jueves, 14 de junio de 2012

ENTRE ELTIT y BELLATIN


“El ojo debe ser del tamaño de lo que percibe”

“…cuando el ser humano ama algo sólo ama al ser humano, se ama a sí mismo, a sus propios atributos reflejados en eso que dice amar”
                                                                                                                                                               Bellatin


                                                                                               


El Gran Vidrio. Tres autobiografías (2007)


Mario Bellatin (Ciudad de México, 1960).

Acabo de terminar de leer  El Gran Vidrio. Eso de “terminar” es una forma de decir pues el texto del escritor mexicano sigue revoloteando en mi cabeza.

La novela consta de tres partes  que, en principio, son independientes. La narración está hecha en primera persona. El primer relato, Mi piel luminosa tiene esta especie de epígrafe: …en los alrededores de la tumba del santo sufí. Relata, en forma numerada (1-360), las vivencias de un niño cuya madre lo exhibe en baños públicos. Me refiero a exhibir sus genitales a cambio de baratijas: “1.- Durante el tiempo que viví junto a mi madre nunca se me ocurrió que acomodar mis genitales en su presencia pudiera tener una repercusión mayor…Ajustados, acogotados, a punto de estallar…Mi madre aprovechando mi dolor” (9).
Las pinturas de labios pronto pasaron a ser importantes para la madre: “46.- En más de una ocasión me despertó en plena madrugada para mostrarme su boca coloreada de morado o fucsia fosforescente” (14).
El padre los abandonó posterior al fallecimiento de una secretaria que era su amante.
Luego la madre hace todo lo necesario para que su hijo sea aceptado en una escuela especial. Lo somete a una serie de castigos corporales y hace ver que el niño padece de retardo mental: “77.- ¿Por qué me encuentro matriculado en una Escuela Especial?, es una pregunta que no dejo nunca de hacerme…78.- No creo que alguien tenga una respuesta segura, ni siquiera mis compañeros de reclusión” (20).                                                                                                               
Aunque la madre logra sus propósitos, penetra a la Escuela por las noches para seguir llevando al niño a los baños.

Esta primera parte es una narración reiterativa  en algunos aspectos cuyo sentido no luce claro aparte de lo ya dicho. Se trata de la evidencia de no poder explicar lo que no se logra entender.

La segunda parte se titula: La verdadera enfermedad de la sheika
Comienza el narrador con una visita a la casa de una pareja musulmana que fue protagonista del último libro que había publicado. El narrador dice que aunque quedan mal parados en el relato, ellos no parecen darse cuenta o no se sienten retratados en el mismo.   Él había acudido allí para cobrar un ejemplar del libro que le habían comprado. En la casa está Lato, un perro grande, fiero, sin pelaje, que él mismo había hecho que llegara a esa casa, después que su dueño lo hubiera regalado pues se iba de viaje. Pero el perro regresó cuando su amo ya se había marchado. Sólo estaba su hijo que era amigo del narrador y sólo pensó llevarlo a un veterinario para que lo matara. Él se opuso (por cierto, ¿ese amigo muere tiempo después o es un sueño?)  A la larga, Lato fue aceptado en casa de la pareja. Además de fiero, quería copular con frecuencia con la dueña. La mujer le paga el libro y lo acusa de haber vendido a la revista Playboy, “…un sueño místico que había tenido con la sheika de la comunidad religiosa a la que pertenecíamos” (78). 

El sueño es relatado a continuación y, en esencia, trata sobre él, sobre la sheika y algunos miembros de la comunidad religiosa. Es una historia mezclada con sueños y, como es usual en éstos, fragmentada y con ciertas desconexiones.

En esta parte, ya el narrador no es un escritor sino un derviche. Está enfermo y recibe tratamiento en un hospital, aunque un día cancelan las consultas porque tenían que prepararse para atender una supuesta tragedia. Eso lo perturba mucho. Ese mismo día, la sheika es llevada al hospital pero al final no parecía tener nada serio. Él sale del hospital con la sheika y la sirvienta. La sheika no lo deja manejar su viejo y destartalado auto Datsun. Van referidos a otro hospital al cual nunca llegan sino van a la casa del plomero que debe reparar las tuberías de la mezquita que están en mal estado. La cita fue hecha de antemano. De la casa sale Fariha, la sheika de Nueva York. Él no entiende qué hace ella allí. Fariha le promete que el próximo Ramadán le traerá un perro saluki “…el saluki es el perro de los beduinos del desierto. Es un perro de la arena, cazador por excelencia. Un perro de la arena que no desentierra muertos con sus uñas. Por eso fue el único aceptado por los seguidores del Profeta Mohammed –la paz sea con él-…” (112).
El derviche comenta, en varias ocasiones, la ausencia de su brazo: “…poco antes de despojarme del aparato ortopédico que llevé desde la infancia” (95), cosa que realizó durante un viaje que había hecho a la India. Otra cita sobre la falta de su brazo: “Los zapateros ambulantes tratando de hacer de mi brazo un adminículo decente” (119).

La tercera parte se titula, Un personaje en apariencia moderno. Se trata de un texto extraño… Extrañeza derivada de lo no tradicional en cuanto al tipo de relato que pone el acento en aquello que suele pasar por debajo de la mesa. En realidad, todos poseen esa cualidad. Un vaivén, un corte, otro caminos, regresos.

La protagonista es la menor de tres hermanos. Tiene 46 años y está en la escuela primaria donde, al parecer, no tiene ningún futuro. Dice que tiene una novia alemana cuyo padre trabajaba en un club de esquí en Los Alpes. Desea comprar un auto, específicamente un Renault 5 de los años setenta, modelo muy difícil de conseguir. A través de un aviso telefónico hace contacto con un individuo que tiene uno pero en muy mal estado. Esta persona la llama para ir juntos a ver a un  hombre que vive a 40 km. de distancia y que es dueño de uno. El sitio de encuentro es un cementerio. Su novia alemana va con ella. El hombre pretende hacerles daño. Ella simplemente se baja del auto y deja a la novia quien iba sentada detrás.
Menciona que tiene dos hermanos varones: uno que es constructor, aunque nunca ha construido nada. Agrega: “Sin embargo, el hermano constructor siempre ha estado bajo el amparo de mi padre, y mi padre es una persona que jamás hubiera permitido que alguien de su familia construyera nada.” (155).  Este hermano tiene tres hijos cuya madre nunca ha estado. Ella roba dinero de la cartera de su padre para comprarle golosinas y consentirlos. El otro hermano trabaja en una empresa aérea.

Relata que perdieron su casa familiar por necesidades del espacio pues se necesitaba construir un tren que pasaría justo por donde estaba ubicada la vivienda. Los abuelos fueron dejados a otras personas para su cuido. Luego, sufrieron otros desalojos por falta de pago. El padre la utilizaba para que bailara como marioneta y tratar de convencer a los dueños de que no los echaran pero resultaba infructuoso.

Habla de los libros que ha escrito aunque apenas sabía escribir.

Tiene algunos animales. Luego dice que es muy mentirosa. Hay un momento que es un adolescente, es decir que, el texto presenta una especie de indiferenciación sexual del protagonista-narrador: “Pensé en el aspecto que mostraba yo entonces, No era ni una pequeña figura ni tampoco una gorda. Era un adolescente muy parecido a los cantantes extranjeros que salen en la televisión” (156).

El texto concluye con una explicación del narrador sobre la posibilidad de que las autobiografías sean llevadas al cine y añade: “Delante de la cámara, de una vez por todas voy a dejar atrás las personalidades necesarias para seguir escribiendo” (159).
                                                                                  

EL infarto del alma (1994), es un texto de la escritora chilena Diamela Eltit (Santiago, 1949). Escribir que es un “texto” no es un olvido porque se trate de una novela, un cuento o poesía, por ejemplo. Resulta que el mismo es una suerte de novela, diario, mezclado con ensayo y el género epistolar.

El infarto del alma también tiene otra sustancia y es que posee numerosas fotografías atribuidas a la fotógrafa, también chilena, Paz Errázuriz.

En realidad, tanto Eltit como Errázuriz son las responsables del texto.
Varias historias, narradas en primera persona, siendo eje esencial, las historias de amor que se suceden en el Hospital Psiquiátrico Philippe Pinel (1745-25 -1826), ubicado en el pueblo de Putaendo a dos horas de Santiago de Chile.






El Hospital, construido en los años 40 del siglo pasado, funcionó, inicialmente, como hospital para pacientes aquejados de tuberculosis. Posterior a la drástica disminución de esta enfermedad como consecuencia de la vacunación antituberculosa pasó a funcionar como centro de reclusión para pacientes psiquiátricos.

Eltit va de visita al Hospital acompañada por Errázuriz quien ya lo conocía. Hay 500 pacientes de ambos sexos, muchos de ellos indigentes, de identidad desconocida. Eltit quiere conocer sobre el amor y la locura, dice: “Después de todo he viajado para vivir mi propia historia de amor. Estoy en el manicomio por mi amor a la palabra, por la pasión que me sigue provocando la palabra” (19).

Un poco más adelante: “Y ahí, en esa descompostura, encuentro el centro del amor. Comprendo ejemplarmente que el objeto amado es siempre un invento, la máxima desprogramación de lo real y en ese mismo instante, debo aceptar que los enamorados poseen otra visión, una visión misteriosa y subjetiva. Después de todo,  los seres humanos se enamoran como locos. Como locos” (21-22).

Luego, intercala una historia sobre la mujer como madre. La madre como: antecesora de todo; como un compuesto de innumerables signos culturales que hablan del viaje…; que se niega a reconocer que es ella la habitada y que espera renacer. Otro tanto hace con el nacimiento del sujeto. Después penetra en ciertas consideraciones sobre la locura bajo la perspectiva psicoanalítica.

Eltit escribe una carta por segmentos. Una mujer abandonada por la pareja. Tomemos de allí algunas frases:

“La oscuridad es menos real que tu silencio” (52).

“No estás para liberar mis sufrimientos”.

“La noche es menos muda que el silencio que escogiste” (54).

“¿Por qué hube de conocerte desolada?”.

A continuación relata un sueño grabado por la fotógrafa en 1990. Fue soñado por Juana, la loca que tal vez no esté loca pero que quedó atrapada en las redes de la institución y  que no sobreviviría fuera de ella. O, puede ser que sí esté loca.

En una especie de ensayo, Eltit relata impresiones sobre el impacto de la tuberculosis durante el Romanticismo, más específicamente, del cuerpo romántico y lo contrasta con el cuerpo asalariado. También nos ofrece sus opiniones sobre el sanatorio, “…figura elegante de los espacios de exclusión y de reclusión,…(66) en contraposición con el  hospicio, “…lugar de bastardía del flagelo enfermo de la pobreza” (66).

Posteriormente, Eltit expone una visión del amor en los tiempos previos al descubrimiento de la vacuna antituberculosa y de las transformaciones que se producen en ese amor: “El día se fija como una simple medida para el tiempo del trabajo, la noche como el descanso que deja entrever algunos sueños antiguos de insurrección. El amor se consume en ensayos efímeros que no consiguen cautivar un modelo, pues su oferta es notoriamente vulgar, como mediocres son los contratos públicos, las transgresiones siempre privadas”  (68).

Eltit afirma que el amor entre los locos, al no poder concretarse en el acto reproductivo  de la especie “es únicamente gasto y desgaste afectivo y por ello el despilfarro puro” (74).

Tanto El Gran vidrio como El infarto del alma constituyen textos que trabajan con restos de lo real, en el sentido que lo plantea la crítica y profesora argentina Florencia Garramuño. Así, son textos que no es posible ni incluir ni analizar bajo los parámetros de lo tradicional literario y que, forzosamente, exhiben un carácter fragmentario. Y es que no hay otra forma de escribir pretendiendo acercarse  a lo real del ser humano, es decir, a ese registro que según precisó el psiquiatra francés Jacques Lacan, constituye lo que el sujeto humano no puede expresar por medio de la palabra.

No se trata, por ejemplo, que Eltit nos diga cómo es el amor entre los locos. No puede decirlo porque ellos mismos no pueden decirlo. Lo único que puede hacer Eltit es una aproximación adyacente, oblicua a ese amor, por supuesto que lo hace utilizando la palabra que exhibirá, tal vez, cierta simpleza, simpleza que es grande cuando es la única vía de escribir sobre lo que no se puede por ser un imposible.




Caracas, junio de 2012. 

viernes, 20 de abril de 2012

César Vallejo

Yuntas

Completamente. Además, ¡vida!
Completamente. Además, ¡muerte!

Completamente. Además, ¡todo!
Completamente. Además, ¡nada!

Completamente. Además, ¡mundo!
Completamente. Además, ¡polvo!

Completamente. Además, ¡Dios!
Completamente. Además, ¡nadie!

Completamente. Además, ¡nunca!
Completamente. Además, ¡siempre!

Completamente. Además, ¡oro!
Completamente. Además, ¡humo!

Completamente. Además, ¡lágrimas!
Completamente. Además, ¡risas!...

¡Completamente!




Este 15 de abril pasado, se conmemoró 74 años del fallecimiento del gran escritor peruano César Vallejo. Por ello, dejo aquí una pequeña reseña de la segunda sección de su excelente Escalas melografiadas (1923), llamada "Coro de vientos". Vallejo es mucho más conocido por su extensa obra poética, no obstante, su narrativa es digna de disfrute y estudio. En ella plasma relatos tanto de su vida personal, familiar y particularmente social, narrados con una intensidad emocional que tiene diversas gradaciones que hacen imposible que podamos quedarnos indiferentes ante ella.



Aparte de Escalas, que incluye una primera parte intitulada "Cuneiformes", está su Paco Yunque donde narra, a través de la vida de un niño, el impacto de las diferencias sociales. También está Fabla salvaje, Hacia el reino de los Sciris, otro grupo de relatos cortos y la novela corta, El Tungteno.


Más allá de la vida y la muerte”


Se relata aquí, el regreso de un hijo a su hogar (en Santiago. Norte de Lima) después de once años de ausencia. El hijo sabía que su madre había fallecido dos años antes como consecuencia de un accidente y que su padre y hermanos se habían ido a otra hacienda lejana para superar el dolor de la pérdida: “El fundo se hallaba en remotísima región de la montaña, al otro lado del río Marañón (norte de Lima). De Santiago pasaría yo hacia allá,…” (136).
El hijo llega a su casa y se encuentra con su hermano mayor, Ángel, quien había venido 
del fundo por una diligencia. Juntos recorren la casa y el hermano le relata los días de agonía de la madre: “¡Cuántas veces entonces el abrazo fraterno escarbó nuestras entrañas y removió nuevas gotas de ternura congelada y de lloro! (136).
De pronto y posterior a una centella, el hijo no ve a su hermano y se siente como en una tumba. Al poco tiempo lo vuelve a ver sin ningún asomo de tristeza en su rostro, incluso le parecía como feliz. El pensaba que eso no podía ser.
Al día siguiente, el hijo partió hacia el fundo dejando a su hermano en la casa. Se tropieza con una viejecita en el camino quien le pregunta qué le ha pasado a su rostro. Efectivamente lo tenía recubierto de manchas de sangre. No entendía nada de lo que ocurría. Siguió camino.
“Y por fin, tras de una semana de trote por la cordillera y por tierras calientes de montaña, luego de atravesar el Marañón, una mañana entré en parajes de la hacienda. El nublado espacio reverberaba a saltos con lontanos truenos y solanas fugaces” (138).
Llegó al fundo y “Las puertas hiciéronse a ambos lados…¡Meditad brevemente sobre este suceso increíble, rompedor de las leyes de la vida y la muerte, superador de toda posibilidad; palabra de esperanza y de fe entre el absurdo y el infinito, innegable desconexión de lugar de tiempo;  nebulosa que hace llorar de inarmónicas armonías incognoscibles!” (138-9).
Resulta que, el hijo fue recibido por su madre. Ella le decía que no podía ser, que él estaba muerto. El hijo decía igual, que ella había muerto. La madre lo abraza, lo besa pero el hijo intenta reponerse a lo que sabe que no puede ser: “-¡Nunca! ¡Nunca! Mi madre murió hace tiempo. No puede ser…” (139-140).
La madre lo sigue abrazando como aceptando que el hijo resucitó pero ante sus palabras, le reitera que él había muerto, que ella lo había visto en su urna. Entonces, el hijo recordó las manchas de sangre en su cara y…se rió con todas sus fuerzas.

“Liberación”

Un escritor, que suponemos Vallejo, va a los Talleres Tipográficos de la Penitenciaria a ver cómo van una pruebas de imprenta que había mandado a hacer. Conversa con el jefe de la imprenta, un preso de apellido Solís. Solís le comenta sobre la situación de la cárcel: -De los quinientos presos que hay aquí –afirma-, apenas alcanzarán a una tercera parte quienes merezcan ser penados de esta manera. Los demás no; los demás son quizás tan o más morales que los propios jueces que los condenaron” (140).
Otro preso se acerca al visitante y le saluda, recordándole que se habían conocido en la cárcel de Trujillo (donde Vallejo estuvo efectivamente preso desde el 6 de noviembre de 1921 hasta el 5 de marzo de 1922). El visitante le explica a Solís que fue por: “…incendio frustrado, robo y asonada…” (141).
Trujillo queda al noroeste de Lima.
Solís se ofrece a narrarle la vida de un hombre, oriundo de Trujillo, que había estado preso por doce años “…víctima inocente de la mala organización de la justicia” (141). El hombre se llamaba Jesús Palomino. Había sido estafado y en una pelea mató a su estafador que pertenecía a la alta sociedad. Solís cuenta que Palomino vivía una auténtica vida de terror pensando que en cualquier momento podía ser envenenado. Solís inicialmente trata de convencerlo de que se calme, que eso no es tan sencillo. Es tanto el aprecio que Solís le toma a Palomino que, llega un momento que el mismo Solís empieza a obsesionarse con la idea de que pueden envenenar a su amigo y está pendiente de él en todo momento. A Palomino le llega la información de que iba a ser indultado pero que el indulto sería bloqueado. Un día, Solís se despierta de una horrible pesadilla en la que había soñado que habían envenenado a Palomino. Solís dice que la pesadilla lo llena de alegría, de tranquilidad. Ese mismo día, Palomino le dice a Solís, nuevamente, que lo van a envenenar y Solís trata de calmarlo dándole agua. Al poco tiempo, Palomino se empieza a sentir mal y dice que ya lo han envenenado. Llaman al  médico. Solís se acuesta pues está muy tenso. Al día siguiente, el hijo de Palomino va a la cárcel con la orden de indulto de su padre y el director le dice que sí, que su padre ya se ha ido. Solís se queja de que Palomino más nunca había ido a visitarlo.
Ya, al final de la narración, Solís ve hacia la puerta y dice: -“Hola Palomino!... El visitante agrega: “Alguien avanza hacia nosotros, a través de la cerrada verja silente e inmóvil” (148).

“El Unigénito”

El narrador de esta historia comienza diciendo sentirse satisfecho de haber conocido a su protagonista a quien muchos tenían “…por loco, idiota o poco menos” (149). No obstante, para el narrador no era así: “A ser franco, diré que yo nunca le tuve en igual concepto. Yerro. Sí le tuve como anormal, pero sólo en virtud de poseer un talento grandeocéano y una autentica sensibilidad de poeta” (149).
Se llamaba Marcos Lorenz (también apodado José Matías), era soltero y no tenía hijos. Era un hombre de trato excelente. Lorenz tenía diez años ya enamorado de una aristocrática dama de la ciudad, situación que ella sabía pues él le escribía con frecuencia hablándole de su cariño. Lorenz creía que tal vez ella le quería un poco.
Un día, Lorenz llegó al restorán donde comía con nuestro narrador. Venía acongojado y, después de comer un antipasto pidió whisky. El narrador pensó que, en efecto, algo serio le pasaba a Lorenz. Éste le comentó que había visto a su gran amor, acompañada de un bribón con el que supuestamente estaba comprometida.
Días después, el narrador leyó en un periódico local que se había concertado el enlace matrimonial entre Nérida del Mar y el señor Walter Wolcot: “¡Pesia! ¡Pobre señor Lorenz! Qué amargas calabazas le florecían…” (150), pensó el narrador.
Con tal noticia: “Acabáronse las sobremesas plácidas; y las aguas de oro y los espumosos benedictines de antes, quizás sólo lloraban ahora, estancados en las pupilas…” (150).
El señor Lorenz se hallaba muy mal.
El día del matrimonio de Nérida, Lorenz fue a la iglesia: “Muy cerca de la pareja, erguíase aquel hombre, rígido, petrificado en dantesca lacería” (151).
El acto eclesiástico se inició y, en el momento en que Monseñor le hizo a Nérida la pregunta de rigor, sucedió que ella vino a posar su mirada sobre el señor Lorenz y no atinaba a contestar. En la iglesia todos se dieron cuenta de lo que ocurría. Bajo la mirada de Nérida, Lorenz corrió hacia ella y le estampó un beso en la boca y, de inmediato cayó al suelo muerto. Ella murió una hora después.
Algunos años después de este acontecimiento “…un niño fino y bello acaba de detenerse en la esquina de Belén, un niño extrañamente hermoso y melancólico” (152). Cerca pasa un autobús del cual bajan varios pasajeros, entre ellos, un señor al que se le cae su elegante bastón. El niño se apresura a recogerlo y se lo entrega a su dueño. Se trata de Walter Wolcot, quien ve el rostro del niño y se siente sobresaltado. Le pregunta que ¿cómo se llama?, ¿dónde vive?, ¿cuántos años tiene?. El niño permanece en silencio.
A la pregunta sobre sus padres: “El niño se pone a llorar…Una mosca negra y fatigada trata de posarse en la frente del señor Walter Wolcot, a punto en que éste se aleja del niño. Muy distante ya, se la espanta varias veces” (153).

“Los Caynas”

Luis Urquizo era el loco del pueblo de Cayna.  “Luis Urquizo habla y se arrebata, casi chorreando sangre el rostro rasurado, húmedos los ojos. Trepida; guillotina sílabas, suelda y enciende adjetivos; hace de jinete, depone algunas fintas; conifica en álgidas interjecciones las más anchas sugerencias de su voz, gesticula, iza el brazo, ríe: es patético, es ridículo: sugestiona y contagia en locura” (153).
Un día, de años después, nuestro narrador se lo tropezó accidentalmente en la calle y Luis le dice: “-¡Quía! ¿Está usted loco?” (154).
El narrador se queda sorprendido que desde su posición de loco, Luis pueda llamarlo loco a él y eso le empieza a causar ciertas preocupaciones: “¿Por qué esa forma de inducción para atribuirme la descompaginación de tornillos y motores que sólo en él había?” (154). Piensa que probablemente Luis crea que el loco es él y que los locos pasan por instantes de racionalidad.
Un día se enteró que toda la familia de Luis estaba enferma, que se creían monos y como tales vivían.
El narrador relata que 23 años después de la escena anterior el regresa a Cayna de donde había estado ausente por razón de estudios en Lima. Por otro lado, tenía 6 años que no sabía nada de su familia. Cayna “…era como isla allende las montañas solas. Viejo pueblo de humildes agricultores, separado de los grandes focos civilizados del país por inmensas y casi inaccesibles cordilleras…” (157).
Cayna estaba en un estado lamentable, lucía como abandonado. No había ni un transeúnte en la calle. Cuando el narrador llegó a su casa estuvo a punto de llorar. Ve a su padre que no lo reconoce y que actúa como mono. Resulta que todo el pueblo se había vuelto loco y creían que eran monos. El narrador hace un intento porque su padre lo reconozca pero es inútil. Al final, el hombre que narra esta historia debe ser devuelto a su habitación que se encontraba en un manicomio: “Y el loco narrador de aquella historia, perdióse lomo ha lomo con su enfermero que le guiaba por entre los verdes chopos del asilo; mientras el mar lloraba amargamente y peleaban dos pájaros en el hombre jadeante de la tarde…” (161).

“Mirtho”

Se trata de una historia de amor. Un joven enamorado y ya novio de una joven de catorce años llamada Mirtho. Relata su historia a nuestro narrador. Dice que su amada Mirtho es 2. Que la había conocido en Trujillo hacía 5 meses. Luego, empieza a suceder algo extraño, sus amigos empiezan a reclamarle su actitud infiel para con la joven e incluso lo acusaban de haberlo visto con otra. El joven no lograba entender las acusaciones que no tenían ninguna base pues amaba sinceramente a Mirtho. Extrañamente Mirtho nunca llegó a reclamarle nada, es decir, entonces, que ella ignoraba lo que todo el pueblo sabía: que él le era infiel. Posteriormente, comenzó a suceder que el joven empezó a sentirse raro con Mirtho (recordaba que desde que la conocía siempre estaba sola). Por momentos tenía la sensación que no era con ella con quien estaba. Un día estando con la joven, el intenta hablarle sobre la situación y la llama por su nombre, Mirtho. La joven se enfurece y le dice que quién es esa tal Mirtho, que él la engaña, ella lo acusa de serle infiel. Él no entiende nada.
La persona a quien el joven relata esta historia dice que al concluir el joven su relato, le parece ver como “…dos idénticas formas fugitivas, elevarse suavemente por sobre la cabeza del amante y, luego confundirse en el alto ventanal, y alejarse y deshacerse entre un rehilo telescópico de pestañas” (165).

“Cera”

Dos amigos ya embriagados querían fumar opio pero todos los ginkés (fumaderos de opio) estaban cerrados. Uno de ellos tomó un tren. El otro, nuestro narrador también se iba y de repente recordó su amor frustrado. Sintió que le era imperioso fumar opio para calmarse, para poder dormir esa noche. Se dirigió así, a la casa de opio de un asiático llamado Chale ha quien conocía. Se acercó al local pero le dio la impresión de que no había nadie y, cuando ya se retiraba le pareció oír un ruido y miró por el ojo de la cerradura y vio ha Chale quien parecía recién despertado y mal humorado. No quiso llamarlo pero se quedó observándolo. Vio a Chale sacar de una gaveta dos trozos de mármol. El chino miraba las piezas de una manera detallada y profunda. De pronto, el chino volvió a abrir la gaveta y sacó de allí “…numerosos aceros, y con ellos empieza a labrar sus mármoles de cábala” (167).
El narrador reflexionaba, sabía que Chale era jugador de dados, que ganaba mucho y perdía mucho. Al parecer, el chino alteraba los dados.
El narrador, que seguía mirando: “Por mi parte habíame interesado tanto esta escena, que no pensé ni por mucho en abandonarla. Parecía tratarse de una vieja empresa de paciente y heroico desarrollo. Y yo aguzábame la mente, indagando lo que perseguiría este enfermo de destino. Burilar un par de dados. ¿Y bien” (167).
También pensaba: “Pero lo que más me intrigaba, como se comprenderá, era el arte de los medios, en cuya disposición parecía empeñarse Chale a la sazón, esto es, la correlación que debía preestablecerse, entre la clase de dados y las posibilidades dinámicas de las manos. Porque si ni fuese necesaria esta concurrencia bilateral de elementos ¿para qué este chino hacía por sí mismo, los dados?...” (167-8).
La próxima vez que lo vio, Chale jugaba apostando fuerte. Los otros jugadores estaban enardecidos con él. De pronto, ante una apuesta de diez mil soles, llegó un hombre que nadie había visto jamás. Sacó una pistola y se la apoyó en la sien a Chale que estaba  impresionado. Parecía que nadie más que nuestro narrador veía al hombre de la pistola como, por otra parte nadie parecía verlo a él. El hombre apostó con él y Chale ganó y se echó a llorar como un niño.




César Vallejo: Perú, 16 de marzo de 1892- París, 15 de abril de 1938.








Caracas, 20 de abril de 2012.

miércoles, 18 de abril de 2012

La civilización del espectáculo, ¿si?













Este libro es mi alegato de defensa. Cuando comencé a escribirlo descubrí que llevaba tiempo tocando algunos de sus temas de manera fragmentaria en artículos y polémicas, y eso explica que cada capítulo tenga como colofón unos "antecedentes" que reproducen aquellos textos tal como fueron publicados (con la ocasional corrección de una errata o una falta de puntuación). Pero he utilizado también, en algunos capítulos, partes, a veces muy amplias, de ensayos y charlas, introduciendo en estos textos, allí sí, enmiendas importantes. Pese a todos esos collages creo que el libro es un ensayo orgánico que fui elaborando a lo largo de años aguijoneado por un tema inquietante y fascinante: cómo la cultura dentro de la que nos movemos se ha ido frivolizando y banalizando hasta convertirse en algunos casos en un pálido remedo de lo que nuestros padres y abuelos entendían por esa palabra. Me parece que tal transformación significa un deterioro que nos sume en una creciente confusión de la que podría resultar, a la corta o a la larga, un mundo sin valores estéticos, en el que las artes y las letras -las humanidades- habrían pasado a ser poco más que formas secundarias del entretenimiento, a la zaga del que proveen al gran público los grandes medios audiovisuales, y sin mayor influencia en la vida social. Ésta, resueltamente orientada por consideraciones pragmáticas, transcurriría entonces bajo la dirección absoluta de los especialistas y los técnicos, abocada esencialmente a la satisfacción de las necesidades materiales y animada por el espíritu de lucro, motor de la economía, valor supremo de la sociedad, medida exclusiva del fracaso y del éxito, y, por lo mismo, razón de ser de los destinos individuales.


Ésta no es una pesadilla orwelliana sino una realidad perfectamente posible a la que, insensiblemente, se han ido acercando las naciones más avanzadas y libres del planeta, las del Occidente democrático y liberal, a medida que los fundamentos de la cultura tradicional entraban en bancarrota, se iban desintegrando, y los iban sustituyendo unos embelecos que han ido alejando cada vez más del gran público las creaciones artísticas y literarias, las ideas filosóficas, los ideales cívicos, los valores y, en suma, toda aquella dimensión espiritual llamada antiguamente la cultura, que, aunque confinada principalmente en una élite, desbordaba en el pasado hacia el conjunto de la sociedad e influía en ella dándole un sentido a la vida y una razón de ser a la existencia que trascendía el mero bienestar material del ciudadano. Nunca hemos vivido como ahora en una época tan rica en conocimientos científicos y hallazgos tecnológicos ni mejor equipada para derrotar la enfermedad, la ignorancia y la pobreza y, sin embargo, acaso nunca hayamos estado tan desconcertados y extraviados respecto a ciertas cuestiones básicas como qué hacemos aquí en este astro sin luz propia que nos tocó, si la mera supervivencia es el único norte que justifica la vida, si palabras como espíritu, ideales, placer, amor, solidaridad, arte, creación, alma, trascendencia, significan algo todavía, y, si la respuesta es positiva, qué es exactamente lo que hay en ellas y qué no. Antes, la razón de ser de la cultura era dar una respuesta a este género de preguntas, pero lo que hoy entendemos por cultura está exonerada por completo de semejante responsabilidad, ya que hemos ido haciendo de ella algo mucho más superficial y voluble, o una forma de diversión ligera para el gran público o un juego retórico, esotérico y oscurantista para grupúsculos vanidosos y de espaldas al conjunto de la sociedad.


La idea de progreso es engañosa. Quién, que no fuera un ciego o un fanático, podría negar que una época en la que los seres humanos pueden viajar a las estrellas, comunicarse al instante salvando todas las distancias gracias al Internet, clonar a los animales y a los humanos, fabricar armas capaces de volatilizar el planeta e ir destruyendo con nuestras prodigiosas invenciones industriales el aire que respiramos, el agua que bebemos y la tierra que nos alimenta, ha alcanzado un desarrollo sin precedentes en la historia de la humanidad. Al mismo tiempo, nunca ha estado menos segura la supervivencia de la especie por los riesgos de una confrontación atómica, la locura sanguinaria de los fanatismos religiosos y la erosión del medio ambiente, y acaso nunca haya habido, junto a las extraordinarias oportunidades y condiciones de vida de que gozan los privilegiados, el contraste de la pavorosa miseria y las atroces condiciones de vida que todavía padecen, en este mundo tan próspero, centenares de millones de seres humanos, y no sólo en el llamado Tercer Mundo, también en enclaves de horror y vergüenza en el seno mismo de las ciudades más opulentas del planeta.




Todos estos son temas profundos y complejos que no caben en las pretensiones, mucho más limitadas, de este libro. Éste sólo quiere ser un testimonio personal, en el que aquellas cuestiones se refractan en la experiencia de alguien que, desde que descubrió, a través de los libros, la aventura espiritual, tuvo siempre por un modelo a aquellas personas cultas, que se movían con desenvoltura en el mundo de las ideas y que tenían más o menos claros unos valores estéticos que les permitían opinar con seguridad sobre lo que era bueno y malo, original o epígono, revolucionario o rutinario, en la literatura, las artes plásticas, la filosofía, la música. Muy consciente de las deficiencias de mi formación escolar y universitaria, durante toda mi vida he procurado suplir esos vacíos, estudiando, leyendo, visitando museos y galerías, yendo a bibliotecas, conferencias y conciertos. No había en ello sacrificio alguno. Más bien, el inmenso placer de ir, poco a poco, descubriendo que se ensanchaba mi horizonte intelectual, que entender a Nietzsche o a Popper, leer a Homero, descifrar el Ulises de Joyce, gustar la poesía de Góngora, de Baudelaire, de T. S. Eliot, explorar el universo de Goya, de Rembrandt, de Picasso, de Mozart, de Mahler, de Bartók, de Chéjov, de O'Neil, de Ibsen, de Brecht, enriquecía extraordinariamente mi fantasía, mis apetitos y mi sensibilidad.




Quiero dejar sentada mi protesta, por lo que pueda valer, que, lo sé, no será mucho. Hay demasiados intereses de por medio, helás. Probablemente, el fenómeno que este ensayo describe en unos cuantos apuntes no tenga remedio, porque forma ya parte de una manera de ser, de vivir, de fantasear y de creer de nuestra época, y que lo que este libro añora sea polvo y ceniza sin resurrección posible. Pero podría ser, también, ya que nada se está quieto en el mundo en que vivimos, que ese fenómeno, la civilización del espectáculo, perezca sin pena ni gloria, por obra de su propia inanidad y nadería, y que otro lo reemplace, acaso mejor, acaso peor, en la sociedad del porvenir. Confieso que tengo poca curiosidad por el futuro, en el que, tal como van las cosas, tiendo a descreer. En cambio, me interesa mucho el pasado, y muchísimo el presente, que sería incomprensible sin aquél. En este presente hay innumerables cosas mejores que las que vieron nuestros ancestros, desde luego: menos dictaduras, más democracias, una libertad que alcanza a más países y personas que nunca antes, una prosperidad y una educación que llegan a muchas más gentes que antaño y unas oportunidades para un gran número de seres humanos que jamás existieron antes, salvo para ínfimas minorías.





Mario Vargas Llosa (Arequipa, Perú, 1936, premio Nobel de Literatura 2010.



Me permito incluir este enlace que contiene una entrevista a Vargas Llosa sobre La civilización del espectáculo.


http://prodavinci.com/2012/04/17/artes/la-civilizacion-del-espectaculo-lo-ultimo-de-vargas-llosa/?utm_source=feedburner&utm_medium=email&utm_campaign=Feed%3A+Prodavinci+%28Prodavinci%29







Caracas, 18 de abril de 2012.