sábado, 17 de septiembre de 2011

PARADISO (1) EXTRAORDINARIA

José Lezama Lima
               
Hablar y escribir de una novela como Paradiso (1.967) del escritor José Lezama Lima es todo un reto. Incluso su clasificación como novela ha sido puesta en duda. hasta por el propio escritor. Para Lezama su novela se resiste a las definiciones. Es muy probable que influya en ello lo dilatado de su composición, pues los primeros capítulos comenzaron a redactarse en la década de los cuarenta y el último se concluyó pocos días antes de mandarlo a la imprenta, es decir, casi veinte años.


Leer y entender Paradiso no es nada sencillo.A mi me pasó que al poco tiempo de haber iniciado su lectura, me quedaba pensando y repensando qué era lo que el autor quería decía. Por otra parte, el uso intenso de símiles y metáforas, más las menciones de otros autores  en áreas muy diversas: arte, religión, mitología, filosofía, obligaban a una continua búsqueda que me llevaban a un ir atrás para luego avanzar.


El ejemplar de Paradiso que leí -bastante maltrecho- lo adquirí en el librero de viejo que está debajo del elevado de la avenida Vollmer, editado por Ediciones de la Flor, año 1.976, Argentina.


Paradiso (hispanizado Paraíso) está considerada como la obra cumbre de Lezama, quien fue esencialmente poeta y ensayista. Creador de lo que él llamó un Sistema Poético, el cual no sólo requiere de la poesía, si no del procedimiento narrativo para su expresión última. En Apuntes para una conferencia sobre Paradiso (no hay noticias de que se efectuara realmente), Lezama asegura: 1.- Paralelo al Sistema Poético comenzaron a surgir los capítulos del Paradiso. Era como su ilustración, su iluminación. Los personajes comenzaban a relacionarse como metáforas y las situaciones se comportaban como imágenes: 2.- La poesía y la novela tenían para mí la misma raíz. El mundo se relacionaba y resistía como un inmenso poema; 3.- Una frase mía que he repetido: "Cuando estoy oscuro, escribo poesía; cuando estoy claro, escribo prosa". Esa aparente dicotomía vino a resolverse en forma unitiva en mi novela.


Hoy, la idea es hacer un resumen de Paradiso  pero, con certeza, la novela da para un análisis detallado de muchos aspectos de la misma. 


Nada más para empezar, el título puede referirse a la tercera parte de la Divina Comedia de Dante Alighieri; puede referirse a una sala de conciertos en Amsterdam pero, a decir del propio Lezama  "...en realidad es el Paradiso -como se le decía en la Edad Media."


En el primer capítulo de Paradiso se narra un episodio donde José Cemí, que a la sazón tiene cinco años, está aquejado de una crisis asmática y una fea erupción, acompañada de ronchas en todo el cuerpo. Cemí era cuidado por la sirvienta Baldovina quien, muy preocupada por el niño busca la ayuda  de otra semiservienta llamada Truni (casada con un soldado gallego llamado Zoar). Éstos le hacen una especie de conjuro que logra que el niño mejore.


Los padres de Cemí eran el Coronel (ingeniero, de padre vasco y madre inglesa) José Eugenio Cemí y Rialta Olaya. Ellos habían asistido a una fiesta y cuando regresaron ya el niño había mejorado. Además de Cemí, la pareja tenía otra hija de siete años llamada Violante.


También se menciona a Doña Augusta, madre de Rialta, vale decir que Doña Augusta era una mujer de carácter, inteligente, con don de mando y con el don de la palabra (influencia importante sobre su nieto Cemí) y al cocinero José Izquierdo que cocinaba muy bien pero era bebedor y se endeudaba con facilidad. En una ocasión tiene una pelea con Rialta y es despedido y luego recontratado pues no encontraron a un cocinero mejor. Este capítulo se desarrolla en una casa situada dentro de un Fuerte Militar, en Cuba, donde el Coronel ostentaba la máxima jerarquía.


El capítulo dos se inicia cuando ya José Cemí tiene diez años y, un día, después de salir de la escuela, anda cerca del paredón derruido del Fuerte. Empieza aquí la narración con otros personajes que vivían alrededor de la casa mayor: Mamita, procedente de la provincia de Sanct Spíritus (en el centro sur de Cuba), anciana ya. Sentía una auténtica devoción por el Coronel. Había llegado al Fuerte para ser conserje de la escuela por recomendación del coronel Méndez Miranda, pariente del coronel Cemí.


Mamita había criado a Trinidad (Truni), a Vivino (Vivo) y a Tranquilino (Tránquilo). Truni servía en la casa del Coronel; Tránquilo (20 años), domaba potros con maestría, era soldado y más que todo utilizado en labores domésticas en la casa del capitán Frunce Viole. Éste tenía una hermana solterona (40 años) llamada Luba quien trataba de seducirlo. Un día, el capitán los encontró en un enredo por una caída. Luba se fue y Tránquilo fue sermoneado. De pronto, Lezama hace un avance del tiempo (no será el único) y nos habla de la muerte de Tránquilo, debido a una enfermedad adquirida por su contacto con los caballos, mal llamada tuberculosis florida. Su muerte sucede en París. Vivo, el menor, era bastante holgazán. Un día desapareció (creían que había desertado) pero, al parecer, sólo había sido enviado en misión secreta a México.


Lezama menciona a otros personajes: Sofía Kuller (viuda, austriáca), que no trataba a nadie. Al hijo de ésta, Adalberto que era caricaturista de cafetines. Adalberto y Vivo eran amigos, aunque la madre de Adalberto recelaba de esa amistad: Martincillo: era flautista (le decían plautista o La monja o La margarita tibetana): muy delgado, alto y, al parecer, homosexual.


En el año de 1.917 (finales de la Primera Guerra Mundial), el Coronel es destinado en misión a Kingston (Jamaica). Se va con su esposa, sus hijos, Baldovina y con un médico civil cubano danés llamado Selmo Copek. Se sucede un relato entre el médico y un policía de tránsito jamaiquino muy risible. Luego, el Coronel va a México (prescinde del médico). "En México se sintió extraño y removido...el mexicano volvía a tener la antigua concepción del mundo griego. el infierno estaba en el centro de la tierra y la voz de los muertos, tendía a expresarse y ascender por las grietas de la tierra." Allí conoce a un diplomático mexicano que llevaba un reloj de oro con un gran diamante. En Cuernavaca, se topó con  un indigente ciego en una iglesia. El indigente decía: Por amor de Dios, Por amor de Dios. El Coronel tiene un sueño con ambos. Luego va a Taxco para cumplir órdenes secretas. Siempre con su familia. Se encuentra a Vivo disfrazado con una máscara de coyote (¿posiblemente en funciones de espía?).


Hasta ahora, puedo decir que me impresiona el notable uso de metáforas y de descripciones cuya representación en imágenes en nuestra mente es indetenible. La maestría de Lezama.


El tercer capítulo trata sobre la familia Olaya que vivía en Jacksonville. Era el año de 1.894, año para el cual, Rialta (la futura madre de José Cemí) tenía diez años. Era una niña que se montaba en los árboles de nueces. La familia estaba formada por la madre Augusta, (la madre de ésta se llamaba Doña Carmen Alate, llamada abuela Cambita) el padre Andrés Olaya y los hermanos de Rialta. Andrés, el mayor, aprendía a tocar el violín y fumaba; Alberto, y Leticia. Había una señora llamada Florita Squabs, casada con un organista llamado Frederich Squabs (procedían de Carolina del Norte) y tenían una hija de 11 años llamada Flery. La familia Squabs era protestante. La Señora Florita le chismeaba a la Sra. Augusta cuando veía a Rialta montarse en el árbol de nueces, aludiendo preocupación por su seguridad.  Se cuenta la historia del Sr. Andrés quien de joven pasó mucho trabajo (quedó huérfano de padre) pero era un hombre emprendedor (su madre estaba viva y se llamaba Dona Mela). De joven el Sr. Andrés trabajó como secretario de una pareja (ya mayores) bastante adinerada. Esa pareja era: Elpidio Michelena y Juana Baglalló (no habían tenido descendencia) Éstos lo trataban muy bien y el Sr. Andrés fue ascendiendo económicamente hasta que decidió marcharse con su familia a Jacksonville. Por cierto, se cuenta en este capítulo una historia de adulterio del señor Elpidio relacionada con su deseo de fertilidad. En Jacksonville, Andresito, después de ser invitado por Don Belarmino, a tocar el violín en una fiesta que organizaban para los emigrados, tuvo un accidente y murió. El mismo día de esa fiesta, Flery, la hija de los Squabs cumplía doce años y la Sra. Florita buscaba al mecánico que le iluminaría el jardín. El mecánico se había ido de pesca y el Sr. Squabs se le ocurrió buscar a Carlitos que era el ayudante del mecánico. Carlitos estaba trabajando en la instalación de los ascensores de la fiesta de emigrados y al ser sacado por el Sr. Squabs para arreglar el jardín de su casa, no arregló bien el ascensor que ocasionó el accidente y muerte de Andresito Olaya. (ese día tocó a Tchakowsky) También se cuenta que Flery Squabs fue raptada por  Carlitos cuando ella tenía 15 años y  él 21 y más nunca se supo de ellos. El Sr. Squabs se volvió loco a raíz de esto.

Posterior a la muerte del hijo mayor de  los Olaya, éstos regresaron a La Habana y casualmente eran vecinos de los Cemí, dando comienzo aquí al capítulo cuatro. Se habla sobre los hermanos Cemí. El varón: José Eugenio Cemí (futuro Coronel) y sus tres hermanas de entre diez y quince años. Ellos estaban siendo criados por su abuela materna, Doña Munda (mujer de carácter y honesta)  Ésta abuela era además la tutora de los bienes de los nietos, los cuales tenían en herencia una Central azucarera. Doña Munda tenía un hijo llamado Luis Ruda (30 años) que no trabajaba, era amante de la ópera y vivía de la renta de sus sobrinos. José Eugenio estaba pendiente de la administración de sus bienes y tenía divergencias con su tío Luis. La Abuela Munda, le contó en una ocasión sobre su padre vasco y sobre su madre Eloisa. Le dice que su madre (muy delicada de salud) tenía 17 años cuando se casó con su padre (37 años), que ella murió de "tifus negro" por la insistencia de su padre en trasladarse a vivir donde estaba la Central. Poco tiempo después el padre murió, no pudiendo soportar la pérdida de la esposa: "...-Dios no me debía haber hecho ésto, ha sido injusticia de Dios"  


Al poco tiempo,  José Eugenio comienza a  asistir al colegio y se hace amigo de Alberto Olaya. Doña Munda decide enviar a su hijo Luis a Veracruz a trabajar. Por cierto, Doña Munda le decía a Luis que él había sido un accidente.

Comienza la escuela para José Eugenio. Desde el primer día se habla de un muchacho maluco llamado Fibo que puyaba a sus compañeros en los glúteos con un lapicero. También se habla de un joven llamado Ernesto Alate que presumía de riqueza. El director del colegio se llamaba Jordi Cuevarolliot, quien se encargaba de cortar el pan a la hora del almuerzo y a alumno que veía distraído le lanzaba un pan completo. Se narran las experiencias en la escuela después de los ejercicios deportivos donde los jóvenes debían bañarse poniéndose la toalla alrededor de la cintura. Lezama hace mención a una narración de Las Mil y Una Noches, en la cual un joven relata que su padre había sido El Rey de las Islas Negras durante  setenta años ( Mahmud) y que luego él fue nombrado sultán y se había casado con la hija de su tío. La joven no lo quería sino que estaba enamorada de un negro con unas características físicas muy grotescas. Cuando el joven lo descubrió intentó matar al negro pero éste realmente no murió y fue llevado por la esposa del joven a su palacio. Cuando la joven se enteró de que había sido su esposo el que le hizo daño al negro le hizo un conjuro, convirtiendo su cuerpo en mármol de la cintura para abajo.

Un poco antes, en este capítulo, Lezama compara al director Jordi Cuevarollit con un cuadro de Charles de Saulier, pintado por Hans Holbein (creo que el joven). Pintor alemán, nacido en 1.497(¿) y fallecido en Londres en 1543 (maestro del retrato durante la época del Renacimiento).

En el capítulo cinco, Fibo y José Eugenio hablan de los pinchazos que el primero le propinó a algunos de sus compañeros y José le pregunta que por qué no se metió con él y con Alberto Olaya. Fibo le dice que Alberto le parece como alguien superior, que quisiera que esté metido en problemas y él poder ayudarlo como para que quede así una especie de agradecimiento. Fibo también le comenta a José Eugenio que iba a casa de Enrique Aredo y que allí lo trataban muy bien y que, incluso, le habían ofrecido regalarle un cachorro de una galga rusa que tenían. Estando en clase, Alberto hizo una pregunta sobre una traducción de una frase en inglés Thinking songs of things lo que provocó una gran risotada en el salón. El director escuchó y castigó a Alberto debiéndose quedar éste encerrado en el baño. Luego Alberto se escapó. Pasó por una especie de parque de diversiones donde vio a una joven de 16 años, hermosa, que tenía una flor de pitahaya (pitahaya, pitaya o fruta del dragón: rica en hierro, calcio y fósforo. Contiene vitaminas B, E y C).  


También estaba un viejo mecánico que le arrebató la flor a la joven y se la puso en su oreja. La joven intentó recuperarla pero no pudo. Alberto se acercó a ella y le dio su bolígrafo de varios colores. Más tarde, Alberto entró al cine y al poco vio al mecánico quien le tocó sus genitales y Alberto le dio un golpe y salió del cine. Luego fue a un bar, después se volvió a encontrar con la joven y se fueron juntos. Al parecer hicieron el amor y fue la primera noche que Alberto  pasó fuera de su casa.

El Director fue a casa de  los Olaya para hablar con Don Andrés pero Doña Augusta le impidió el paso. Le dijo que Don Andrés estaba enfermo (tenía diabetes) y que no podía agarrar rabias. El Director se puso furioso pues Doña Augusta ni siquiera le invitó a entrar a la casa. Doña Augusta recordó que había tenido un hermano, llamado Federico a quien su padre  lo dio en castigo a un capitán de gran fragata (cuando tenía 15 años) por mal comportamiento y que seguramente Alberto lo había heredado de éste tío abuelo.

Un día Alberto invitó a José Eugenio a un baile donde había ido Rialta y Alberto quería ir a verla para luego burlarse. José Eugenio pensó pedir permiso a Doña Munda pero no lo hizo y se fue con Alberto. Allí José Eugenio vio a Rialta y se quedó fascinado con ella. A ese baile fue el presidente de Cuba, llamado Tomás. (Debe referirse a Tomás Estrada Palma quien fue presidente democrático por elecciones, de 1902 a 1906. Ya antes lo había sido: 1.876-1.877) Éste saludó a Rialta diciéndole que se acordaba perfectamente de ella y recordó la muerte de Andresito y el hecho que estuviera enterrado en Jacksonville. Luego, Alberto y José Eugenio se fueron. Esa misma noche Rialta le preguntó a Alberto por José E. y éste, haciéndose de rogar le dijo que era más indeciso que tímido, que le encantaban las matemáticas. Que era hijo de vasco y su madre descendiente de ingleses.

Esa misma noche sucedió un incidente en casa de los Olaya. Una tal Carmen sufrió un intento de asesinato por parte de su novio, el Dr. Zunhill (afortunadamente su arma estaba descargada). El Dr. Zunhill había matado horas antes a su ordenanza (¿crisis psicótica?) y había escapado. Fue agarrado por varios soldados. 

Doña Munda fue con José Eugenio y sus tres hermanas a casa de los Olaya a prestar su apoyo como vecinos. Fueron bien recibidos. Don Andrés invitó a José Eugenio a que fuera a su casa a estudiar por las noches con Alberto: “Venga a estudiar con Albertico por la noche…Después Rialta toca el piano y nos traen chocolate. Matemática, música y chocolate, excelentes divinidades para su edad”. En la conversa también participó Doña Mela quien, como sabemos era asmática. Dice que Doña Munda le dijo que el asma se curaba con un caballito de mar y que ésta le iba a regalar uno y que ella lo pondría junto con la Virgen de la Caridad que tenía en una cadenita y que así se curaría.

Aquí se entrelazó la unión de la familia Olaya y Cemí. “Se fueron dando las manos, rubricando con una sonrisa, donde el ceremonial no acababa de imponerse a la ternura cariñosa”. Cuando los Cemí regresaron a su casa, Doña Munda encontró una carta de su hijo Luis, que procedía desde Veracruz.

El capítulo seis comienza hablando de Doña Mela. De sus 94 años y de sus confusiones con el tiempo. Tiene un sueño y levanta a su hijo Andrés y éste le dice que se acueste, que se chupe sus naranjas con crémor y se frote manteca de majá caliente en el pecho, hasta que llegaran del Norte unas píldoras para el tratamiento del asma. Doña Mela había tenido cinco hijos (entre ellos Don Andrés Ollaya). Ella había sido colaboradora (guardando armas en el gallinero de su casa) en una insurrección en Cuba. Su casa había sido revisada pero no encontraron las armas. Al día siguiente de ésto, los insurrectos que operaban en Cojimar y Tapaste recibieron los 300 rifles guardados por Doña Mela.

Luego, se relata la primera vez que José Eugenio fue a cenar a la casa de los Ollaya. Doña Mela intuía su interés por su nieta Rialta y se puso impertinente, haciendo alusiones negativas hacia los españoles, en especial hacia el separatismo vasco. Le insistió a Don Andrés y a Rialta para que cantaran una canción guerrera contra los españoles. Ellos se negaron y  lo hizo ella. José Eugenio supo sortear muy bien la situación y dijo: “…hay algo en esas evocaciones que me trae la pinta de mi madre. Su fineza, la familia toda dedicada a producir el fino espesor de la miel, la querendona hoja del tabaco, las hacia vivir como hechizadas. Sus obsesiones por la estrella, la ternura retadora, el convidante estoicismo, van por esa misma dirección. Me acuerdo cuando el Coronel Méndez Miranda, primo de mi madre, visitaba el Resolución, mi padre se alejaba, como quien respeta una fuerza extraña, se le esfumaba la adecuación. Pero aquella fineza necesitaba como pisapapeles el taurobolio invisible, resistente de mi padre. Él buscaba a los Méndez, todos ellos pinareños finos…”  A pesar de esto, Doña Mela se molestó y se retiró de la mesa.

José Eugenio se graduó de ingeniero (su tesis de grado se tituló Triangulación de Matanzas) y de cadete, siendo el número uno. José Eugenio llegó a ese puesto por sus propios esfuerzos. Detestaba la palabra recomendación.  Se iba a casar con Rialta y Doña Munda estaba feliz. El tío Luis vino para el casamiento de su sobrino. El vestido de Rialta fue confeccionado por Madame Casilda (era de estilo inglés y francés). Fue ayudada por la mestiza Victoria que era la costurera para la ropa de diario. A Rialta le quedaron pequeños las botas de charol golondrina y paño de Glasgow y fue Victoria quien ayudó a hacerlas más grandes. En ésta escena, Lezama crea una metáfora entre Victoria y Eleonora Duse  (1.858- 1.924. Considerada la más célebre actriz de teatro italiana de finales del siglo XIX  e inicios del XX. Fue llamada La Divina. Interpretó a Henrik Ibsen, a Shakespeare, a Dumas.). A última hora, Rialta no encontraba el broche de las botas. Lo tenía su amiga más cercana llamada Paulita Nurias. El padrino de la boda fue el Coronel Méndez Miranda (Don Andrés Olaya había fallecido.Tenía 44 años). La boda se celebró en la Iglesia de Monserrate y tuvieron las felicitaciones de muchísimas personas que, en especial tenían en buena estima a José Eugenio.  


Dice Lezama, cuando salen de la iglesia: “Comenzaba un extenso trenzado laberíntico, del cual durante cincuenta años, ella sería (Rialta) el centro, la justificación y la fertilidad.”

Se habla también aquí del hermano menor de Doña Augusta, llamado Demetrio (que, al parecer era pobre) y a quien José Eugenio llamaba cariñosamente Guasa Bimba.

Un día van dos reclusos con un custodio con órdenes de cortar los árboles de anones y fresas. Rialta se opone pero van al día siguiente y lo hacen. La siguiente escena se trata de un día en que José Eugenio sale con José (5 años) a dar un paseo en canoa. Los acompaña el hijo del Capitán  Rigal, Néstor Rigal (rubio y pecoso) que tenía 6 años. José Eugenio quiere que José aprenda a nadar y lo hace dejándolo sumergirse sólo, José casi se ahoga y José Eugenio pasó un gran susto. José era un niño muy obediente y nervioso)  Otro día el Coronel va a inaugurar las obras del Castillo del Morro que él mismo había reconstruido como ingeniero. Fue con sus dos hijos. Se menciona que el Coronel tenía debilidad por su hija Violante. Quiso que ella demostrara ante todos su habilidad para nadar y compensar en algo las deficiencias bronquiales de su hijo. Violante casi se ahoga. El Coronel no le contó nada a su esposa. Tanto el Coronel como Rialta estaban muy mortificados por el asma de José. El tratamiento incluía jarabe de tolú y brea. Yoduros (que le producía daño en los dientes y afectaba su crecimiento. Rialta comenta que un médico francés le recomendó darle un puñado de sal. Otro tratamiento era la frioterapia que se la aplicaba José Eugenio pues Rialta no tenía corazón para sumergir a su hijo en una bañera con agua y pedazos de hielo. Luego, lo frotaban con alcohol. 


En la zona donde vivían había mucho bandolerismo y comisionaron al Coronel para combatirlo y tuvo éxito. Para esto, el Coronel tuvo que ausentarse. Era la primera vez que dejaba sola a su esposa e hijos. Rialta tuvo un tifus bastante severo y Doña Augusta fue a cuidarla. Doña Augusta era aficionada a leer el periódico y a comprar billetes de lotería. Durante esa estancia en casa de su hija un día se apareció con un cofre alemán, muy ornamentado de relieves barrocos. Dijo que procedía de un pueblo alemán dedicado exclusivamente a la fabricación de dichos cobres; otro día les trajo una mayólica (loza común con esmalte, fabricada por los españoles árabes e introducida en Italia) que representaba una limosnera argelina, a su lado su hija con un alegre pandero bailaba y rogaba su cuota (supuestamente representaba el estilo estoico de la familia); otro día adquirió algo de rango mitológico grecolatino, pasado por el rococó de Luis XV (1.730-1.770). Se trataba de un amorcillo sentado sobre las piernas de una elegante señora (estilo Quentín La Tour (retratista rococó francés 1.704-1.788). También Doña Augusta (hija de padre sevillano) era toda una artista en proverbios, aforismos y refranes, entre ellos “la caca del huérfano hiede más”. Ese refrán le había ayudado en algo a su nieto para entender un poema de José Martí:

"En el bote iba remando 
Por el lago seductor, 
Con el sol que era oro puro 
Y en el alma más de un sol.

Y a mis pies vi de repente, 
Ofendido del hedor,
Un pez muerto, un pez hediondo 
En el bote remador"

José Cemí tenía sueños: soñaba con elfos y con su madre; luego soñó con muertos evaporándose a raíz de haber oído una historia que Doña Augusta le contó a Rialta sobre la exhumación del cadáver de su padre (había sido jefe de policía en Matanzas (ubicada al este de La Habana) veinte años después de su muerte: otro día soñó con Violante ahogándose. Entretanto, Rialta mejoró del tifus y Doña Augusta fue con José a la Iglesia de la Merced para dar gracias. Aquí José menciona la buena relación que su abuela tenía con los mendigos y pordioseros y menciona la singular sonrisa que tiene su abuela y que también tenía su madre y que para él se transforma en símbolo de serenidad y confianza.

Como dijimos antes, José Cemí era muy nervioso. Dormía con Baldovina y ésta le contaba todo tipo de cuentos: sobre unos huevos de perdiz; otro sobre un campesino que tenía unas mulas supergrandes. Su padre trataba de disiparle sus miedos y un día, escondido detrás de él le cantó esta estrofa:

”Cuando nosotros estábamos vivos,
Andábamos por ese camino,
Y ahora que estamos muertos,
Andamos por este otro.
Tilín, tilán,
Míralo detrás del Bolán”

“Aunque José Cemí reconocía de inmediato la voz de su padre, le asustaba ese disfraz de muerto. Le aterrorizaba que su padre jugara una burla donde él era el muerto.”


Luego se narra cuando José Eugenio estuvo con su familia en Kingston (Jamaica), luego en México. Ahora lo enviaban a Pensacola para unas prácticas de artillería. Sus vecinos eran de apellido Ginsley. Tenían dos hijos:Grace (16 años) y Thomas (de 14). Inmediatamente comenzaron a tratarse pero la relación entre ellos era ambivalente. Thomas se molestaba si José pasaba tiempo con su hermana e incluso se dieron unos golpes por esto.

Al Coronel  y a sus hombres les fue excelente en las prácticas de artillería venciendo a los americanos. José Eugenio reflexionaba sobre su familia cercana (su esposa y sus hijos) y sobre su familia lejana, que era hechizada, sobrenatural. Luego, hubo una epidemia de influenza en el Fuerte. José Eugenio murió. Tenía 33 años. En la mañana de ese día conoció a un cubano quien le dijo que había sido muy amigo de Alberto Olaya. Casualmente este hombre fue el único que estuvo presente en la muerte del Coronel (se llamaba Oppiano Licario). El Coronel le pidió que orientara a su hijo en la vida. Poco antes de morir José Eugenio le había dicho a su ordenanza que le dijera a Rialta que viniera a hablar con él pero el ordenanza no lo hizo. Rialta estaba en su tercer embarazo y no quiso provocarle angustias. Por otra parte, el ordenanza jamás pensó que su Coronel moriría: “Cuando salgas, ve y tráeme a Rialta, pues quisiera hablar con ella por última vez. No sé si lo podrá resistir, pero así como mi destino es morirme, el de ella está en ser testigo de mi muerte. Y siempre creo que cada uno debe estar a la altura de su destino. Tráeme a Rialta…”

En el capítulo siete, se cuenta que Rialta (con sus tres hijos: había nacido su tercera hija: Eloisa) se fue a vivir a la Casa del Prado (después de la muerte del Coronel) con su madre. Alberto (ya tenía 50 años) iba cada cierto tiempo –formando escándalos- a buscar dinero allí. Se relata una escena donde Alberto va y Rialta y Baldovina se esconden. Todavía Rialta estaba muy sensible ante la muerte de José Eugenio. Doña Augusta sale a enfrentar a Alberto y le dice:  “-Ya sé a qué vienes…te pasas meses sin venir a ver a tú familia, y cuando reapareces es para pedir dinero, te lo gastas en el Jai-alai, y cuando el granero está vacío, vuelves para llenarlo de nuevo…Nunca has traído un centavo a la casa y ahora que Rialta vuelve a vivir con nosotros, después de la muerte del Coronel, ayudándonos a levantar la casa, que tú nada más que hiciste dañar y empobrecer, vienes a mortificarnos.” Doña Augusta le da dinero y Alberto se va apenado. Mientras tanto los hijos de Rialta juegan yaqui, luego ella se les une y Rialta cree ver al Coronel en el medio del círculo que forman los cuatro mientras juegan. Rialta se pone a llorar.

Luego llega Demetrio (odontólogo) a casa de Doña Augusta . Demetrio era solterón y mientras estuvo en La Isla de Los Pinos (Isla de la Juventud, ubicada al suroeste de Cuba) conoció a una mujer llamada Blanquita que para la fecha trabajaba en el billar de la isla. Él le contaba de su fracaso y ella le auguró cosas buenas que se cumplieron por un tiempo. Demetrio  le dice a Augusta que Leticia y Santurce (era médico y esposo de Leticia. Tenían dos hijos) vienen de sorpresa. Ellos habían vivido en La Isla de Pinos, donde Demetrio también había trabajado por un tiempo y conocía bien a Santurce. Demetrio trató de crear una buena atmosfera familiar pues intuía que había habido algún problema en casa. Al rato llega Alberto. Tanto Doña Augusta como sus hermanas de alguna u otra manera justifican a Alberto. Una de las hermanas del Coronel había estado enamorada de él. Demetrio, para entretener saca una carta que llevaba en su cartera que una vez le había mandado Alberto cuando él estaba en Isla de Pinos. Doña Augusta y Rialta se retiran así que José Cemí es quien esencialmente escucha la lectura de la carta. Demetrio le dice: “acércate más para que puedas oír bien la carta de tú tío Alberto, para que lo conozcas y le adivines la alegría que tiene. Por primera vez vas a oír el idioma hecho naturaleza, con todo su artificio de alusiones y cariñosas pedanterías.” Cemí  se siente como si él estaba destinado a oírla. La escucha de la carta hace que José sienta que su tío Alberto no es ningún demonio ni mucho menos: “La reacción primera de Cemí no estuvo acompañada de ningún signo visible. Los ojos no se le encandilaron, ni se echó hacia delante en la silla. Pero algo muy fundamental había sucedido y llegado hasta él. Se le borró, como si hubiese recibido un arponazo de claridad, el concepto familiar del demonismo de Alberto. Lo que había dejado en su carta al dentista, era de la misma muestra que la vibración que le comunicaba a su llegada, a su risotada, a su despedida, a su manera de hablar y escribir. Cuando penetraba en cualquier ámbito lo modifica desde su raíz. “

Leticia ( quien tenía, aparentemente, una personalidad histérica y no era feliz en su matrimonio) y su esposo llegan con sus dos hijos. Santurce se puso hablar de la exportación de la azúcar y Alberto se sintió fastidiado. Ambos juegan una partida de ajedrez donde gana Alberto. Leticia y Rialta tienen una pelea por un reclamo que le hace Leticia sobre una deuda de dinero. Rialta se va a su cuarto y llora. Doña Augusta le reclama a Leticia y le dice que se disculpe con Rialta. Cenaron todos. Doña Augusta exhibió un mantel heredado de su madre que fue el mismo que se puso en su casa la primera vez que Alberto Olaya fue a cenar a su casa. Los platos fueron: sopa de plátanos cuajada; souflé de camarones más un pescado llamado emperador; ensalada de remolacha con espárragos y mayonesa; pavo; de postre: crema helada a base de coco, piña y lecha condensada; luego café. No hubo vino. Doña Augusta sabía que los ánimos entre Santurce, Alberto y Demetrio se encendían fácilmente y prefirió evitar. Un rato después de la cena, Demetrio planteó retirarse con Alberto pero Santurce le dijo que se lo dejara, que quería hablar con él. Demetrio se retiró preocupado. Santurce y Alberto van a un café cercano. Santurce le dice a Alberto que Doña Augusta tiene cáncer del seno izquierdo y que hay que darle terapia (Doña Augusta tenía cerca de 80 años). Alberto se siente muy afectado. Lezama hace un planteamiento interesante sobre la relación madre e hijos solterones. Estando en el bar entra un mariachi mexicano cantando. Pelea con Alberto (Santurce se va). Viene la policía y se los llevan a ambos. El capitán de guardia recibió con orgullo a Alberto pues había sido alumno del Coronel y lo había apreciado sobre manera. Alberto llora ante el recuerdo de su cuñado. El capitán hace que un soldado lleve a Alberto a su  casa y casi llegando tienen un accidente. Alberto Olaya murió casi instantáneamente. Mucho antes de saberse la noticia, Rialta esperaba el sobre con el cheque  de la pensión que recibía y se lo enseña a José Cemí quien está presto a irse a la escuela.






Caracas, 16 de septiembre de 2011.

martes, 13 de septiembre de 2011

EL PASAJERO-FORASTERO

 
                                                                                Sombra reflejada. Charco Burial.
      
                                                 La vida no es un caballo para hacerla avanzar a latigazos
                                                                                                 L.K.
                                               “Para que un sombrero pudiera penetrar en mi   testa,
                                    decidieron cortarme las dos orejas.” Lezama Lima

                                          
                                     "Las acciones de los hombres son las mejores intérpretes
                                       de sus pensamientos." James Joyce

                                                                                                                    



El pasajero  se bajó.

Género insustancial, edad perdida tras un artilugio desconocido, relaciones dormidas en un limbo degenerado.

El espacio le era desconocido.

Su boleto había sido comprado inconsultamente. No se trataba de hacer reclamos pero la experiencia le había dejado un mal sabor. Recordaba una gran diversidad, tamaños, colores, circunstancias, claroscuros y miradas. La de un perro perdido parecido a un poodle,  de eso sí estaba seguro  pues hacía muchísimo había tenido uno que, en una noche ceremoniosa, de un supuesto contento abierto al futuro, frutas pequeñas, carnosas y moradas, una sustancia espumosa, contactos, fuegos dirigidos al cenit, se alejó de las miradas, el recorrido de espacios, la voz insistente que requería su presencia pero ya no, ya no lo había vuelto a ver. El mejor amigo era algo más grande, entre blanco y marrón, su pelo enredado y como si una tormenta de barro lo envolvió en  algún túnel secreto. Su mirada, sus ojos marrones claros que transmitían una angustia que desespera, desespera por no saber atenuar.

El paisaje era extraño. Una planicie inmensa con hierbas amarillentas y de una resequedad como papel barato. Luminosidad extendida, hiriente, minúsculas cenizas danzaban enloquecidas. Lo sabía porque el coro no le resultaba ajeno. Evocó un libro y una película, La Carretera de MacCarthy. Era pura ficción, explicaron los entendidos para evitar alegorías apocalípticas. El escritor que no escribidor ni abrió la boca, como siempre. Era un defensor, a ultranza, de la libertad de interpretación. La mentira, ese  no es que es pues ahora sus propios ojos lo contemplaban  no sólo como ex pasajero sino como testigo solitario sentado en primera fila.

Había dejado atrás lo que imaginaba era el infierno pero, de pronto, oleadas angustiosas como flashes iridiscentes, lo tomaban: “los niños”. Intentó decirse mis niños. Era infructuoso pero sabía que allí había un nudo doliente; “el amor”. Intentó decirse mi amor. Sintió un súbito dolor en la nuca. Un golpe seco, violento, inmerecido, a traición. Refulgió: “abismar”…ABISMAR, ABISMO, ABISMANTE, VACÍO, VACIEDAD, VACIADO…

El antiguo pasajero miró alrededor, levantó sus manos como quien intenta defenderse pero ya no podía. El golpe que le fue dado, fue recibido. Sintió sobre su atlas cristales molidos como escribió y cantó el Silvio insular. Esperó, experiencia  inexpresable, contraria a la quietud como pudiera pensarse o plasmarse en algún refrán anochecido.  En ella, la piel, de multitudinarios poros veía,  los dedos incansables olían el desecho de las entrañas que más temprano que tarde viajaban por un túnel siberiano o integrado a la tierra maltrecha. La opción de los anélidos - que no era tal- a todos estaba reservada. Las acciones del sabor describirlas no tenía sentido, era un mal sabor perenne.
Faltaba  el órgano directriz que, recíprocamente se relacionaba con los anteriores. Aquí todos eran indispensables.  Decir que nadie –el homínido-  lo era, idea sin basamento.  Pero, las excepciones, así como el malentendido, el sobreentendido, a veces, el silencio  constituían una formidable tetralogía, que no de Fallot.

La urna que lo acunaba –al extremo más cercano a eso llamado cielo-  no era de pithecolobium saman, no. Células entrelazadas, de tanto amor, formaban un material resistente. Resistente, según las circunstancias, hasta a las ideas. Ese órgano era el integrador, el sintetizador, en fin, agrupaba todas las funciones de un moderno aparato de sonido.

Recordó el ex forastero una vivencia, ligada al amor fútil. De inmediato, se recriminó la palabra  pues ningún amor que así hubiésemos llamado podía ser fútil.  Ni por mucho que el escribidor, “experto” en el área de eso que llaman poesía fuera el máximo representante del realismo sucio. La vida era tan extraña que hasta enigmas vulgares pasaban por poesía y hasta había gente que recibía premios por ello. No, ni agachado podía pasar ante el juego de  mesa donde cuatro compadres que aunque no hubieran sido, eran porque la alegría jacarandosa y un rescoldo de solidaridad lo determinaba. La vez que vio a un minúsculo animal, serviría escribir animalillo para abreviar y resulta que nada queda abreviado. Como a los caballos que en las novelas de MacCarthy los protagonistas hacían abrevar  en un río que con frecuencia era de cauce miserable. Siempre se había preguntado el forastero por qué MacCarthy no hallaba un río caudaloso para que el cuadrúpedo servidor  se satisficiese a sus anchas y hasta un merecido baño pudiera darse. Lo cierto era que el ex forastero vio las patas, las  alas y hasta los aterrorizados ojos y a él, precisamente a él, lo miraron. Las patas embadurnadas en aquella pasta  ambarina se habían petrificado ya. El ex forastero sintió lástima y no rabia como debía, al fin y al cabo era el animalillo quien había penetrado sin autorización formal, es decir, escrita, en su conducto auditivo externo, el izquierdo, para colmar, el izquierdo. Eso cobraba importancia pues él era diestro.  La consideración de este hecho era esencial porque el ex  aunque diestro no era diestro en el manejo de las situaciones amorosas de la vida. La estulticia de Rotterdam no tiene cabida aquí. Sólo crueldad sería. La ambigüedad en las palabras no era de su total responsabilidad pues él sólo había sido uno entre millones que tenían la responsabilidad de elevar el lenguaje, elevar las palabras, siendo la elevación un acto mágico pues la elevación implicaba gravitación de ascenso, descenso y equilibrio que permitiera llegar a esos millones.

Es justo decir que el forastero sólo vio al animalillo ya muerto, después que un chorro de H2O2 fuese destilado en su oído por una enfermera de una patética medicatura rural. No recuerda cómo vino a dar allí pues cuando sucedió el imprevisto él se hallaba con una forastera  -cuyo género era ambiguo y su edad tampoco interesa precisar- acostado –entendamos-, acostado, en la Tierra de Nadie  en La Casa que vence las sombras.

El ex forastero seguía inmóvil a sus pensamientos. Dentro de él no escuchaba sonidos imprudentes. Un vago dolor en el umbilicus, otro más intenso en los músculos poplíteos. El que completaba el trirreme, prefería no decir. Ese había vivido, había sufrido la experiencia del hablar y el des-hablar, del oír y el desoír. El primero le recordó que el acto masticatorio no había sido ejercido, con propiedad, desde hacía unos meses, el segundo, no en frecuencia, sino porque así le apetecía, que no movía sus pies desde meses averneros, ¡qué Dante le perdone la derivación de la palabra!, el tercero, de ese no quería, por ello, lo introdujo, cuatro años después de su “presencia” en el Cúmulo de Bourgeois. No sé le olvida que quiso escapar justo un noviembre, mes originario pero los monjes, los sacerdotes, los moros, los ángeles o quienes allí estén representados cumplieron su labor y lo devolvieron al centro de su mundo, centro de dureza y frialdad inimaginable.

El ex forastero mira alrededor. No detecta cambios. Ignora qué hace allí. Sólo que se bajó de donde boleto no compró.  No sé trata de hacer reclamos –reitera- a quien dirigió la acción. Sospecha que fue en Rodovías que la adquisición del boleto se hizo efectiva.

A él, nunca le preguntaron hacia donde quería ir. Ni siquiera por su deseo. Confiesa que ello tampoco habría ayudado. Desde tiempo antediluviano, los puntos cardinales se le mezclaban como si una mano los hubiese echado en un licuadora y cuyo botón, dañado con frecuencia y cambiado de igual manera después de haber sido adquirido en el puesto de uno de los buhoneros desplegados por las Bellas Artes,  girado a la derecha, ¡uno!, ¡dos!, ¡tres!, desconoció que era imprescindible desmontar el acto, es decir, girarlo hacia la izquierda, ¡tres! ¡dos! ¡uno!

Los poros de la todavía piel del ex forastero fueron sorprendidos por una luz azul, la luz lo miró y le sonrió. “Los niños” pensó y dijo; mis niños, mis niños, mis niños.  La intensidad de la luz aumentó pero sabía lo que era respetar y amar pues sus conos y bastones fueron impresionados pero no desbordados. Las valvas de sus perlas siguieron inmóviles como  en el cuento de Perrault. El amor, pensó…y optó por la reflexión agustiniana de enigmática trascendencia, el amor mata lo que hemos sido  para que lleguemos a ser lo que no éramos”  y, ahora sí, el pasajero sintió que el ex no lo precedía, sintió que haber experimentado amor  lo enaltecía, que los peces desgarrantes, las palabras oídas de esotra que pudieron presuponer indignidad sólo fueron escuchadas - jamás pasaron por debajo de los palos cruzados donde se asentaba el loro-cotorra del Paño Morado-  producto del horror  causado, no tanto por su significación, sino por  su inconcebible condición de ser parte, de ser parte de la naturaleza humana.

El pasajero subió. 


Caracas, 13 de septiembre de 2011.

jueves, 8 de septiembre de 2011

EL PRIMER NIDO


"Tal vez nada sucede una vez y termina. Quizás el acaecer no es único; sino que, como las ondulaciones del agua cuando se ha hundido la piedra, avanza, se extiende, y la charca está unida por un angosto cordón umbilical de agua a otra charca próxima a la cual alimenta y alimentó. Si la segunda charca contiene agua a diversa temperatura, un conjunto molecular de cosas vistas, sentidas, recordadas, y refleja el cielo infinito e inmutable en un tono diverso, no importa: el eco acuoso de la piedra que ni siquiera vio, se mueve sobre su superficie siguiendo la misma ondulación, el mismo ritmo antiguo e indeleble."
                                                                                        William Faulkner en ¡Absalón, absalón!


                                                     
                                                          Fondo abstracto de rejilla metálica de nido de abeja


El sentimiento, desbordado en cataratas  anónimas, se dio hace muchos años. No preciso edad pero en la adolescencia era.

La madre se hallaba en aquella ruinosa cama de hospital en San Martín. Pocas horas antes había percibido el espacio cuadrado, frío, muy frío. Esto lo supe años después inmersa en la cotidianidad del espacio que oscilaba en un cuadrado rectángulo frío, muy frío, a veces caliente por  desidia.

También el momento en que su cuerpo desnudo, cubierto por una sábana verde, era manipulado,  pinchado. Rezaba, de eso estoy seguro. Se encomendaba y si pidió protección para ella sólo fue porque en el horizonte veía amorosamente el trébol de 8 hojas. Espécimen que no era extraño hallar cuando se adicionaba uno de cuatro con otro de cuatro. Ella hizo la labor, no se con cuánto encanto pero representaba lo mejor, una obra magnífica, un sino conocido de antemano.

Su rostro exhibía un dolor menor del que, con seguridad, experimentaba.  Por mucho tiempo fue sufriente pero no sufrida.

Me tocó hacerle compañía, cuidarla, estar a la espera de su dolor para buscar alivio inmediato,  cubrir las necesidades para quien se hallaba en indefensión. Sentado en aquella silla, no menos ruinosa, deseaba que mejorara pronto y si no me levanté para tomar su mano, la derecha pues yo estaba del lado derecho, fue porque las cucarachas pululaban por el suelo de granito que,  a decir verdad, lucía limpio, aunque la presencia multitudinaria del insecto mundial nos podría hacer pensar distinto. Tal vez, si alguno de ellos osaba acercársele  tendría yo el valor de convertirme en combatiente digno.

¿Habría sido un combatiente digno?

Ella me veía con ternura. No hablaba por aquello de que los pacientes recién operados no podían hablar para evitar que sus intestinos se llenaran de gases y evitar así los seguros dolores en marea, desagradables, que justo iban a posarse como búho somnoliento en la zona donde la piel hubiera sido incidida.

Yo apenas miraba hacia el pasillo ya en penumbras. En parte se veía un largo escritorio donde unas tablas metálicas eran manipuladas por una enfermera. Detrás de ella una especie de archivador vertical. De tanto en tanto se oían ruidos metálicos, voces, algún cuchicheo. Lentamente, aquellas expresiones de la presencia humana,  luego supe que los gatos no eran entes extraños a un hospital, fueron disminuyendo.

Volví  a mirarla a ella. Su cabeza estaba derecha y sus párpados estaban cerrados pero los pliegues de su boca estaban en una disposición que expresaban una falta de relajación, una tensión inconsciente, entonces, me acerqué sin duda. Tienes dolor –pregunté con suavidad y me prendé de su mano como  si era yo quien la necesitaba y no ella a mí. Siempre había sido así. El calor, el cariño, el apoyo. Cuando somos niños o adolescentes, ¿quién sabe si hasta de mayor edad? pensamos que la madre siempre sabe qué hacer. 

Durante mucho tiempo lo pensamos.

Dijo que no tenía dolor y que ella se arrimaría para que yo me acostara a su lado. Dije no, estoy bien y, acompañando a las palabras me ubiqué en un extremo de la cama, cuidando de no lastimarla. Un pequeño espacio, un gran calor. De inmediato me quedé dormido. Ese calor. Esa serenidad…

A la mañana siguiente me hicieron salir del cuarto pues el médico vendría a verla. Cuando aquel hombre, no muy alto, de aspecto fuerte, de tez blanca con los cabellos más negros que jamás hubiera visto  e infundado dentro de una bata larga, blanquísima, entró supe que él era quien la había ayudado, quien la había operado aunque no sabía yo de qué. En aquellos tiempos esas cosas, como muchas otras no se comentaban a los niños.

La orden era escuchar qué le decían, cómo estaba. Mi madre preguntó, en pocas palabras: ¿ya no me vendrá la regla doctor? Yo no sabía a cuál regla se refería ella. Nunca le había visto ninguna. Sólo aquellas que utilizábamos para hacer las tareas del colegio.

Él respondió: no, te sacamos la matriz.

Matriz, origen, recipiente, nido, cobijo, desarrollo, inicio, comienzo, vida. 

Ese día, al regresar a casa, me dirigí sin pausa, a buscar el pequeño Larousse ilustrado. Por la M, matriz. A mi madre le habían sacado la matriz, sinónimo de útero. Mencionaban su función.

La oquedad: mi primer nido había desaparecido.




Caracas, 8 de septiembre de 2011.

martes, 6 de septiembre de 2011

KATHERINE MANSFIELD



                                                                                                                            Para Aura Carolina


"Quiero la tierra y sus maravillas: el mar, el sol. Quiero penetrar en él, ser parte de él, vivir en él, aprender de él, perder todo lo que es superficial y adquirido en mí, volverme un ser humano consciente y sincero"


"Cuando podemos empezar a tomar nuestros fracasos sin seriedad, quiere decir que estamos dejando de temerles. Es de enorme importancia aprender a reírnos de nosotros mismos"



KATHERINE  MANSFIELD (Kathleen Beauchamp) : destacada escritora modernista. Nace en , Wellington, Nueva Zelanda el 14 de octubre de 1.888 y fallece -de Tuberculosis pulmonar- en Fontainebleau, Francia, el 9 de enero de 1.923. Tuvo una vida complicada, en especial, por su relación materna y de parejas. Escribió esencialmente cuentos que reflejan su clara inteligencia,  su sensibilidad y su capacidad para expresar variados sentimientos como el amor, la solidaridad, la tristeza, la soledad, la crueldad, etc.


Aquí presentamos la reseña de cuatro de sus cuentos que constituyen evidencia de la calidad de la autora y dos poemas. Estos últimos "hablan" por si solos.  


EL ENCUENTRO                                                                                         


Empezamos a hablar­
Nos miramos; dejamos de mirarnos
                                                              
Las lágrimas subían a mis ojos 
Pero no podía llorar 
Deseaba tomar tú mano 
Pero mi mano temblaba.
No dejabas de contar los días que faltaban
Para nuestro próximo encuentro 
Pero las dos sentíamos en el corazón 
Que nos separábamos para siempre.
El tictac del relojito llenaba la habitación en calma­

Escucha, dije, es tan fuerte 
Como el galope de un caballo en un camino solitario 
Así de fuerte - un caballo galopando en la noche. 
Me hiciste callar en tus brazos­
Pero el sonido del reloj ahogó el latido de nuestros corazones. 
Dijiste `No puedo irme: todo lo que vive de mí 
Está aquí para siempre'.
Después te fuiste.
El mundo cambió. El ruido del reloj se hizo más débil
Se fue perdiendo –se tornó minúsculo-
Susurré en la oscuridad: “Moriré si se detiene”.


MALADE

El hombre del cuarto vecino
Tiene el mismo mal que yo
Cuando me despierto a la noche lo oigo darse vuelta
Y después tose
Y toso yo
Y él vuelve a toser-
Esto sigue mucho tiempo-
Hasta que siento que somos como dos gallos.





CUENTOS:


Psicología (1.919)

Este cuento le hace honor a su título. Se trata de una mujer (30 años), escritora de obras de teatro y comedias,  que espera a un hombre (31años), escritor de novelas. Era una espera concertada y ansiada por ambos.  Tenían una excelente amistad, eran adultos y sin complicaciones emocionales.  Se muestra un claro ambiente de que se dará allí una relación amorosa que ambos  desean cristalizar. No obstante, caen  en una situación donde se interrumpen, se distraen y hacen silencios que determina que esa ansiedad y ese deseo se congelen en sus cuerpos y mentes.

Ella piensa en las cosas que tiene en su casa y lo importante que son pero quiere dejarlas de lado. Él ve una figura que ella tiene en la repisa de la chimenea: una cara de niño: “la cabeza caída hacia un lado, los labios entreabiertos, como si al dormir el niño escuchara algún dulce sonido…”. Agrega: “–Adoro a ese niño”. Ello podría expresar que él desea un hogar con ella, tener hijos.

Este cuento también toca el punto de lo aislado que pueden estar los escritores. Dice que sólo ese espacio ha fijado en su mente. Que usualmente no sé da cuenta del mundo exterior por estar leyendo casi todo el tiempo. Y,  le pregunta a ella, si cree que en un futuro la novela será psicológica o no, a su vez, de la relación entre la psicología y la literatura. Ella hace una pregunta interesante: “¿Quieres decir que te parece que es probable que esas misteriosas criaturas inexistentes…jóvenes escritores de hoy…simplemente estén tratando de atribuirse funciones de psicoanalistas?”. Él responde que sí pues se trata de jóvenes inteligentes que comprenden la importancia del psicoanálisis.

Por un momento ambos reflexionan que han triunfado, que la amistad ha sobrevivido y él, sin querer decirlo dice que tiene que irse. Ella se siente herida pero no dice nada. Él se va, ella llora y luego va una vecina y le lleva un ramito de flores, ella la abraza. La mujer se siente bien y se va. Ella se queda como si nada y se sienta a escribirle una carta a él donde expresa su deseo de verlo pronto.

Es decir, éste cuento es la narración de una suma de actos fallidos que deja a esta pareja en un aparente vacío emocional y, por lo que se va es algo que tiende a repetirse.

La mosca (1.922)

“Sin embargo, nos aferramos a nuestros últimos placeres como se aferra el árbol a sus últimas hojas.”


La mosca relata la visita que le hacia el anciano señor Woodifield, ya retirado y posterior a haber sufrido una apoplejía a su jefe que era cinco años mayor que él, corpulento, rozagante, lleno de vitalidad. El señor Woodifield sólo podía salir de su casa los martes cuando se lo permitían su esposa e hijas. Y allí estaba fumándose un puro, observando a su ex jefe, sintiéndose cómodo.

El jefe le comenta –una vez más- que acababa de remodelar su oficina. Mientras, el Sr. Woodifield veía una foto que el jefe tenía sobre su escritorio que no era nueva. Por otra parte, intentaba recordar algo que quería decirle al jefe. Éste lo miraba compadecido y de pronto se le ocurrió ofrecerle un dedo de whisky. El Sr. Woodifield se sorprendió mucho pero lo aceptó contento pues en su casa no le dejaban probarlo.
El Sr. Woodifield recordó, de pronto, lo que quería comentar al jefe: se trataba de que en días recientes sus hijas habían ido a Bélgica para visitar la tumba de Reggie (suponemos que era un hijo) y que ellas habían pasado por la del hijo del jefe, que estaban muy cercanas y bien cuidadas. Que el cementerio tenía anchas calles y que parecía un jardín. También le pregunta al jefe, quien parecía no estar escuchándolo excepto por: “…un ligero temblor en el párpado…” que si nunca había ido a visitar la tumba de su hijo. El jefe respondió que no. 

Al poco tiempo, el señor Woodifield se retiró y el jefe le dijo al ordenanza, el viejo Macey, que no atendería a nadie, durante la siguiente media hora.

Así el jefe recordó a su hijo y lo que había significado para él su pérdida ya que sería su sustituto. Lo mal que se había sentido y que no podía superar. Repentinamente, el jefe ve una mosca caer en el tintero que estaba sobre su escritorio. Vio como la mosca hizo esfuerzos para salir. Lo logró. El jefe pensó que la mosca se sobreponía a las adversidades. En tres ocasiones el jefe probó la resistencia de la mosca, dejándole caer una gota de tinta, hasta que murió. La botó en la papelera. En ese momento, el jefe, llamó a Macey para que le trajera papel secante y ya no pudo ni recordar qué era lo que había estado pensando en el instante que se distrajo con la mosca.

Este cuento es muy revelador de algunas emociones y sentimientos de las personas: la soledad (del señor Woodifield), viéndose retirado prematuramente de su empleo y la dependencia de sus familiares; el “valor” de lo material: la oficina remodelada del jefe, cómoda, espléndida y el cementerio de anchas calles, con flores, parecido a un jardín; la crueldad del jefe; la paradoja entre las aspiraciones que tenía el jefe con su hijo muerto y el hecho de que por una mosca se olvidara (el olvido) del mismo.


El canario (1.923)

“Quizá en este mundo no importa mucho lo que uno quiere pero hay que querer algo”

Éste hermoso cuento narra la experiencia de una señora que tuvo un canario y que ya había muerto:“Cuando lo encontré tendido en la jaula, con los ojos empañados y las patitas retorcidas, cuando comprendí que nunca más lo oiría cantar, me pareció que algo moría en mí…con el tiempo todo pasa…”  Ella tenía a tres jóvenes pensionistas en su casa y comenta que lo que le daba el canario ninguno de estos jóvenes se lo daba, incluso, la llamaban “adefesio”.                                                                    Ella pregunta (al lector): “… ¿Has tenido pájaros alguna vez?...Si no has tenido nunca, quizá todo esto te parezca exagerado. La gente cree que los pájaros no tienen corazón, que son fríos, distintos de los perros y los gatos.”  Evoca el hermoso canto del canario. Afirma que el canario la saludaba, la comprendía, que era muy limpio, que le hacía compañía, que la hacía reír y que ahora sólo le quedaba recordarlo (y que aspiraba que el clavo donde guindaba la jaula nunca fuera removido de su sitio).

Este cuento termina con un planteamiento, bien particular de la anciana: “Sin embargo, a pesar de que no soy melancólica y de que no suelo dejarme llevar por los recuerdos y la tristeza, reconozco que hay algo triste en la vida. Es difícil definir lo qué es. No hablo del dolor que todos conocemos, como son la enfermedad, la pobreza y la muerte, no: es otra cosa distinta. Aunque trabaje mucho y me canse, no tengo más que detenerme para saber que ahí está esperándome”  ¿A qué se refiere la anciana?; ¿Qué es eso triste en la vida? Insiste agregando: “Ha menudo me pregunto si todo el mundo siente eso mismo. ¿Quién lo puede saber?”  Su respuesta en forma de pregunta no deja de encerrar un enigma: “Pero ¿no es asombroso que, en su canto dulce y alegre, era esa tristeza, ese no sé qué lo que yo sentía?”

Al parecer, se refiere a que en la expresión del canto del pájaro –que era dulce y alegre-estaba contenida esa tristeza que ella percibe como dentro de sí misma.


Esta flor (1.924)


“Pero os lo digo, mi tonto señor, el peligro, que de esta ortiga, arrancamos esta flor, seguridad”

La frase anterior precede al relato.

Este cuento narra una historia que podría definir como tragicómica. Una pareja joven. Él se llama Roy King, el nombre de ella no aparece. Tienen la idea de que ella está embarazada. En apariencia, él no tendría problema de ser así: “No es que yo…Si me dejaras lo echaría a los cuatro vientos… o tomaría la primera página del Daily Mirror y haría poner nuestros nombres, en un corazón, ya sabes…atravesado por una flecha”

Él busca a un médico que le recomienda un amigo que aunque ella no conoce “…sabía todo acerca de ellos”

Mientras espera a ser atendida acostada en una camilla piensa que siempre había estado luchando contra la corriente de la vida y que ya no podía más. El médico le da la impresión de ser un “sapito odioso” y de “aspecto llovido”. Después del examen ella le pide al médico que le diga al señor King que ella tiene algo del corazón, que sólo necesita descanso. El médico lo hace. 

Luego se despliega toda una escena sobre la comida y las bebidas que ella podía ingerir. 

Al final, el señor King no logra disimular su alivio y le dice a ella: “–Mi amor, mi preciosa, mi encanto. Eres mía, estás ha salvo- Y después de tres suaves gemidos -¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! ¡Qué alivio!...-Si supieras lo asustado que estaba –murmuró- Pensé que esta vez estábamos perdidos. De verás que sí. Y hubiese sido tan…fatal… ¡tan fatal!”

Este relato me hace recordar que en 1.908, Katherine Mandfield conoció a un joven llamado Garnet Trowell  del que queda embarazada. Los padres de él se oponen y la relación termina. Su madre –Annie-  la va a buscar a Londres y se la lleva a Bad Wörishofen en Baviera (Alemania) con el fin de mantener en secreto su embarazo. No obstante, en algún momento, sufre un aborto. Regresa a Londres. Ya más nunca volvería a ver a su madre.



Caracas, 5 de septiembre de 2011.