martes, 21 de abril de 2026

El buen mal


“Los ojos jamás podrán ver lo que la mente desconoce”.

“Quizá no aprender del todo tus lecciones es lo que al final te mantiene vivo”. (101)

 

El buen mal (2025) es un libro de cuentos de la escritora argentina Samanta Schweblin (1978) quien, desde 2012, reside en Berlín.

El libro incluye:

1.- Bienvenida a la comunidad

2.- Un animal fabuloso

3.- William en la ventana

4.- El ojo en la garganta

5.- La mujer de la Atlántida y

6.- El Superior hace una visita.

Bienvenida a la comunidad: en lo personal, éste es el relato que me ha resultado más doloroso.  Se trata de una mujer que vive en una urbanización (¿rural?) con su esposo y sus dos niñas.

Una mañana la mujer intenta suicidarse ahogándose en un lago cercano después de haberse amarrado unas piedras alrededor de su cintura -aquí recordé a la gran escritora Virginia Woolf y su suicidio en el río Ouse, Inglaterra.

Después de estar unos minutos sumergida, piensa que las cosas no han resultado como las había planeado. Se pregunta “¿y si esto es todo? Dudar suspendida el resto de la eternidad: el primer miedo real que tuve este día. No ser capaz de avanzar ni de retroceder, nunca más, en ninguna dirección” (7). Se desata las piedras y vuelve a la superficie. Sale del lago, ve las cartas que había dejado y no sabe qué hacer con ellas y las deja en su mesita de noche.

Prepara el almuerzo.

Llegan el esposo y las niñas que regresan del colegio. Las niñas la abrazan. Una de ellas le pregunta si está contenta. No responde. Traen al conejo de la escuela llamado Tonel al que les toca cuidar por una semana. El esposo, muy indiferente con ella y siempre pendiente del teléfono dice que deben tener todo cerrado.

El marido y las niñas almuerzan. Está angustiada. No come. Se dice “soy una mujer anclada siempre en el mismo lugar” (9).

La mujer está muy deprimida. No le encuentra sentido a nada (esto lo escribo yo). Se preocupa por el efecto que su malestar puede tener en sus hijas.

Sale de la casa después de haber abierto una de las ventanas y al poco tiempo vienen las niñas diciendo que Tonel se ha perdido. Están llorosas. El marido molesto porque ella dejó la ventana abierta. No lo consiguen.

Al poco rato, se acerca un vecino con el conejo agarrado y lo devuelve.

El vecino, que hacía un tiempo había sido acusado de haber abusado de una mujer de la cual después no se sabe nada, le hace saber a ella que había visto su intento de suicidio y se lo recrimina. Ella luego, en la noche, se acerca a su casa. Se da cuenta que el hombre es cazador y que está despellejando unas liebres e intenta que ella aprenda. Ella ve que en una de sus muñecas tiene dos heridas transversales, es decir, el hombre había intentado suicidarse y ella le pregunta cómo hacer, cómo salir de esa situación. Él le dice que debe ser a través de la culpa, que al sentir culpa, no se matará.

Ella espera que él le diga más. Él le dice Bienvenida a la comunidad, es decir, se refiere a la comunidad de los suicidas.

Un animal fabuloso: relata la historia de unos padres arquitectos, Elena y Alberto que tenían un hijo, Pedro, a quien apodaban Peta.

El niño había muerto a los 7 años al caer de la cornisa de su casa. Veinte años después del hecho, Elena (que estaba en Buenos Aires) llama a Leila quien se hallaba en Francia. Leila había conocido a Peta a los 2, 4 y 7 años y le pregunta por su hijo, por lo que recordaba del fatídico día de su muerte. Elena le dice que ella se está muriendo.

Leila evoca que Peta le había dicho que él no quería ser arquitecto, que quería ser un caballo. Leila le dice o quiere decirle a Elena que abrace a un caballo.

La historia narra lo brutal que es para unos padres el fallecimiento de un hijo.

William en la ventana: una mujer viaja a Shanghái para un taller de escritores. Lo hace estando su esposo Andrés en tratamiento por un cáncer. La mujer escribe una novela que le cuesta trabajo. Conversa con su esposo a diario. Andrés es un hombre amable, sencillo, atento.

Por otro lado, la mujer comenta su temor de encontrarse a su esposo muerto algún día al despertar.  Al pensar en la muerte de él, piensa en la suya propia.

La mujer conoce a una escritora irlandesa de nombre Denise, de unos sesenta años, quien había tenido éxito con una primera novela.

Denise está casada con un hombre aparentemente zonzo y al que ya no parece amar de nombre Brian. Tienen un gato llamado William. Denise comenta que podría divorciarse pero que el gato es de Brian y que ella no puede vivir sin el gato.

Brian llama a Denise y le cuenta que el gato sufrió un envenenamiento y que estuvo a punto de morir lo que afecta mucho a Denise. Denise cuenta que el gato se posa en la ventana y que hace un ruido que no logra describir bien. Eso resulta muy  importante para ella.

La narradora también recuerda la significancia que tiene para ella la impronta de la mano de Andrés sobre la losa del baño cuando va a orinar. Algo casi imperceptible pero que ella ve. Parece que ambos actos son vitales para estas mujeres y también la forma de expresar el temor de que mueran sus parejas.

Al final, Brian le informa a Denise que William volvió a ser envenenado y había muerto.

La narradora decide volver inmediatamente a Buenos Aires.

El ojo en la garganta: este cuento relata lo que las vivencias duras o nefastas de un hijo pueden causar en una pareja. Es complicado, profundo, conmovedor, doloroso.

Un hombre de 27 años,  está a cargo de su hijo de 2 años (Elías) mientras hace una visita a su madre. Elías se traga algo que resulta ser una pila (de esas de calculadoras de bolsillo). El padre se desespera, llama a la madre y lo llevan al hospital y aunque le extraen la pila, su garganta queda irremediablemente dañada y lleva a que sea necesario hacerle una traqueostomía.

En uno de tantos viajes para el control médico de Elías, el padre se para en una estación de servicio cuyo dueño era un hombre llamado Morris (46) y, en un segundo en que la madre va al baño el niño se pierde. Los padres se vuelven como locos. Resulta que el niño estaba con la esposa del Morris –quien lo había encontrado- y lo tenía distrayéndolo mientras lo reclamaban.

Morris y su esposa no tenían hijos.

Después de este episodio y durante veinte años, alguien llamaba por las noches a la casa de la pareja. No hablaban y luego colgaban. El padre creía que era Morris que lo hacía como una forma de torturarlo por haber sido descuidado con su hijo.

Elías adoraba a su padre.

Mientras el niño crece, la pareja se va distanciando hasta que se separan. La mujer se muda con su hijo ya adolescente a la casa de sus padres y el hombre se queda en la casa, obsesionado con las llamadas telefónicas.

Un día, el padre se presenta a la estación de servicio e incrimina a Morris por las llamadas. Morris le explica que el día que Elías se había extraviado, le pidió que llamara al padre y le da el número de teléfono pero nadie contesta.

El niño crece, estudia, va a la universidad, es exitoso, se enamora. El padre enferma y en el momento de su fallecimiento, Elías está con él.  Introduce su dedo en el orificio de la traqueostomía que se había convertido como en su punto de conexión.

La mujer de la Atlántida: este relato une un pasado con un presente, demostrando la fuerza que pueden tener las relaciones humanas.

Dos hermanas (una de 10 años y la otra de trece) pasan vacaciones con sus padres en una zona playera de Montevideo.

Las niñas, algo aburridas, salen de noche de su cabaña para merodear por las casas y jardines de los alrededores. Por un viejo lector se enteran de que hay una mujer poeta que no sale de su casa y que tal vez estaría bueno que fueran a echarle un vistazo. El hombre les dice que la mujer ha intentado suicidarse. Se trataba de la señora Pitis.

La casa era un completo desorden, con acumulación de cosas, mucha basura y botellas de vino vacías. Las niñas se acercan a la mujer y le dicen que son la inspiración. Quieren estimularla para que vuelva a escribir y que no tome tanto (más tarde descubren que era el viejo lector quien le compraba la bebida).  Se ocupan de arreglar la casa y de asear a la señora Pitis, lavarle el pelo y otras cosas.

Un día, la señora Pitis escribe algunas cosas en un cuaderno y las niñas la llevan al mar. La señora Pitis se mete en la playa y la mayor la acompaña (deja a la menor con el cuaderno). Parecen disfrutar el mar pero de pronto una ola las envuelve y la niña mayor muere ahogada. Sólo sale del agua la señora Pitis.

Cuarenta años después la menor se ha hecho adulta y peluquera en Buenos Aires. Decide regresar a Atlántida y la señora Pitis se aparece por la peluquería sin decir palabra. La muchacha le lava el cabello cada 15 días, en silencio (como se lo lavaba su hermana). No sabe si la señora Pitis la reconoce.

La señora Pitis no vuelve y la mujer va hasta su casa.

El Superior hace una visita: este relato podría considerarse como una pésima experiencia después de un acto bondadoso y un final donde hay que darle gracias a Dios porque uno salió vivo.

Una mujer divorciada, de sesenta años, con una hija que con su primer salario se fue a vivir a otro continente y que no ha vuelto a visitarla, va a visitar a su madre con demencia al Instituto Graziano.

Realmente habla poco con ella porque la madre o come, o duerme. Ella aprovecha para leer.

Sentada en el Instituto ve a una mujer anciana que le pide unas monedas porque va a tomar el subterráneo. La mujer piensa que es una residente y que seguramente alguien la detendrá. La anciana toma el ascensor.

Cuando la mujer decide marcharse se encuentra a la anciana en el subterráneo y se monta en la misma estación que ella. De alguna manera se siente responsable de no haber avisado al Instituto. Le ofrece ir a su casa. Llama al Instituto pero la descripción que da de la anciana no parece corresponder a nadie fugado. Le dicen que mañana pueden enviar a una ambulancia.

Al poco rato suena el teléfono, es un tal Joel que le dice que cree que su madre está en su casa (resulta que la anciana tenía un localizador en una de sus sandalias que ella le había quitado para que estuviera más cómoda).

Joel (como de 45 años) dice que irá a buscar a su madre. La mujer se muestra aprensiva pero lo deja entrar. Se trata de un tipo musculoso que lleva un bolso y que le dice ser dueño de un gimnasio.

La anciana va al baño y luego se recuesta en la cama de su hija. La mujer encuentra a Joel también acostado allí  (ella lo había conservado intacto). Está incómoda y preocupada. El hombre le cuenta que su padre lo había abandonado a los siete años y que muchos años después lo vio y el padre no lo había reconocido. El hombre la amenaza, le pide dinero, joyas, tarjetas. La mujer cree que la violará, que la matará, de hecho escucha un disparo y duda si está viva o muerta.

Ante la presión del hombre sobre si algo le dolía: la mujer responde que de bebé le tenía odio a su hija pero que ahora la amaba pero que su hija le tenía rencor y que eso le dolía.

Joel le dice: que qué quiere que haga por ella. Ella no sabe qué decir y al final contesta que “arreglar la lámpara” de la sala que tiene tiempo descompuesta. El hombre se enfurece pues le parece que lo que la mujer dice es como menospreciarlo a él.

Pasan la noche. En la mañana la lámpara está arreglada. El hombre se despide después de robarla, de preparar el desayuno para los tres  y se va con la madre anciana.

Los cuentos del Buen mal son profundamente psicológicos y giran en torno de las personas y las relaciones familiares, en especial, parejas e hijos.

Los he leído y releído, aún así, no dudo en volver a leerlos.

 

Samanta Schweblin


Escrito y publicado por Libia Kancev D.

Caracas, 21 de abril de 2026.

 

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