“…dando fe de que la belleza del verbo humano, al unirse con la verdad, es inapelable” (50).
Leo Al Norte la montaña, al Sur el lago, al Oeste el camino, al Este el río (2003) del escritor húngaro Laszló Krasznahorkai (1954), premio Nobel de literatura 2025.
Es una novela corta,
plagada de un lenguaje hermoso y de historias profundas.
Trata sobre un hombre,
el nieto del príncipe Genji, que viaja en tren (por la línea de Keihan) hacia
el sureste de Kioto.
El hombre empieza a
caminar en sentido ascendente. El paisaje es laberíntico, plagado de soledad.
Describe un pueblo donde no encuentra a nadie. Sigue ascendiendo, describe la
naturaleza con minuciosidad, hasta llegar a un monasterio budista. Tampoco ve a
nadie y comienza a orar.
El no encontrar a nadie
lo perturba, sin embargo, sigue caminando. Ve a un perro lastimado, casi
moribundo, que sube por un camino tortuoso hasta llegar a los pies de un árbol
llamado ginkgo (se trata de un árbol antiguo y único y se le considera un fósil
viviente) donde exhala su último suspiro.
El hombre empieza a
describir el monasterio. Sus pagodas, patios, budas. Parece algo
desestructurado pero no es así. Uno se puede guiar. Al igual que lo describe,
empieza a narrar acerca de los pormenores de cómo se construye, construcción
que puede llevar años, incluso, décadas.
Dicha construcción
implica un gran conocimiento de los árboles cipreses que se encuentran en la
ciudad de Yoshino. Los cipreses son llamados hinokis. La elección de los
árboles debe ser en una zona que debe tener al norte una montaña, al sur un
lago, al este un río y al oeste un camino y la ubicación de los árboles es muy
importante porque ello va a determinar qué función tendrán dentro de la
construcción.
El cuidado en la
escogencia de los árboles era vital, no sólo por la durabilidad que debían
tener sino porque la tala de un árbol debe estar plenamente justificada “…que
la tala no significaría derrochar la vida del árbol sino darle belleza,…“ (46).
También se habla de la
construcción de las imágenes que habitarán el monasterio: budas, los
Bodisatvas, los santos protectores budistas que se hacían casi en secreto,
incluso, mucho antes de la construcción del monasterio.
En su travesía por el
monasterio, hay un momento en que el nieto del príncipe Genji, que parecía un
hombre extremadamente sensible, específicamente, tenía una “sensibilidad excepcional”
(99), pierde el conocimiento, luego se restablece aunque queda mareado y con
poco equilibrio. Sigue sin encontrar a nadie. Para él era fundamental ver a
alguna persona o tomar un vaso de agua, situaciones que restablecían su calma. Al
retomar su camino pasa por una zona hecha de piedras que le pareció
intrascendente.
Nos enteramos que el
nieto del príncipe buscaba lo que consideraba el jardín más hermoso del mundo
cuya descripción e imagen había visto en el libro titulado Cien
hermosos jardines que cayó en sus manos por casualidad “…un jardín
pequeñísimo, señalaba la descripción original, situado en una parte
abandonada de un gran monasterio, en una
zona carente de interés, no visitada, ni recorrida por nadie, pero allí estaba, señalaba enfáticamente
el escritor, y quien lo encontrara…se enteraría por su propia experiencia de que el jardín era el perfeccionamiento supremo de la idea
del jardín, que la mejor forma de definirlo era afirmar que su creador había
alcanzado la simplicidad, al tratarse de un jardín…que expresaba lo
infinitamente simple mediante fuerzas
infinitamente complejas,…” (71).
Sigue andando y llega
al lugar donde vivía el superior de la orden. Para su sorpresa, encuentra su
estancia en un estado de completo desorden e incluso una botella con restos de
whisky. Sobre la cama ve un libro titulado El
infinito: error, escrito por Sir Wilford Stanley Gilmore; más adelante
llaman al libro Ajuste de cuentas con el
infinito.
El nieto del príncipe…se pone a ojear el
libro. El libro plantea que no existe el infinito “porque la realidad es
finita…sólo podemos construir el infinito mediante agudas abstracciones” (88).
Así, Stanley Gilmore, critica duramente al matemático ruso, nacionalizado
alemán, Georg Cantor (1845-1918) que inventó la teoría de los conjuntos, base
de las matemáticas modernas.
La teoría de conjuntos
estudia las colecciones de objetos, revolucionando el concepto del infinito al
demostrar que existen infinitos de distintos tamaños.
En el ínterin de la
novela, el hombre es buscado por unos guardaespaldas que estaban borrachos y
que no logran encontrarlo y se regresan a su lugar de origen.
También se habla de los
libros de bambú, de tablillas, de los libros de seda y en general de la
creación del papel y de su permanencia en el tiempo. Esta parte me hizo
recordar el ensayo El infinito en un
junco (2019) de la filóloga y escritora española, Irene Vallejo (1979).
No queda claro si el
nieto del príncipe Genji llega a encontrar el jardín que se encontraba ubicado en
la estructura de piedra por la que había pasado antes sin detenerse pues no
había llamado su atención. La descripción del mismo pasa por una especie de
tratado de las coincidencias, del por qué y cómo suceden las cosas. La
descripción del jardín es hermosa. Al final, el nieto del príncipe regresa a la
estación para devolverse a Kioto.
Me queda la sensación
que el nieto del príncipe Genji ha vivido un sueño.
Hermosa novela de Krasznahorkai.
Escrito y publicado por Libia Kancev D.
Caracas, 27 de agosto
de 2026.













