emocional que tiene diversas gradaciones que hacen imposible que podamos quedarnos indiferentes ante ella.



Aparte de Escalas, que incluye una primera parte intitulada "Cuneiformes", está su Paco Yunque donde narra, a través de la vida de un niño, el impacto de las diferencias sociales. También está Fabla salvaje, Hacia el reino de los Sciris, otro grupo de relatos cortos y la novela corta, El Tungteno.


Más allá de la vida y la muerte”


Se relata aquí, el regreso de un hijo a su hogar (en Santiago. Norte de Lima) después de once años de ausencia. El hijo sabía que su madre había fallecido dos años antes como consecuencia de un accidente y que su padre y hermanos se habían ido a otra hacienda lejana para superar el dolor de la pérdida: “El fundo se hallaba en remotísima región de la montaña, al otro lado del río Marañón (norte de Lima). De Santiago pasaría yo hacia allá,…” (136).
El hijo llega a su casa y se encuentra con su hermano mayor, Ángel, quien había venido 
del fundo por una diligencia. Juntos recorren la casa y el hermano le relata los días de agonía de la madre: “¡Cuántas veces entonces el abrazo fraterno escarbó nuestras entrañas y removió nuevas gotas de ternura congelada y de lloro! (136).
De pronto y posterior a una centella, el hijo no ve a su hermano y se siente como en una tumba. Al poco tiempo lo vuelve a ver sin ningún asomo de tristeza en su rostro, incluso le parecía como feliz. El pensaba que eso no podía ser.
Al día siguiente, el hijo partió hacia el fundo dejando a su hermano en la casa. Se tropieza con una viejecita en el camino quien le pregunta qué le ha pasado a su rostro. Efectivamente lo tenía recubierto de manchas de sangre. No entendía nada de lo que ocurría. Siguió camino.
“Y por fin, tras de una semana de trote por la cordillera y por tierras calientes de montaña, luego de atravesar el Marañón, una mañana entré en parajes de la hacienda. El nublado espacio reverberaba a saltos con lontanos truenos y solanas fugaces” (138).
Llegó al fundo y “Las puertas hiciéronse a ambos lados…¡Meditad brevemente sobre este suceso increíble, rompedor de las leyes de la vida y la muerte, superador de toda posibilidad; palabra de esperanza y de fe entre el absurdo y el infinito, innegable desconexión de lugar de tiempo;  nebulosa que hace llorar de inarmónicas armonías incognoscibles!” (138-9).
Resulta que, el hijo fue recibido por su madre. Ella le decía que no podía ser, que él estaba muerto. El hijo decía igual, que ella había muerto. La madre lo abraza, lo besa pero el hijo intenta reponerse a lo que sabe que no puede ser: “-¡Nunca! ¡Nunca! Mi madre murió hace tiempo. No puede ser…” (139-140).
La madre lo sigue abrazando como aceptando que el hijo resucitó pero ante sus palabras, le reitera que él había muerto, que ella lo había visto en su urna. Entonces, el hijo recordó las manchas de sangre en su cara y…se rió con todas sus fuerzas.

“Liberación”

Un escritor, que suponemos Vallejo, va a los Talleres Tipográficos de la Penitenciaria a ver cómo van una pruebas de imprenta que había mandado a hacer. Conversa con el jefe de la imprenta, un preso de apellido Solís. Solís le comenta sobre la situación de la cárcel: -De los quinientos presos que hay aquí –afirma-, apenas alcanzarán a una tercera parte quienes merezcan ser penados de esta manera. Los demás no; los demás son quizás tan o más morales que los propios jueces que los condenaron” (140).
Otro preso se acerca al visitante y le saluda, recordándole que se habían conocido en la cárcel de Trujillo (donde Vallejo estuvo efectivamente preso desde el 6 de noviembre de 1921 hasta el 5 de marzo de 1922). El visitante le explica a Solís que fue por: “…incendio frustrado, robo y asonada…” (141).
Trujillo queda al noroeste de Lima.
Solís se ofrece a narrarle la vida de un hombre, oriundo de Trujillo, que había estado preso por doce años “…víctima inocente de la mala organización de la justicia” (141). El hombre se llamaba Jesús Palomino. Había sido estafado y en una pelea mató a su estafador que pertenecía a la alta sociedad. Solís cuenta que Palomino vivía una auténtica vida de terror pensando que en cualquier momento podía ser envenenado. Solís inicialmente trata de convencerlo de que se calme, que eso no es tan sencillo. Es tanto el aprecio que Solís le toma a Palomino que, llega un momento que el mismo Solís empieza a obsesionarse con la idea de que pueden envenenar a su amigo y está pendiente de él en todo momento. A Palomino le llega la información de que iba a ser indultado pero que el indulto sería bloqueado. Un día, Solís se despierta de una horrible pesadilla en la que había soñado que habían envenenado a Palomino. Solís dice que la pesadilla lo llena de alegría, de tranquilidad. Ese mismo día, Palomino le dice a Solís, nuevamente, que lo van a envenenar y Solís trata de calmarlo dándole agua. Al poco tiempo, Palomino se empieza a sentir mal y dice que ya lo han envenenado. Llaman al  médico. Solís se acuesta pues está muy tenso. Al día siguiente, el hijo de Palomino va a la cárcel con la orden de indulto de su padre y el director le dice que sí, que su padre ya se ha ido. Solís se queja de que Palomino más nunca había ido a visitarlo.
Ya, al final de la narración, Solís ve hacia la puerta y dice: -“Hola Palomino!... El visitante agrega: “Alguien avanza hacia nosotros, a través de la cerrada verja silente e inmóvil” (148).

“El Unigénito”

El narrador de esta historia comienza diciendo sentirse satisfecho de haber conocido a su protagonista a quien muchos tenían “…por loco, idiota o poco menos” (149). No obstante, para el narrador no era así: “A ser franco, diré que yo nunca le tuve en igual concepto. Yerro. Sí le tuve como anormal, pero sólo en virtud de poseer un talento grandeocéano y una autentica sensibilidad de poeta” (149).
Se llamaba Marcos Lorenz (también apodado José Matías), era soltero y no tenía hijos. Era un hombre de trato excelente. Lorenz tenía diez años ya enamorado de una aristocrática dama de la ciudad, situación que ella sabía pues él le escribía con frecuencia hablándole de su cariño. Lorenz creía que tal vez ella le quería un poco.
Un día, Lorenz llegó al restorán donde comía con nuestro narrador. Venía acongojado y, después de comer un antipasto pidió whisky. El narrador pensó que, en efecto, algo serio le pasaba a Lorenz. Éste le comentó que había visto a su gran amor, acompañada de un bribón con el que supuestamente estaba comprometida.
Días después, el narrador leyó en un periódico local que se había concertado el enlace matrimonial entre Nérida del Mar y el señor Walter Wolcot: “¡Pesia! ¡Pobre señor Lorenz! Qué amargas calabazas le florecían…” (150), pensó el narrador.
Con tal noticia: “Acabáronse las sobremesas plácidas; y las aguas de oro y los espumosos benedictines de antes, quizás sólo lloraban ahora, estancados en las pupilas…” (150).
El señor Lorenz se hallaba muy mal.
El día del matrimonio de Nérida, Lorenz fue a la iglesia: “Muy cerca de la pareja, erguíase aquel hombre, rígido, petrificado en dantesca lacería” (151).
El acto eclesiástico se inició y, en el momento en que Monseñor le hizo a Nérida la pregunta de rigor, sucedió que ella vino a posar su mirada sobre el señor Lorenz y no atinaba a contestar. En la iglesia todos se dieron cuenta de lo que ocurría. Bajo la mirada de Nérida, Lorenz corrió hacia ella y le estampó un beso en la boca y, de inmediato cayó al suelo muerto. Ella murió una hora después.
Algunos años después de este acontecimiento “…un niño fino y bello acaba de detenerse en la esquina de Belén, un niño extrañamente hermoso y melancólico” (152). Cerca pasa un autobús del cual bajan varios pasajeros, entre ellos, un señor al que se le cae su elegante bastón. El niño se apresura a recogerlo y se lo entrega a su dueño. Se trata de Walter Wolcot, quien ve el rostro del niño y se siente sobresaltado. Le pregunta que ¿cómo se llama?, ¿dónde vive?, ¿cuántos años tiene?. El niño permanece en silencio.
A la pregunta sobre sus padres: “El niño se pone a llorar…Una mosca negra y fatigada trata de posarse en la frente del señor Walter Wolcot, a punto en que éste se aleja del niño. Muy distante ya, se la espanta varias veces” (153).

“Los Caynas”

Luis Urquizo era el loco del pueblo de Cayna.  “Luis Urquizo habla y se arrebata, casi chorreando sangre el rostro rasurado, húmedos los ojos. Trepida; guillotina sílabas, suelda y enciende adjetivos; hace de jinete, depone algunas fintas; conifica en álgidas interjecciones las más anchas sugerencias de su voz, gesticula, iza el brazo, ríe: es patético, es ridículo: sugestiona y contagia en locura” (153).
Un día, de años después, nuestro narrador se lo tropezó accidentalmente en la calle y Luis le dice: “-¡Quía! ¿Está usted loco?” (154).
El narrador se queda sorprendido que desde su posición de loco, Luis pueda llamarlo loco a él y eso le empieza a causar ciertas preocupaciones: “¿Por qué esa forma de inducción para atribuirme la descompaginación de tornillos y motores que sólo en él había?” (154). Piensa que probablemente Luis crea que el loco es él y que los locos pasan por instantes de racionalidad.
Un día se enteró que toda la familia de Luis estaba enferma, que se creían monos y como tales vivían.
El narrador relata que 23 años después de la escena anterior el regresa a Cayna de donde había estado ausente por razón de estudios en Lima. Por otro lado, tenía 6 años que no sabía nada de su familia. Cayna “…era como isla allende las montañas solas. Viejo pueblo de humildes agricultores, separado de los grandes focos civilizados del país por inmensas y casi inaccesibles cordilleras…” (157).
Cayna estaba en un estado lamentable, lucía como abandonado. No había ni un transeúnte en la calle. Cuando el narrador llegó a su casa estuvo a punto de llorar. Ve a su padre que no lo reconoce y que actúa como mono. Resulta que todo el pueblo se había vuelto loco y creían que eran monos. El narrador hace un intento porque su padre lo reconozca pero es inútil. Al final, el hombre que narra esta historia debe ser devuelto a su habitación que se encontraba en un manicomio: “Y el loco narrador de aquella historia, perdióse lomo ha lomo con su enfermero que le guiaba por entre los verdes chopos del asilo; mientras el mar lloraba amargamente y peleaban dos pájaros en el hombre jadeante de la tarde…” (161).

“Mirtho”

Se trata de una historia de amor. Un joven enamorado y ya novio de una joven de catorce años llamada Mirtho. Relata su historia a nuestro narrador. Dice que su amada Mirtho es 2. Que la había conocido en Trujillo hacía 5 meses. Luego, empieza a suceder algo extraño, sus amigos empiezan a reclamarle su actitud infiel para con la joven e incluso lo acusaban de haberlo visto con otra. El joven no lograba entender las acusaciones que no tenían ninguna base pues amaba sinceramente a Mirtho. Extrañamente Mirtho nunca llegó a reclamarle nada, es decir, entonces, que ella ignoraba lo que todo el pueblo sabía: que él le era infiel. Posteriormente, comenzó a suceder que el joven empezó a sentirse raro con Mirtho (recordaba que desde que la conocía siempre estaba sola). Por momentos tenía la sensación que no era con ella con quien estaba. Un día estando con la joven, el intenta hablarle sobre la situación y la llama por su nombre, Mirtho. La joven se enfurece y le dice que quién es esa tal Mirtho, que él la engaña, ella lo acusa de serle infiel. Él no entiende nada.
La persona a quien el joven relata esta historia dice que al concluir el joven su relato, le parece ver como “…dos idénticas formas fugitivas, elevarse suavemente por sobre la cabeza del amante y, luego confundirse en el alto ventanal, y alejarse y deshacerse entre un rehilo telescópico de pestañas” (165).

“Cera”

Dos amigos ya embriagados querían fumar opio pero todos los ginkés (fumaderos de opio) estaban cerrados. Uno de ellos tomó un tren. El otro, nuestro narrador también se iba y de repente recordó su amor frustrado. Sintió que le era imperioso fumar opio para calmarse, para poder dormir esa noche. Se dirigió así, a la casa de opio de un asiático llamado Chale ha quien conocía. Se acercó al local pero le dio la impresión de que no había nadie y, cuando ya se retiraba le pareció oír un ruido y miró por el ojo de la cerradura y vio ha Chale quien parecía recién despertado y mal humorado. No quiso llamarlo pero se quedó observándolo. Vio a Chale sacar de una gaveta dos trozos de mármol. El chino miraba las piezas de una manera detallada y profunda. De pronto, el chino volvió a abrir la gaveta y sacó de allí “…numerosos aceros, y con ellos empieza a labrar sus mármoles de cábala” (167).
El narrador reflexionaba, sabía que Chale era jugador de dados, que ganaba mucho y perdía mucho. Al parecer, el chino alteraba los dados.
El narrador, que seguía mirando: “Por mi parte habíame interesado tanto esta escena, que no pensé ni por mucho en abandonarla. Parecía tratarse de una vieja empresa de paciente y heroico desarrollo. Y yo aguzábame la mente, indagando lo que perseguiría este enfermo de destino. Burilar un par de dados. ¿Y bien” (167).
También pensaba: “Pero lo que más me intrigaba, como se comprenderá, era el arte de los medios, en cuya disposición parecía empeñarse Chale a la sazón, esto es, la correlación que debía preestablecerse, entre la clase de dados y las posibilidades dinámicas de las manos. Porque si ni fuese necesaria esta concurrencia bilateral de elementos ¿para qué este chino hacía por sí mismo, los dados?...” (167-8).
La próxima vez que lo vio, Chale jugaba apostando fuerte. Los otros jugadores estaban enardecidos con él. De pronto, ante una apuesta de diez mil soles, llegó un hombre que nadie había visto jamás. Sacó una pistola y se la apoyó en la sien a Chale que estaba  impresionado. Parecía que nadie más que nuestro narrador veía al hombre de la pistola como, por otra parte nadie parecía verlo a él. El hombre apostó con él y Chale ganó y se echó a llorar como un niño.




César Vallejo: Perú, 16 de marzo de 1892- París, 15 de abril de 1938.








Caracas, 20 de abril de 2012.

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