lunes, 22 de julio de 2013

Poesía venezolana: cuatro poemas de Cuidados Intensivos de A. Gutiérrez Plaza.


Imagen tomada de www.monosilabo.com


Reverón, Macuto-New York (MOMA 2007)ii

A Pedro Lastra y Eugenio Montejo,
en celebración de aquellos instantes preservados.

Qué queda allí donde viviste, qué queda de tu Castillete.
Ahora aquí, en esta ciudad, el blanco de tus lienzos
no sólo oculta el color de nuestros trópicos,
el sonido incesante de sus bosques de palmeras.

Ahora es la luz de una foto velada,
aquélla en que estuvimos y ya no,
borrados por una avalancha de lodo y muerte.

Aquélla que escondía el rumor de la montaña,
el recuerdo de una tarde ya perdida, ya lejana,
una tarde como ésta, fría, ajena, cubierta de otro blanco,
cubierta, como esta ciudad, por un manto de nieve. (57)





Cuento de hadas

De nuevo la mañana
y hoy
una niña muerta,
una niña de ocho años
–acotan las noticias–
y su perro.
Ambos aplastados
por una rama cubierta de hielo.
Yo hubiera preferido decir de cristal
y hablar de la magia de los cuentos de hadas.
No de las trampas que disimula el invierno.
Desearía detenerme en el resplandor
de estas insólitas ramas,
imaginar estalactitas
suspendidas
en las barbas de los árboles
o en el atareado sueño
de una savia ya vieja y adormecida.
Yo hubiera querido celebrar
la fortuna
de mi extranjera mirada.
Sentarme a la ventana y escuchar
y tan sólo escuchar
el difícil idioma de la nieve que cae.
Yo aspiraba comprender su blancura,
la de una lengua que hacía serena
y de pronto se reveló
en un crujir inesperado,
en un estallido de vidrios.
Una niña y su perro
han muerto.

Yo hubiera querido,
Yo hubiera deseado hablar de otra cosa. (58-9).




Canción para Phillip,
mi estudiante de español

Phillip asiste a clases
diariamente
con su verde uniforme.

Phillip es casi un niño
que confunde
México con Madrid.

A Phillip le gusta
que le cuenten
historias de ultramar.

Que le hablen de las victorias
de Lucius Quinctius Cincinnatus,
y su legado en Gettysburg.

Phillip conoce sólo tres cosas:
La obediencia a la patria,
al dinero
y a Dios.

En esa cárcel ha vivido siempre
sin maldad.

Phillip pronto
se irá a la guerra
como Mambrún.

¿Qué lengua olvidada
traerá de Babel?
¿En qué tiempo aprenderá
a conjugar
matar?
¿Quién ocupará su pupitre
y seguirá sus lecciones
cuando no esté? (65-6).



Si me permites

Si me permites
no te llamaré por tu nombre,
procuraré otros atajos
que me sepan conducir
al sitio donde las palabras amanecen,
al recodo donde las historias
se reconocen inútiles
y el azar pacta
a riesgo de sus mejores apuestas.

Si me permites
te desearé simplemente
como si invocara la lluvia
en la estación más seca,
aquélla que queda
sin balbuceos
más allá de la aridez
del recuerdo
de lo que no fue.

Si me permites,
si hay un lugar donde yo pueda,
me haré hábito en tu piel
y como un devoto feligrés,
fiel a los caprichos del deseo
te haré mía sin nombres

sin palabras, sin promesas.(72).

Tomado de: Cuidados Intensivos (inédito). 


Publicado por: Libia Kancev D.

miércoles, 17 de julio de 2013

Un texto sobre la subversión de la poesía












“…inconmovibles ante toda humana razón

torrentes de lágrimas deshaciendo las inexpertas rocas del egoísmo

y todos se van…”



La acción subversiva de la poesía

Hay una fuerza en el hombre, proveniente del simple hecho de vivir, que condiciona su destino de modo fatal. Esta fuerza se vuelve visible a cada momento a través de las manifestaciones del amor, que tiende a trascender del individuo en una comunión con el todo, tiene sus propias leyes irreductibles a los esquemas racionales. La poesía aparece como expresión de ese impulso hacia el cumplimiento de un destino vital, y la fatalidad de ese destino se revela en la poesía como un hecho indiscutible. La poesía no es, por consiguiente, un lujo o un divertimiento, sino una necesidad, del mismo modo que lo es el amor. Todas las otras necesidades, aun las más perentorias, están subordinadas a esos dos, que en definitiva son los dos aspectos de una misma energía primordial que le confiere su verdadero sentido a la vida. Si penetramos profundamente en el significado del viejo refrán “No sólo de pan vive el hombre” comprobaremos que la lúcida sabiduría popular llega a una convicción análoga. Prescindir de la poesía equivaldría a renunciar a la vida.
Considerado así, lo poético no reside sólo en la palabra; es una manera de actuar, una manera de estar en el mundo y convivir con los seres y las cosas. El lenguaje poético en sus distintas formas (forma plástica, forma verbal, forma musical) no hace más que objetar de un modo comunicable, mediante los signos propios de cada lenguaje particular, esa fuerza expansiva de lo vital. Como consecuencia, el mundo poético está en todos, en la medida en que cada hombre es un ser integral. La clara consigna de Lautréamont, “La poesía debe ser hecha por todos”, no tiene otro sentido. Aquel que ignora la poesía es un mutilado, tal como lo es aquel que ignora el amor.
La última afirmación podría sugerirnos la idea de que vivimos en un mundo de mutilados, pero no es así: lo que habitualmente encontramos no es la falta de impulso poético sino su represión. Y está reprimido porque vivir hacia lo ilimitado, como exige la poesía, es decir, vivir en la dimensión total, no resulta conveniente para las fuerzas opresoras que dominan el mundo. Aceptar ese modo de vivir significaría prestarle al hombre un carácter casi divino, lo que no interesa a los detentadores del poder, que prefieren considerar al hombre como un objeto, como algo inmóvil y sin dimensión. Para anular a la poesía se ha creado toda una organización de falso pudor, parecida a la que existe para limitar la extensión del amor. Por el crimen de pornografía se condena al amor sin trabas. Parecida condena de pornografía amenaza a la poesía auténtica, sin trabas. Los dos procesos que abren el camino de la libertad, de la a censura, de lo imprevisto y de la exaltación, se ven constreñidos a la categoría de parias sociales.
Abierto el camino de la libertad por la poesía, se establece automáticamente su acción subversiva. La poesía se convierte entonces en instrumento de lucha en pro de una condición humana en consonancia con las aspiraciones totales del hombre. Ceder a la exigencia de la poesía significa romper las ataduras creadas por el mundo cerrado de lo convencional.
Esta función de ruptura no pasa inadvertida para quienes aspiran a una convivencia basada en la sumisión. Tampoco pasa inadvertida la importancia, la verdadera necesidad de la poesía como factor de expresión vital. La solución contemporánea de estos dos problemas la logran los detentadores del poder domesticando a los poetas, volviéndolos inofensivos, para que ofrezcan un producto falsificado o desnaturalizado que con el título de poesía reciba los honores oficiales, las prebendas. Así se logra un alimento sustitutivo de la pasión poética, que puede designarse con el nombre de poesía “oficial” y que es la negación total de la poesía. Así se alcanza el ideal de los carceleros: lanzar a los poetas contra la poesía.
Por este mecanismo de sustitución, el verdadero poeta queda fuera de la ley, y para darle a su engañifa características de consenso, los carceleros someten a los poetas a la repulsa de la opinión pública. Los detentadores del poder fabrican la llamada opinión pública, y ésta actúa dócilmente en defensa de los intereses que propician la sumisión. La opinión pública es la opinión de los hombres sin opinión, y éstos condenan la poesía. En el momento en que la poesía es colocada fuera de la ley aparece como consecuencia ineludible la figura del poeta repudiado: la poesía se vuelve maldita.
No todos los poetas ceden a la presión del poder y de la opinión pública. Dante, Villon, Blake, Rimbaud, Lautréamont, Artaud, agitaron en una u otra forma el látigo liberador. Pero hay poetas que se rinden, que claudican, y esta claudicación se obtiene a veces por los medios más indirectos. Uno de los medios indirectos de sumisión, en el que caen a menudo verdaderos poetas es el esteticismo. El arte por el arte significa siempre un arte sometido, que rehúye el peligro y busca el calor de los aplausos.
Pero esto no quiere decir que la acción subversiva de la poesía se realice mediante el tratamiento directo de los temas de subversión. No necesita por ejemplo, cantar a la libertad (palabra degradada por los falsarios de todos los colores) pues cantar a la libertad ha demostrado ser uno de los recursos de los propiciadores de la esclavitud. La libertad vive en la poesía misma, en su manera de expandirse sin trabas, en su poder explosivo. Está implícita en el acto de la creación, en ese modo de surgir de las zonas del espíritu donde reina la insumisión, donde es libre en todas las dimensiones. Libre de los esquemas de la razón, libre de las normas sociales, libre de las prohibiciones, libre de los prejuicios, libre de los cánones, libre del miedo, libre de las rigideces morales, libre de los dogmas, libre de sí misma. En esa zona del espíritu vive la experiencia milenaria de la especie, vive el sentido del hombre, se forman los deseos y las formas impulsoras de la dinámica vital. Allí se establece el vínculo real con el mundo a través de la única vía libre que lleva al universo todo. En esa zona se gesta el milagro, nace la excepción. La poesía tiene allí su imperio, y allí están las fuentes de la imaginación creadora que participa con las potencias del amor en la construcción del ser auténtico, que cuando se lo percibe dentro de sí determina la aparición de un orgullo silencioso y secreto, un orgullo que toma frecuentemente la apariencia de la humildad, y que es patrimonio casi exclusivo, en su monstruosa magnitud, de los santos y de los poetas.
La acción subversiva se manifiesta al ofrecernos la poesía la imagen de un universo en metamorfosis en oposición al universo rígido que nos impone las conversaciones. La imagen poética en todas sus formas actúa como desintegradora de ese mundo convencional, nos muestra su fragilidad y su artificio, lo sustituye por otro palpitante y viviente que responde al deseo del hombre. Por eso la poesía auténtica degrada a quienes aspiran a existir en un medio dominado por la quietud, un medio pasivo, sin riesgos y sin imprevistos. Ese medio es un esquema irreal, abstracto, desvitalizado; es el falso mundo de la seguridad, que se parece más a un mundo de fantasmas que las más desaforadas creaciones de la imaginación poética. Para completar la paradoja, los defensores de ese mundo irreal se llaman a sí mismos, realistas.
Una actitud disconformista señala el paso inicial que dirige al hombre hacia el centro de acción de la poesía. El poeta se coloca frente a la sociedad aceptada y manejada por los conformistas. La maquinaria social al servicio de una organización deshumanizada reduce a los hombres a números, y cierra todos los caminos. Los que sueñan con el poder, cualquiera que fuere el mecanismo de éste (el dinero, la fuerza, el soborno, el chantaje, la política, el terro) tienden a reducir la conciencia de los hombres a cero. El mundo se convierte así en un reducto sin puertas ni ventanas, domine el patrón oro, o domine la burocracia. La poesía abre puertas y ventanas tanto hacia afuera, hacia el mundo, como hacia adentro, hacia el hombre.
Pero indudablemente la poesía, al introducirnos en el misterio de lo real, nos descubre una vasta zona de peligro, una región inquietante y turbadora. Muchas veces lo poético toma la forma de un acto de violenta provocación y aparece como antipoético, como negador de la creación. Cuando Marcel Duchamp expuso una rueda de bicicleta o un porta botellas con la pretensión de que constituyesen obras de arte, realizó un acto poético del más alto valor subversivo. Lo mismo Rimbaud, al renunciar a la poesía, lleva a su extremo límite la actitud subversiva del poeta. La insumisión alcanza ese límite extremo en el momento en que proclama la negación de la poesía, y ese momento aparece cuando la poesía está seriamente amenazada de domesticidad. Así, lo antipoético se convierte en el valor supremo de subversión y en el mecanismo utilizado por los verdaderos poetas en defensa de la poesía en peligro, para reconquistar su fuerza liberadora. Mediante lo antipoético, se retorna al punto cero, en contacto con la fuente originaria, con el fuego central.
En el proceso utilizado para domesticar a los poetas, el aplauso, el consenso elogioso, la popularidad, son los factores más peligrosos. El poeta que sucumbe a la tormenta de los aplausos debe pensar que los imbéciles, que forman la gran masa de los llamados entendidos, no se equivocan nunca: sólo aclaman lo inofensivo. El poeta debe desconfiar de ese aplauso, de ese elogio unánime, con el que fabrican las rejas de su prisión. Por eso Bretón lanzó un alerta lúcido a los poetas al decir: “La aprobación del público debe rehuirse por encima de todo”. Pues un poeta domesticado por el elogio tiene más valor para los predicadores de la sumisión que los inocentes versificadores que ellos presentan como sustituto. El poeta domesticado se convierte en ejemplo de la inutilidad de ser libre. Como el león domesticado, es una caricatura grotesca de un gran señor de la libertad, y sus rugidos adquieren entonces acentos de canto de ruiseñor. No es la confortable y estéril placidez de los parques artificiales la que conviene al poeta; su poder combativo y creador se exalta en la sorda lucha de la selva, y para el poeta de hoy la selva ha encontrado residencia en las grandes metrópolis, donde brotan del suelo gigantescos rascacielos, donde la vida se ve vuelta en la mañana inextricable y despiadada de un mundo mecanizado, y hombres-serpientes y hombres-chacales pululan por las calles.
 El humor es el elemento que provee a la poesía de su mayor virulencia. Acerado como la luz, el humor se constituye en la vanguardia combativa en pro de la autenticidad del ser. Con su filo luminoso corta la oscuridad, y aporta el fuego que consume lo muerto y reanima lo vivo. Contiene el feroz deseo del hombre en su virtualidad renovadora, que corroe el mundo de lo inmóvil y lo opaco.
Latente o concreta, la subversión contenida en la poesía auténtica no ofrece dudas; pero la poesía no se reduce a un acto negativo puro: contemporáneamente a su acción provocadora afirma su fe en un mundo mejor que responda a la íntima realidad del hombre. Por eso sostiene una posición de recuperación de todos los antiguos mitos que ofrecen salida al desamparo: el mito del paraíso terrenal, el mito de la edad de oro. La poesía cree en esos mitos así como cree en la fuerza todopoderosa del amor. En esa común pasión coinciden los poetas con los fundadores de religiones. Esa es la causa por la que El sermón de la montaña se reúne con Así hablaba Zaratustra en la misma defensa del hombre. También los poetas hacen suya la memoria de los mártires que buscaron cambiar la condición humana, pues las torturas infligidas a los santos, a los revolucionarios y a los poetas, tienen todas el mismo significado de persecución del espíritu poético, de aniquilación del hombre que no se resigna a un destino sórdido. En una misma veneración se engloba a Jesucristo, Giordano Bruno, el obrero-poeta Bartolomeo Vanzetti y Antonin Artaud.
En una época como la actual, en la que la poesía tiende a la domesticación por los más variados mecanismos en los más variados regímenes sociales, los poetas auténticos se encuentran siempre alertas, aunque estén reducidos a la soledad o compelidos por la fuerza y el terror. De pronto aparecen los Vosnesensky, los Evtuchenko para recordar los derechos inalienables del hombre. Estamos próximos al momento en que la revolución en defensa del hombre se desarrollará en el plano de lo poético.
Aldo Pellegrini (Argentina, 1903- 1973), poeta, ensayista y crítico de arte argentino. 
Para contribuir a la confusión general, 1965.
Publicado por: Libia Kancev D.

miércoles, 3 de julio de 2013

Tres poemas tristes




Cautela

Los castaños florecen.
Tomo nota,

pero me abstengo de opinar.


jueves, 6 de junio de 2013

Algunas citas de la novela de J.D. Salinger, El guardián entre el centeno (1945).


                                                                                                                                                               




A Elena Ruiz, in memoriam

“Si un cuerpo coge a otro cuerpo, cuando van entre el centeno” (153).

“-¿Te has hartado alguna vez de todo? –le dije-. ¿Has pensado alguna vez  que a menos que hicieras algo enseguida el mundo se te venía encima?” (171).

“No es que fuera mala persona, de verdad. Pero es que no hace falta ser mala persona para destrozarle a uno” (220).

“Pero se equivocaba en eso de que acabaré odiando a los que hayan jugado al fútbol en la universidad. En serio. No odio a casi nadie” (242).

“Esta caída que te anuncio es de un tipo muy especial, terrible. Es de aquellas en que al que cae no se le permite llegar nunca al fondo. Sigue cayendo y cayendo indefinidamente. Es la clase de caída que acecha a los hombres que en algún momento de su vida han buscado en su entorno algo que éste no podía proporcionarles, o al menos así lo creyeron ellos. En todo caso dejaron de buscar. De hecho, abandonaron la búsqueda antes de iniciarla siquiera. ¿Me sigues?” (243).

“Entre otras cosas, verás que no eres la primera persona a quien la conducta humana ha confundido, asustado y hasta asqueado. Te alegrará y te animará saber que no estás solo en ese sentido. Son mucho los hombres que han sufrido moral y espiritualmente del mismo modo que tú. Felizmente, algunos de ellos han dejado constancia de su sufrimiento. Y de ellos aprenderás si lo deseas. Del mismo modo que alguien aprenderá algún día de ti si sabes dejar una huella. Se trata de un hermoso intercambio que no tiene nada que ver con la educación. Es historia. Es poesía” (245).

“Con esto no quiero decir que sólo los hombres cultivados puedan hacer una contribución significativa a la historia de la humanidad. No es así. Lo que sí afirmo es que si esos hombres cultos tienen además genio creador, lo que desgraciadamente se da en muy pocos casos, dejan una huella mucho más profunda que los que poseen simplemente un talento innato. Tienden a expresarse con mayor claridad y a llevar su línea de pensamiento hasta las últimas consecuencias. Y lo que es más importante, el noventa por ciento de las veces tienen mayor humildad que el hombre no cultivado. ¿Me entiendes?” (245).

“La educación académica te proporcionará algo más. Si la sigues con constancia, al cabo de un tiempo comenzará a darte una idea de la medida de tu inteligencia. De qué puede abarcar y qué no puede abarcar. Poco a poco comenzarás a discernir qué tipo de pensamiento halla cabida más cómodamente en tu mente. Y con ello ahorrarás tiempo porque ya no tratarás de adoptar ideas que no te van, o que no se avienen a tu inteligencia. Sabrás cuáles son exactamente tus medidas intelectuales y vestirás a tu mente de acuerdo a ellas” (246).

“A todos los que vinieran a visitarme les pondría una condición. No hacer nada que no fuera sincero. Si no, tendrían que irse a otra parte” (263).

“No cuenten nunca nada a nadie. En el momento en que uno cuenta cualquier cosa, empieza a echar de menos a todo el mundo” (274).


Salinger, J.D. El guardián entre el centeno. Edhasa. Barcelona (España). 2008.


Publicado por Libia Kancev D.



Caracas, 7 de junio de 2013.

martes, 28 de mayo de 2013

Arturo Gutiérrez Plaza: Pasado en limpio

Arturo Gutiérrez Plaza 
















Arturo Gutiérrez Plaza (Caracas, 1962): poeta, ensayista y profesor universitario. Ingeniero en Computación y Magíster en literatura latinoamericana contemporánea por la Universidad Simón Bolívar (USB). Es Doctor en Lenguas Romances y Literatura por la Universidad de Cincinnati (Estados Unidos). Actualmente es el Coordinador de la Maestría de Literatura Latinoamericana de la USB. En dicha Universidad también se ha desempeñado como Director de Extensión Universitaria y Decano de Extensión. El profesor Gutiérrez fue director general del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG) entre 1995 y 2000.

Dentro de su obra poética están:

Al margen de las hojas (Monte Ávila, 1991)
De espaldas al río (El Pez Soluble, 2000)
Principios de Contabilidad (2000)
Pasado en limpio (2006): que incluye, aparte del primero y el tercero de los poemarios anteriores, Un sobre sin abrir.

Gutiérrez Plaza ha sido finalista en varios importantes premios de poesía y obtenido el Premio de Poesía de la III Bienal Mariano Picón-Salas (1995) por el libro Propósito común (que, hasta la fecha, no ha sido publicado); el Premio Hispanoamericano de Poesía Sor Juana Inés de la Cruz (1999), por Principios de contabilidad (México: Conaculta, 2000), y el premio del Concurso Anual Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana por Itinerarios de la ciudad en la poesía venezolana: una metáfora del cambio (2009).

Hace poco tuvimos conocimiento de que próximamente será publicado por la editorial independiente Lugar Común,  el más reciente poemario de Gutiérrez Plaza, que lleva por título Cuidados intensivos, algunos de cuyos poemas pudimos escuchar de boca del propio autor en la sede de la librería del mismo nombre y que llamaron nuestra atención por el abordaje de una temática de orientación social y política que no le conocíamos.

Veamos ahora algunos de los poemas recogidos en Pasado en limpio, no sin antes señalar que, el poemario contiene un excelente prólogo del profesor Luis M. Isava y que cada poemario está precedido por varios epígrafes, la mayoría orientados hacia la construcción continua del poema, como por ejemplo, el último citado en Principios de Contabilidad, perteneciente al escritor norteamericano Wallace Stevens (1879- 1955) : Un poema es un detalle de la vida pensado durante tanto tiempo que el pensamiento propio se vuelve inseparable de él, o bien es un detalle de la vida, sentido tan intensamente que el sentimiento lo ha penetrado.

Al margen de las hojas

Al margen de las hojas,
en los raídos cuadernos donde una vez hubo
olor a creyones y acuarela,
afincado, firme el lápiz al papel,
el niño escribe…

La tarea hecha,
tres planas con la letra O
y toda una tarde para jugar al escondite.

Una larga tarde en que las bisagras
suenan reticentes, oblicuas,
como sin querer ver la cara del sol,
esa otra roca gastada de tanto girar,
nacida, como él, del vientre del mundo,
cuando la tierra aún era una llanura blanca
semejante a nuestras manos.

Gastada como el ruido de aquel viejo balón,
siempre pateado con fuerza
sobre la tierra mojada de la infancia,
o como aquellas manos
-las del titiritero-
que lentas moldeaban el rostro de un domingo.

Una larga tarde
escrita al margen de las hojas
por un niño que espera
la hora de jugar al escondite.

En “Al margen de las hojas” (10), el poeta va señalando la utilización que un niño hace de los márgenes “en los raídos cuadernos donde una vez hubo/ olor a creyones y acuarela,”/. A través de la escritura y visto por el poeta, el niño (que devino poeta) despliega recuerdos de una tarde: “La tarea hecha, /…y toda una tarde para jugar al escondite”/ También la evocación de “aquel viejo balón,/ siempre pateado con fuerza/ sobre la tierra mojada de la infancia,/ o como aquellas manos”/. Mientras el niño escribe, espera y tememos que “la hora de jugar al escondite” haya pasado.  

En este poema, hay una metáfora interesante, la referida al sol compartida con el niño “esa otra roca gastada de tanto girar, / nacida, como él, del vientre del mundo, /cuando la tierra aún era una llanura blanca/ semejante a nuestras manos”.


Al calor de los manteles

Realmente hay pocas cosas tristes
en la vida;
quien se sienta solo en la mesa
lo sabe.
Porque no es la comida
desabrida del día anterior,
no es el olor cotidiano
ni la sopa recalentada.
Es más, mucho más.
No es ni siquiera
el hecho de saber
que es triste
que uno se siente solo a la mesa para comer.
Es la certidumbre de que los días son obstinados y se repiten.
Es la tristeza misma
que es triste
y está sola
posada en los platos
llana y pensativa
como ayer.

(De: Al margen de las hojas)

En “Al calor de los manteles” (13) se plasma un planteamiento que gira en torno a la tristeza, el estar solo y la asfixiante rutina porque aunque “Realmente hay pocas cosas tristes/ en la vida”, que van más allá de “que uno se siente solo a la mesa para comer”, resulta -expresa el poema- que “Es más, mucho más” que eso. “Es la certidumbre de que los días son obstinados y se repiten/ Es la tristeza misma/que es triste/ y está sola”. Pareciera que lo que es triste en la vida es la tristeza en sí  misma y la soledad que la acompaña.

Palmariamente, se trata de un poema triste. Esta palabra o derivadas de ella está escrita cuatro veces; por otra parte, la palabra solo (a), lo está en tres ocasiones. Todo ello, aunado a la referencia a la rutina que nos conduce al tema del tiempo, nos “habla” de la tristeza, de la soledad, del inexorable paso del tiempo.  

Poética del caminante

De paseo, sin rumbo fijo
veo un zapato solo
a un lado de la carretera,
desalojado, huérfano de pie
y de costumbres.
Veo, entonces, por añadidura
un hombre que camina descalzo,
una tristeza adherida al día,
un ojo que escruta
por la cerradura de una puerta
el aire abandonado
de una habitación vacía.

Al referirme a esto
y otras cosas –me doy cuenta-
retomo el hilo
de un obstinado soliloquio.
Apruebo con la frente
el lugar que ocupa
cada presencia a mi alrededor.
Me detengo y anudo con fuerza
los cordones de mis zapatos.
Sólo después sigo mi curso.
Digo, el discurso que dictan mis pies.

El objeto zapato (o zapatos) no es extraño a la temática poética de Gutiérrez Plaza. En “Poética del caminante” (98) tenemos la visión de un zapato solo, objeto que parece conocer las costumbres de su dueño. También, se describe aquí a un hombre descalzo, además de triste. Objeto hecho para ser ocupado que se haya vacío de su correspondiente materia la cual se halla libre y en soledad. El poeta vislumbra los lugares que ocupan los objetos “cada presencia” a su alrededor. Procede a anudar “con fuerza” los cordones de sus propios zapatos para seguir su curso que no es otro que el que dictan sus propios pies imbuidos en ellos.
Hay una conexión del pie con el zapato, con el curso y el discurso de la vida dictaminado por dicho pie.

Dios no escribe poemas

Dios no escribe poemas.

Si escribiese poemas
no sería Dios (así, con mayúscula)
sino a lo sumo un poeta.
Y si fuese un poeta
y no hubiese Dios
entonces los poetas escribirían
reclamando la existencia de uno,
o alguien que al menos
pusiera un poco de orden en la casa.
Una especie de conserje
colmado de paciencia.

Por eso Dios,
sabio y pragmático
Como lo exigen estos tiempos,
prefiere preservar
la tradicional jerarquía de su cargo
y se abstiene de escribir poemas.

En “Dios no escribe poemas” (90) se nos revela que la escritura de poemas no alcanza a Dios, si lo hiciera ya no sería Dios sino un poeta y el mundo careciera de alguien que “pusiera un poco de orden en la casa”/ alguien “colmado de paciencia”. Dios es Dios, los poetas son los poetas. Cada quien en su lugar, en lo que le corresponde.

Crónica

Seguramente después de mi muerte
los perros continuarán aullando
como lo han hecho durante milenios.

Las cortinas sudarán la misma luz
cada amanecer, prolongando
el reposo de los amantes.

Las palomas acudirán a las plazas
llenas de fe, como los ciudadanos
que diariamente les dan de comer
a la puerta de las iglesias.

Todo será igual.

Gordas señoras cargadas de bolsas
recorrerán mi vecindario
impregnando el rancio olor del Mediterráneo.

Todo, o casi todo
será como el primer día.

La misma crónica
con otros personajes.

(De: Principios de Contabilidad)

En “Crónica” (86), el poeta expone lo que piensa que ocurrirá después de su muerte. Escribe “Todo será igual”. Más específicamente “Todo, o casi todo/ será como el primer día”, para concluir que la vida es una rutina general y particular que se repite una y otra vez, lo que cambia son las personas. “La misma crónica/ con otros personajes”.


La mesa

Cuatro rígidas patas sostienen este tablón.
Hermanas cuatrillizas que con el paso de los años
han sabido imitarse hasta el extremo de la estatura.

Se comprende que todo se refiere
a una mesa viuda de sillas.

Un horizonte rectangular parecido,
tal vez, a una pequeña cama
y a la voz de mamá
inventando un nuevo cuento para dormir.
A una lejana conversación
la tarde prolongada de un día festivo.

Sí, a lo mucho que hubo.

A esas cruentas y gloriosas batallas
hechas de palabras y soldados azules,
donde siempre la derrota era postergación,
aplazamiento, nunca renuncia.

Batallas no menos reales
que las que hoy en su interior
libran silenciosos
el tiempo y las termitas.

En “La mesa” (101), este objeto, ya viejo, resulta la excusa perfecta para nombrar “a una pequeña cama” y con ella traer la evocación de “la voz de mamá/ inventando un nuevo cuento para dormir”. El poeta patentiza “lo mucho que hubo” en su infancia. De la narración de historias de batallas que nunca significaron renuncia sino aplazamiento, el poeta conduce nuestra imaginación a las “Batallas no menos reales/ que las que hoy en su interior [de la mesa] / libran silenciosos/ el tiempo y las termitas”//.

El arte de amar

Supones que han de calzar las piezas
(deseas predecibles las reglas del juego).

Comienzas por aquellas de bordes rectos.

Antes, por costumbre, has intentado
el inventario de las esquinas.

Sabes que luego quedará una isla que habitar.

Pieza a pieza reconstruyes
un paisaje que nunca has visto,
un mapa de litigios fronterizos
entre desconocidos países.

Ya muy tarde comprendes.

Ella nunca te dijo que el arte de este juego
nace de mezclar en una misma caja
dos distintos rompecabezas.

(De: Un sobre sin abrir)

En “El arte de amar” (120), el poeta parece hacer una analogía entre la vida de pareja –con sus dificultades, a veces, insalvables-  y armar un rompecabezas. Se quiso predecir los comienzos y “comienzas por aquellas de bordes rectos” previo intento de “el inventario de las esquinas”. Pero, la experiencia no es fácil pues “Ella nunca te dijo que el arte de este juego/ nace de mezclar en una misma caja/ dos distintos rompecabezas”//.

Persistencia

En las gotas de una ducha siempre fría.
En la sombra inquieta de las hojas que caen.
En la mirada extraña de algunos peces.
En la cucharilla que espera el azúcar del té.
En unas llaves que aguardan.
En la página faltante de esta libreta.
En el rollo de fotos que nunca tomé.
En el canto de algunas monedas.
En el silencio que queda
cuando ya se han ido las hormigas.
Allí he dejado recados.
He insistido en la buena recompensa.

En “Persistencia” (122), el poeta expone claramente su comunicación con las circunstancias y los objetos que le rodean. Un detallismo frecuente en su poesía. En esos objetos: “En las gotas de una ducha…/En la sombra inquieta de las hojas que caen/…en la mirada…de algunos peces/ En la cucharilla…/ En unas llaves…”/ el poeta deja recados, mensajes. Al final nos sorprende con un verso contradictorio, ya que habiendo sido él quien deja los mensajes en todos los objetos mencionados, espera que los mismos le sean devueltos, ya que escribe “He insistido en la buena recompensa”. Es decir, es como si esos objetos y experiencias se le hubiesen extraviado y aunque sea él quien deja conscientemente “algo” en ellos, espera que algo de ello le sea devuelto. Por ello ofrece recompensa.


Pentagrama

                                             A la memoria de Juan Bautista Plaza


En esta silla, ahora,
más parca y menos joven,
se sentaba a escribir
sus partituras mi abuelo.

Mientras sus hijos dormían
la madera de esta mesa, vigilante,
pensativa, aprendía a llevar
sus compases en silencio;
sin distraerlo, sin jamás enterarse.

Por eso me gusta escribir sobre ella.

Acerco mi oreja a sus pliegues
tratando de seguir el ritmo
de su secreto pentagrama.

Sobre sus líneas me apoyo,
tanteándolas, sospechándolas,
sin revelar a nadie mi intento.
(De: Un sobre sin abrir)


En “Pentagrama”(133), homenaje a la memoria de su abuelo materno, el importante compositor Don Juan Bautista Plaza (1898- 1965), el poeta no sólo hace gala del recuerdo respetuoso y amado del abuelo, sino que, una vez más, muestra su íntima conexión con ciertos objetos tales como una silla “En esta silla, ahora/ más parca y menos joven,/ se sentaba a escribir/ sus partituras mi abuelo”/; una mesa “Acerco mi oreja a sus pliegues/…Sobre sus líneas me apoyo,/ tanteándolas, sospechándolas,”.

La lectura de Pasado en limpio (2006) me lleva por la siguiente experiencia: de una lectura para saber de qué iba, tuve la sensación de que algo me obligaba a quedarme “conversando” con la mayoría de los poemas allí asentados. Entonces, surgió la idea de escribir sobre ellos. Una conclusión rasante: pretender escribir sobre la o las posibles significaciones de un poema no es una tarea menor. Luego vino la labor de la lectura acuciosa, me refiero a tomarlos uno por uno, verso por  verso, estrofa por estrofa, relacionar y correlacionar.

Sé que falta, debiera venir, un sustento social, histórico y lo correlativo a la ubicación de los poemas leídos en el marco de nuestra poesía de finales del siglo XX y los primeros años del XXI…

El universo poético de Gutiérrez Plaza incluye al amor, a la muerte, a la tristeza y la soledad, a las reminiscencias infantiles, a sus hijos, al tiempo, al poema y su escritura pero, especialmente, a los objetos de la cotidianidad que lo rodean, donde resaltan: la casa, las  ventanas, los zapatos, las llaves, las cerraduras.

El abordaje de estos objetos se nos muestra muchas veces humanizado. Humanización que es mirada profunda, hurgamiento, dentro de la vivencia personal y subjetiva del poeta, y, aunque la “claridad” de los poemas pudiera hacernos pensar en cierta naturaleza objetiva de los mismos en cuanto a su construcción, creemos que hay una amalgama, no homogénea entre objetividad y subjetividad en la poética de Gutiérrez Plaza.

El poeta y crítico literario, Miguel Marcotrigiano asevera que la poesía de Gutiérrez Plaza: 

está fundada en la inteligencia, instrumento esencial para la búsqueda del por qué de las cosas. Esas       cosas que no por nimias, banales, cotidianas, dejan de ser preciada naturaleza de nuestro ser, de nuestra condición de seres humanos movidos y conmovidos por la belleza, por el arte (Marcotrigiano, 130).

Sin duda, apoyamos la anterior  afirmación de Marcotrigiano.

En cualquier caso, ese detenerse que hace Gutiérrez sobre los objetos citados pareciera sacarlos de su natural presencia (usualmente olvidados entre tanta  cotidianidad), es decir, nos hace recordar que están allí, que integran la realidad, es como hacer visible lo “visible que ha sufrido los efectos de lo naturalizado”, y por ello pasado por alto con frecuencia.   

En una primera mirada, pareciera que se trata de una “poesía sencilla”, plagada de transparencia pero, más temprano que tarde, nos percatamos que bajo ese manto de aparente sencillez y claridad, la poética de Gutiérrez Plaza, nos confronta con ciertos tintes enigmáticos que obligan a una reflexión. Así, combina claridad con matices laberínticos que, afortunadamente no nos dejan mudas, que no nos sumerge en ese tipo de poesía donde el enigma es el rasgo predominante como si más que de poemas, se tratara de una suerte de acertijo.  

Posiblemente el mismo poeta defina a su poesía como “objetiva”. No lo sabemos. Pensamos en ello siguiendo el poema “Poeta de ojos encantados” (128) dedicado a la memoria del poeta de Elena y sus elementos (1951), Juan Sánchez Peláez (1922-2003). Allí, dentro del escenario de la víspera de la muerte de Sánchez Peláez, escribe Gutiérrez Plaza, “Juan sabe que va a morir…/Juan lee sin distraerse/ en lo que vendrá”/, el yo lírico del poema añade “[a Juan] No le gusta la poesía objetiva”. Tal vez, Gutiérrez P. se refiera a su propia poesía.

Cabe mencionar que el reconocido poeta, Eugenio Montejo (1938- 2008) escribió sobre la poesía de Gutiérrez Plaza a partir de los nexos que su poesía mantuvo con la poesía surrealista de Sánchez Peláez:

No obstante, en la observación acerca de la poesía  “objetiva”, incorporada a los versos que dedica a Sánchez Peláez, parece hacer un guiño mediante el cual el autor marca el terreno de su propia estética, más ceñida a cierto objetivismo, es decir, menos proclive a arropar sus palabras  “con el tacto de un animal nocturno”. Tal inclinación objetiva, que encuentra su centro privilegiado en la mirada, propende a registrar en el poema los datos de la existencia cotidiana, ya de forma directa, ya transfigurada en sus versos (Cifras de poemas futuros, citado en Iris, párr. 5).

Cabría pensar más sobre qué es la “poesía objetiva” y como contrapartida qué es la “poesía subjetiva”, preguntas que dejamos abiertas.

Para finalizar, debemos decir que la poesía de Arturo Gutiérrez Plaza, no es una poesía que se lee y se olvida. Sus poemas quedan como una luz encendida (estímulo de reflexión, de pensamiento) en la oscuridad.


Textos citados

Gutiérrez Plaza, A. (2006). Pasado en limpio. Caracas: Editorial Equinoccio.

Iris, M. “Hacer poemas para revelar poesía: Acercamiento a la poética de Arturo Gutiérrez Plaza”. Agulha Hispânica Revista de cultura 02. [en línea] Disponible en: http://www.jornaldepoesia.jor.br/BHAH02plaza.htm. [2013, 3 de mayo].

Marcotrigiano, M. (2007). "Los premios internacionales de poesía: algunos casos a considerar acerca de la poesía venezolana de los noventa" . Revista Nuestra América. No. 4. págs. 125-135.