lunes, 15 de agosto de 2011

SAMUEL BECKETT. LO SIMPLE


 Esperando a Godot
















                                                                             Beckett











Fin de partida 


En el fondo, si no me sintiera morir, me podría creer ya  muerto.

Beckett


Cuando pienso en Samuel Beckett (Dublín 1.906-París 1.989), me viene inmediatamente a la memoria el nombre y la figura (palabra e imagen) de James Joyce (Dublín 1.882-1.941) Recuerdo la intensa miopía de Joyce y los lentes estilo “culo de botella” que usaba para intentar salvaguardar el resto de la visión que le quedaba. Conocí a Beckett como secretario y amigo íntimo de Joyce, además de que eran paisanos. Pero resulta que Beckett fue un escritor, en especial de obras de teatro que fue consagrado con el Nobel de literatura en 1.969. ¡Qué extraño!, - pensé. A Joyce nunca le otorgaron tan prestigioso premio.

Me detengo un instante. Reflexiono. Tal vez fue una cuestión de tiempo ya que Joyce murió, un tanto prematuramente, en 1.941, en Zurich, de una hemorragia gastrointestinal. Evoco que cuando leí una biografía de él, hace ya unos años, pensé que había sido una lástima. Hoy en día, morir de una hemorragia gastrointestinal no es tan frecuente.

Leí “Esperando a Godot”, obra publicada, por vez primera, en 1.952. Recuerdo que la representaron  en el colegio de mi hija mayor y ella me dijo que, sus compañeros lo habían hecho muy bien.

“Esperando a Godot” es una especie de oda a lo absurdo de la vida, a lo tragicómica que ésta puede ser, a lo terrible del aburrimiento pero también al mantenimiento de la esperanza en la llegada de alguien. Tienen fe. Esperan, creen en algo o alguien a quien no ven. Finalmente, Godot nunca aparece en la obra y puede ser cualquiera o nadie, a su vez. Vladimir  (Didi) y Estragon (Gogo) parecen ser dos indigentes que esperan a quien no conocen. Gogo tiene una especial falta de memoria y es Didi quien siempre está recordándole las experiencias vividas juntos. Se topan con dos personajes que representan las figuras del amo y del esclavo y viceversa. Pozzo y Lucky. Pozzo, el amo todopoderoso y, Lucky, el esclavo, aparentemente cretino que, baila (sólo se mueve en forma lineal, en realidad) y piensa  irracional y desordenadamente. Luego Pozzo se queda ciego y Lucky se venga con el arma de la indiferencia impregnada por su déficit mental y su “alma animal” humana.

No he leído la biografía de Beckett y, en verdad, poco me interesa y, estoy segura que éste desinterés, le parecería muy adecuado a Beckett.  No se trata de banalizar a este autor pues, él mismo se significa en esa banalización, esa simpleza extraordinaria patentizada en escritura y vida – lo que sé de refilón - tan singular. Quién sabe si se trata de que Beckett fuera un excéntrico perdido.                                                                                 

En una carta que Beckett escribe en París, en 1.952 y dirigida a Michel Polac dice: “No sé más sobre ésta obra que cualquiera que se las haya arreglado para leerla con atención. No sé con qué ánimo la escribí. No sé más acerca de los personajes que lo que ellos mismos dicen, hacen y les ocurre…Estragon, Vladimir, Pozzo y Lucky, su tiempo y espacio: si me las arreglé para familiarizarme ligeramente con ellos fue sólo porque pude mantenerme lejos de la necesidad de comprender. Tal vez a ti puedan darte respuestas. Déjalos arreglárselas por si mismos. Sin mí. Ellos y yo hemos terminado.”

¿Qué pensar de ésta disertación de Beckett sobre su obra más famosa, puesta en escena en innumerables oportunidades? ¿Qué era lo que no quería  o le resultaba indiferente comprender?  Es como cuando se arroja una moneda al mar, ante la presencia de jóvenes pobres que se tiran al agua a buscarla como si en ellos se les fuera la vida pero, quien la tiró, no le importa un pito si alguno la alcanza, si se  ahoga en el fondo del mar o si alguno la tomó y ello le sirvió para llevarse un pedazo de pan a la boca ese día.

En otra carta, fechada el 10 de abril de 1.956 y dirigida a un tal Mr. Smith, Beckett le dice: “Temo que soy totalmente incapaz de sentarme a escribir una “explicación” de la obra…El problema con la mayoría de los comentaristas es que por ver los árboles dejan de ver el bosque. Inténtelo y vea las cosas primordialmente en su simplicidad…No es una obra simbólica, en ningún sentido…No necesariamente es el autor quien está en lo correcto.”

Creo que estas dos cartas, además de “Esperando a Godot dicen mucho de la personalidad, de la actitud ante la vida y ante la misma literatura que tenía el irlandés quien optó por la lengua francesa para su escritura.

Probablemente, el corolario final de “Esperando a Godot es que la vida es una espera prolongada y que tal terrible espera es ineluctablemente inevitable.

Imagino que alguien le pregunte, muy filosóficamente a Beckett: ¿Y qué es lo que está al final de esa espera?  Beckett responde: la concepción de la muerte es problema de cada quien. Ni siquiera sé, si el final de la vida es la muerte y, por otra parte, no me interesa saberlo.

Además de “Esperando a Godot leo “Fin de partida” terminada en 1.956. Es una obra que se inscribe, estructuralmente hablando, en la anterior. Cuatro personajes con una vida miserable. Hamm ciego y paralítico, siempre quiere estar en el centro del espacio físico donde habita o, mejor dicho, donde sobrevive. Me pregunto, ¿por qué? ¿Buscando protagonismo a pesar o precisamente por su condición tan infeliz? Superficialmente pareciera el amo pero, tal vez, sea el esclavo mayor y no Clov que le sirve con obstinación aunque mostrando signos evidentes de cansancio, de tolerancia colindando con el fin de la misma.  Clov quiere orden, un orden en el que subyace su deseo de  muerte: “ – Me gusta el orden. Es mi sueño. Un mundo donde todo estuviera silencioso e inmóvil y cada cosa en su último lugar, bajo el polvo último.”.

Nagg y Nell son los padres de Hamm, ambos mutilados de las piernas en un accidente. Viven, sí, viven en botes de basura. El techo es la tapa y el límite de sus círculos vitales. Nell, la madre,  muere pronto y Nagg todavía tiene tiempo para contar un chiste y hacer algunos reclamos al hijo por su trato déspota. Le dice: “después de todo soy tu padre. Es cierto que de no haber sido yo hubiera sido otro… ¿A quién llamabas por la noche cuando eras pequeño y tenías miedo? ¿A tu madre? No. A mí.”

Ciertas frases de la obra, permiten hacer asociaciones, tales como, llorar es signo de vida. Dice Hamm: “El fin está en el principio y sin embargo uno continúa.”  ¿Concepto de infinitud?

Aunque Beckett lo niegue, algo nos ha querido decir: circularidad de la vida, imposibilidad de escapar a nuestro sino, simpleza y paradoja, dominar y ser dominado.


Caracas, 14 de agosto de 2011.

miércoles, 10 de agosto de 2011

LOS TESTÍCULOS JÓVENES. Un relato















La tarde del 26 de septiembre de 2000, Elena Ruiz se sintió abatida. Había llegado temprano al hospital donde trabajaba desde hacía varios años en el área de cirugía. Tenía meses que iba y venía de Guatire en camionetica. La autopista Petare Guarenas se había convertido en una auténtica guillotina y, a pesar de los robos y atracos que también  sucedían en los transportes públicos, se sentía más tranquila de no tener que manejar. Por otro lado, aprovechaba para leer, lo cual era para ella una verdadera pasión.                                                                                             
Después de haber pasado revista en su sala correspondiente, fue al servicio de emergencias.  Mucho antes de entrar percibió un olor fétido, nauseabundo, sin embargo, esto no le causó extrañeza, ya que esos efluvios putrefactos no eran cosa rara dentro de un hospital. Entró y habló con su residente de guardia quien le informó que sólo tenía pendiente dar de alta a un joven que había ingresado la noche anterior por una inflamación testicular. Eso era todo.
De allí, Elena se dirigió a la residencia médica. Quería continuar la lectura de un libro de cuentos de un autor japonés llamado Junichiro Tanizaki.  Todos los que había leído hasta ahora le habían gustado sobremanera. Deseaba poder desarrollar esa capacidad para escribir cuentos pero y  aunque acababa de terminar un mini taller de escritura creativa sobre el tema, hasta  la fecha sus intentos habían resultado fallidos.
Así, entró a su habitación. El cuarto estaba caliente a más no poder. Se dirigió hacia el aparato de aire acondicionado que entre todos sus compañeros habían adquirido. Al  accionar el suiche, éste emitió unos destellos y el aparato no arrancó. Elena profirió una grosería, harta de las miles de fallas que día a día agobiaban al hospital. No le quedó más que dejar la puerta abierta con la esperanza de que, al menos una brisa penetrara.       
Se acostó y abrió su libro. Terminó de leer Una  flor azul, sencillamente excelente, se dijo Elena. A continuación venia Un puñado de cabellos.  Antes de iniciar la lectura, reflexionó, por instantes, en lo particular que era la cultura japonesa y la forma que ello incidía sobre la literatura que producían. Empezó a leer y a los pocos segundos, el sonido de su escuálido teléfono celular se hizo presente. Era su residente quien le informaba que había llegado un paciente herido de una puñalada.  
Elena se levantó y se lavó la cara que ya la sentía impregnada de un sudor pegajoso, desagradable. Bajó a la emergencia pensando que tal vez  hoy no sería una guardia de lecturas, situación que, en realidad, no se daba con frecuencia.  
El largo pasillo que conducía de la residencia a la emergencia estaba impecable. Lucía como un espejo. Potentes rayos de sol se reflejaban sobre él generando una imagen de incandescencia que envolvía a todos quienes transitaran por allí en horas vespertinas. Su limpieza era responsabilidad de una empresa privada. Se preguntó por qué tantas veces las tareas bien hechas tenían que ser llevadas a cabo por los entes privados. Mientras iba caminando vio a un grupo de gatos deambulando con aquella elegancia que los caracterizaba. Los gatos formaban parte de la vida de cualquier hospital.
Elena se dispuso a examinar al joven de 20 años que había llegado y que yacía nervioso en una de las derruidas camillas. Lucía recién bañado y  peinado. Su camisa blanca estaba manchada de sangre por su lado izquierdo y presentaba un pequeño corte longitudinal, desflecado. En la piel subyacente se veía una pequeña herida con escaso sangrado.
Elena comprobó que la herida había penetrado hacia la cavidad abdominal aunque no había signos externos de haber causado ninguna lesión importante. Aún así debía realizar una exploración en quirófano y se lo hizo saber al joven. Indicó al camillero que lo pasara al área quirúrgica pero le informaron que el quirófano estaba ocupado en ese momento. Debía esperar.
Elena no quiso subir a la residencia y decidió aguardar en pabellón. Allí el aire acondicionado estaba a todo dar. Se arrepintió de no haber traído el libro de Tanizaki o la novela de Carson McCullers, El corazón es un cazador solitario o la Obra poética de Rilke, ésta última una segunda edición del año 1.956 que había encontrado en un librero de viejo, debajo del elevado de la avenida Vollmer, por el irrisorio precio de 20 bolívares y que consideraba toda una joya.
Recogió del suelo un periódico que tenía fecha de una semana atrás. Decidió leerlo y, aunque Elena no era muy amante de la salsa, evocó una de las pocas canciones del género que le hacía querer bailar: “un periódico de ayer” de El Cantante de los Cantantes Héctor Lavoe. El diario reflejaba, en su mayoría, accidentes y muertes. Repentinamente entró en el área una de las más antiguas enfermeras del hospital, una de las veteranas pues y le dijo, Dra. – ¿usted puede hacerme un favor? Sí  –respondió Elena con la siempre buena disposición que tenía a la hora de ejercer su trabajo.
La enfermera le dijo que si podía ver a un paciente en la emergencia, que olía muy mal. Ella lo había bañado y, según le habían dicho, se trataba de que al paciente le olían mal los pies pero aún así continuaba el mal olor. Elena recordó la pestilencia que había percibido en la mañana. Se levantó y se fue con la enfermera.
En la camilla número dos, se encontraba un joven como de dieciocho años, su cabello estaba rapado, era blanco y muy alto. Sus pies sobresalían, con mucho, de la camilla y su cara, su cara exhibía un dolor profundo. Sólo tenía cubierta sus áreas más íntimas con un paño blanco.  Elena le preguntó su nombre y aunque acercó su oído derecho hacia la boca del joven no pudo entender lo que él decía. Su pulso era casi indetectable y un rápido examen le permitió palpar una crepitación en la parte baja de su abdomen y cuando se dispuso a ver el área genital,  Elena vio lo que nunca había visto después de haber ejercido durante más de veinte años su profesión.
Toda la región escrotal estaba muy aumentada de tamaño y presentaba signos de necrosis y la fetidez, a todas luces, provenía de allí. Llamó a las enfermeras. Hizo que le tomaran otra vía periférica y le colocaran una solución expansiva, pidió un equipo de cirugía menor y llamó, auténticamente irascible a su residente, preguntándole el por qué no le había informado de ese caso.
¿¡Era ese, acaso, el paciente de la “inflamación testicular” que él le había comentado en la mañana!? ¿¡Esto “era todo” lo que había!? El residente no atinaba a abrir la boca. Lucía perplejo e incapaz de articular palabra.  Resultaba obvio que a él le habían entregado la guardia y no había examinado al paciente. Probablemente todo era fruto de una lamentable cadena de excesiva confianza o de falta de preocupación, ¿quién sabe?  Aún así, Elena sabía que el cuadro que tenía el joven era de  varios días y que la consulta era excesivamente tardía.
Elena, ayudada por el residente realizó un lavado abdominal con la finalidad de detectar alguna lesión intestinal que hubiese sido pasada por alto. Pidió le fueran colocados de inmediato los antibióticos necesarios pero no había en el hospital. Ese “no hay” perverso, esas dos simples palabras que podían convertirse en determinantes en la vida de una persona, desde hacía bastante tiempo eran parte de la cotidianidad. Ojalá  sólo en su hospital pero no, ningún hospital público del país escapaba de ellas. Tuvo que optar por lo que había con independencia que lo que hubiera no tuviera ningún efecto teórico ante lo que debía ser una bacteria tremendamente agresiva que, literalmente, se estaba comiendo vivo a ese muchacho.  
Indicó que pasaran al paciente a quirófano no sin antes hacer contactos para trasladarlo, apenas lo operara,  a un hospital que contara con terapia intensiva. Mientras hablaba, mientras suplicaba, caminaba de un lado a otro. Gotas de sudor no sólo perlaban su rostro. Las mismas descendían por su pecho, por su espalda. Agotó el saldo de su teléfono y no había logrado obtener el compromiso de una cama para el paciente. Conseguir una ambulancia para trasladarlo hacia la capital era otra circunstancia con la que debería enfrentarse.
Elena se detuvo un instante. Se acercó al joven. Lo vio a la cara. Sí, ese rostro mostraba algo que había mirado muchas otras veces y experimentó un escalofrío. Se trataba de una faz que exhibían los pacientes muy cercanos a morir, donde ya no pedían nada, donde ya no querían decir nada pues se sabían ubicados en un límite que trasponía el de la vida habiendo entrado en una fase sin retorno hacia lo que llamábamos la muerte que era, en última instancia, una ausencia, una ausencia perenne. Esa era su experiencia, no obstante, no se desanimaba. Siempre había que luchar, hacer lo posible como si la pugna contra  la muerte fuese una batalla de nunca acabar, más en un muchacho.                                                                                       
Bajo éste ambiente de excitación, Elena preguntó por el familiar del joven, del cual ya sabía que se llamaba Daniel. Una mujer, que aparentaba cincuenta años  y cuyos ojos mostraban sendas ojeras se le acercó, identificándose como su mamá. Elena tomó las manos de aquella mujer y le dijo que debía operar a su hijo y que sus condiciones eran muy malas. 
Pero, ¿¡de qué me habla usted!? - gritó la mujer,  llorando, zafándose de sus manos. Si estoy esperando que mi  esposo nos venga a buscar, ya me lo dieron de alta, agitando en su mano los récipes que ya le habían dado.  A Elena, no le quedó más que reiterarle a aquella madre lo que debía hacer y el carácter grave del estado de salud de su hijo.
Daniel Salas era un joven de 22 años. Su madre lo había tenido muy joven con el primer amor de su vida, el cual, al saber que ella estaba embarazada,  se perdió del barrio donde vivían. Su madre tenía una franca preferencia por él. Ver a éste hijo era como ver a Erasmo que, a pesar de haberla abandonado, no había dejado de ocupar un lugar en su corazón.  Luego, la madre había tenido cuatro hijos más.
Daniel  había estudiado hasta  tercer año de bachillerato y desde niño ayudaba a su madre haciendo diversos trabajos callejeros. Desde pequeño fue un niño alto para su edad y le encantaba jugar básquetbol. Tenía unas espléndidas cejas, unos profundos ojos negros, unos hermosos dientes y una sonrisa preñada de ingenuidad lo que le confería cierto aire de infantilidad permanente. Nunca había sido muy enamoradizo aunque las muchachas lo buscaban con frecuencia  y él se dejaba querer.
Después que dejó el liceo, había estado trabajando a destajo en varias obras de construcción, ayudando a cargar sacos de cemento y a recoger escombros. Desde hacía cinco meses había conocido a una joven de un pueblo vecino y se sentía enamorado o al menos, sabía que lo que sentía era muy especial.  Dos veces por semana viajaba en autobús hasta El Río para visitarla. Se veían a escondidas pues el padre de ella se negaba a que sus hijas tuvieran alguna relación, sin dar mayores explicaciones. También tenía conductas muy agresivas, según contaba la muchacha.
Una semana antes de que Daniel ingresara al hospital, había visitado a su novia. Era domingo. Ella estaba sola en su  humilde casa y, bajo el ardor de los besos y las caricias, llegaron hasta el cuarto que la joven compartía con sus dos hermanas. Continuaron besándose y los dedos de ambos se recorrían con torpeza, sintiendo en sus pieles una emoción que no lograban definir. Sus suspiros se entremezclaban y Daniel le decía a Elvira al oído, mordiéndole la oreja, que se sentía feliz, que la amaba.
Hacer el amor fue una consecuencia natural aunque el miedo no estuvo ausente. Posterior al acto, primera experiencia para ambos y que los había dejado llenos de una dulcísima serenidad, se quedaron medio adormilados, abrazados, transpirando una ternura que ninguno de los dos pensó que pudiera experimentarse.
De pronto, escucharon un ruido, Daniel intentó levantarse. El padre de Elvira, arrastrando un fuerte olor a alcohol, entró en la habitación y cuando Daniel pudo reaccionar el hombre lo había agredido en la peor zona donde tal vez se puede agredir a un hombre. Se trató de una agresión salvaje, ruin. Daniel no recuerda bien cómo logró salir de aquella casa, apenas teniendo chance de agarrar su ropa tirada en el piso, mientras Elvira  intentaba cubrir su cuerpo con la sábana, presa de una mezcla de vergüenza y miedo. Suplicaba a su padre que parara ya. Un Daniel, pálido, sudoroso, adolorido, aún quiso que ella se fuera con él, temeroso de su integridad pero ella le contestó que no, que arreglaría las cosas.
Ese día, cuando Daniel llegó a su casa, fue directamente a su cuarto. Tenía un dolor intenso en diversas partes del cuerpo.  Se quitó la ropa, se acostó y se tapó hasta la cabeza. Se sentía avergonzado, terriblemente avergonzado.
Su madre, que trabajaba en una pequeña parcela que tenían adyacente a la humilde vivienda, regresó temprano pues la lluvia le había echado a perder los planes de siembra que tenía para ese día. Se dispuso a montar una olla de sopa de res. Y fue casi una hora después cuando se dio cuenta que Daniel estaba en su cuarto. Le pareció extraño pues él le había dicho que ese día tenía bastante trabajo en la obra.
La mujer se acercó a su hijo y suavemente le destapó la cara. Vio un morado en la mejilla derecha del joven, se alarmó y lo despertó. Daniel, Daniel hijo, ¿qué te pasó? – dijo. Daniel, medio somnoliento, abrió los ojos y le respondió a su madre que estaba cansado y que quería dormir un poco y que luego iría a trabajar. La madre, salió del cuarto preocupada pero se dijo que después hablarían.
En la vieja cocina de gas, ya hervía el agua en la olla. La madre puso una buena cantidad de costillas de res, agregando sal al gusto.  Al rato le puso cebolla, ají dulce y cebollín, bastante, como le gustaba a su esposo y a sus hijos. Peló el ñame, el apio, el ocumo, la yuca, la auyama y papas. Buscó en la vieja nevera tres jojotos, le quitó las hojas y las barbas y los cortó en varios pedazos.
Mientras realizaba lo que para ella era un acto cotidiano volvió a pensar en qué habría podido ocurrirle a Daniel.  Sabía que su hijo era tranquilo, que no era un busca pleito, que bebía poco y que se había enamorado de una joven en El Río. Él mismo se lo había contado y ella le había dicho que respetara a la muchacha. Que fuese serio con ella.
 La madre poseía una inteligencia natural, comprendía que no ganaba nada con hablarle a Daniel mal de su papá, todo lo contrario, que lo que podría era hacerle daño. Desde pequeño ella le había contado lo sucedido  con su padre. Quería que su hijo fuese distinto a Erasmo y le narró la historia sin una pizca de sin sabor pues al final resaltaba que allí estaba él, un hijo bueno y que él era lo mejor que le había ocurrido en el mundo.
Dos horas después, Daniel entró en la cocina. Se había bañado. Sé sentó en una de las sillas del pequeño juego de comedor de pantry que tenían. No habló. Su madre le sirvió un gran plato de sopa que olía deliciosa. Tenía la esperanza de que fuese lo que fuese que le ocurriera a Daniel, la sopa lo mejoraría.
Para su sorpresa, Daniel comió poco, se levantó, haciendo un gran esfuerzo, intentando disimular una mueca de dolor que su madre no pasó por alto. Pero mijo, ¿qué te pasa? – dijo, angustiada. Nada mamá, me voy para la construcción – expresó  Daniel, sin levantar la mirada. Salió lentamente y ya en la puerta gritó – ¡la bendición mamá! La madre dijo – ¡Dios te bendiga mijo!, ¡cuídese!, ¡cuídese mucho! Ah, mijo y ¿¡ese golpe que tiene en la cara!? Pero ya Daniel se había ido. La madre, llena de ansiedad, se dirigió a su cuarto, tomó una velita y la encendió ante San Agustín, santo al que profesaba gran fervor, desde que de niña había trabajado como sirvienta en casa de una familia martiniqueña devota del Santo negro, del santo africano.
Daniel se fue a la construcción, ésta vez no se había ido caminando como acostumbraba sino que esperó una destartalada camionetica que a veces pasaba por allí. Tenía un fuerte dolor en la espalda y entre sus piernas. Aún así, no pensó, en ningún momento acudir a un hospital para que lo vieran. Mientras esperaba, se recostó de un viejo roso blanco a orillas de la carretera.
Buscaba relajar su cuerpo y la sombra que lo protegiera de las inclemencias del Sol. Espasmódicamente, pasaban carros a gran velocidad levantando una polvareda que sentía penetraba por todo su cuerpo. Minutos después y abstraído de todo lo que lo rodeaba, los pensamientos de Daniel viajaron hacia Elvira, hacia su suave y oscura piel, hacia sus gruesos y tersos labios, hacia los senos más hermosos que jamás pensó ver, hacia la sensación de alegría y bienestar que sentía desde la primera vez que la vio bañándose con unas amigas en el río Terco, cercano a la población de El Río donde él había ido en compañía de su padrastro a reparar un camión accidentado.
Su padrastro era mecánico y había querido que Daniel lo fuera pero él no mostraba aptitudes para ello. Sin escalas, pasó a preguntarse cómo estaría ella, si su padre la habría golpeado también para, finalmente, evocar la cara del padre furioso quien, provisto de un palo lo golpeaba una y otra vez, diciendo  un sinfín de groserías y, el primer golpe certero sobre sus granos. El dolor agudo, intenso, prolongado que, lo paralizó.
¡Corre, corre Daniel! Fue el grito de Elvira, ya transformado en clamor, lo que lo hizo sobreponerse a ese dolor físico que por más que lograra adjetivar siempre se quedaría corto en su descripción. Por otro lado estaba, el golpe a su hombría. Se sentía presa de una gran humillación.                                                         
Al rato y para suerte de Daniel llegó la camionetica aunque tuvo que ir agachado pues no había puestos libres. El dolor se acrecentó y pensó que no podría bajarse. Al llegar,  su mejor amigo, José, quien trabajaba con él, se le acercó preguntándole que por qué había llegado tarde, que el capataz de la obra estaba molesto pero,  al ver el rostro de su amigo, pasó a preguntarle qué le ocurría. Daniel le contó lo sucedido y ese día José trabajó doble para cubrirlo. Tenía la esperanza de que Daniel se recuperara pronto. Experimentó mucha rabia por lo que Daniel le había contado. Se conocían desde niños y lo sabía serio y responsable. Confiaba en que  lo sucedido  quedara pronto en el olvido.
Daniel intentaba hacer alguna que otra cosa. No obstante, no dejaba de pensar en cómo estaría Elvira. La quería, sí, estaba seguro que la quería y no dejaría que la agresión del padre lo alejara de ella.
Daniel regresó por la noche a su casa. Venía con José quien lo sostenía por los brazos. Habían pasado por un bar cercano y Daniel se había gastado todo el dinero de la paga diaria en un sin número de cervezas. La madre, quien tenía rato esperándolo, se sorprendió de verlo en ese estado. Nunca había visto a Daniel bebido. José lo acompañó hasta su cuarto y entre él y su madre lo desvistieron.
La madre pegó un alarido al ver un gran hematoma en la región sacra y en la entrepierna. ¡Pero José!, ¿qué le pasó a Daniel?  – espetó con gran alarma. José sin saber bien qué decir pero conociendo como conocía a Daniel, estaba seguro que no le había contado nada a su madre, así, tan sólo atinó a mencionar que Daniel se había caído por una bajada cuando llevaba un saco de cemento sobre los hombros. Se había caído de nalgas.
La madre buscó de inmediato el frasco de pez rubia que acostumbraba a colocar sobre cualquiera de los golpes que se daban sus hijos. Intuitivamente rezó. Daniel se dejó hacer pues a esas alturas dormía profundamente.
A la mañana siguiente, la madre ni dejó que Daniel se levantara de la cama. Le reclamó por qué no le había dicho lo de la caída para ella ponerle remedio. Que esos golpes a la larga hacían daño  y él estaba muy joven.  Le llevó dos buenas arepas a la cama con huevos revueltos y una taza de café con leche. Daniel no tenía apetito pero no quería preocupar a su madre y la historia de la caída, aunque ignoraba de dónde su madre la había sacado, pensó que era lo mejor, que creyera que eso era lo que había pasado.
Comió ante la mirada vigilante y poco después se volvió a quedar dormido. No quería pensar, no quería recordar. Nunca antes había pasado por algo como aquello y en su ser hombre se sentía injuriado, aún así, pensaba que el padre de Elvira tenía derecho a molestarse y pedirle explicaciones. Él se las hubiera dado e incluso le hubiera reafirmado que no jugaba con su hija, que la quería y que le respondería siempre.
A la mañana siguiente, Daniel se quedó en su cama. Creyó haber soñado: estaba en un parque de diversiones donde no había más nadie. Los variados aparatos lucían desgastados, oxidados, en especial un tiovivo. Todas las cabezas de las figuras de animales que lo conformaban estaban arrancadas pero el tiovivo giraba y giraba, emitiendo una conocida canción infantil.
 Caminaba de un lado a otro, huía de algo que no lograba precisar. Súbitamente se topó con un grupo de palomas arreboladas en el piso. ¿Qué comían? –se preguntó. Al acercarse, vio en el centro del grupo a un pequeño gato negro muerto, ya casi no tenía vísceras y las cuencas de los ojos estaban vacías. Supo que había hecho algo malo. Luego se vio en la autopista Guarenas- Petare. Iba a hacer una diligencia en Caracas. Justo en el puente, en sentido contrario y por la acera, vio caminar a diez perros Doberman, en fila india, lo miraban con tristeza. Parecían unos robots...
Cerca del amanecer se había despertado con la incertidumbre del sueño y una sensación punzante en la espalda y los genitales.  Sintió muchos escalofríos que lo hicieron tiritar llenándolo de ansiedad. Tuvo ganas de orinar. Sé paró con gran esfuerzo, fue al baño, sigiloso pues, no quería despertar a nadie. Al intentar orinar, se dio cuenta que no podía y al pujar, sintió como si le estuvieran metiendo una cabilla caliente por el pene. Aún así, logró orinar unos pocos cc. La orina estaba teñida con finos hilos de sangre y escasos coágulos.
Regresó a la cama y allí no pudo evitar llorar. Unas lágrimas calientes brotaban de sus ojos sin cesar y le nublaban la vista. A pesar de ello, las imágenes del placer que había vivido con Elvira y por otra parte las de la agresión sufrida se mezclaban como flashes convulsos en su cabeza. Jamás pensó que alguien pudiera haberlo golpearlo así. Quería a Elvira y pensó en ser serio con ella. Formar un hogar a pesar del poco tiempo que tenían conociéndose.
 Impregnado de éstos recuerdos, Daniel se sobresaltó al ver a su madre junto a él, preguntándole cómo había pasado la noche. Respondió que mejor pero su madre le puso una mano en la frente. Mijo pero tú tienes fiebre, estás ardiendo - aseguró la mujer con la experiencia que daba el  haber lidiado a cinco hijos. Por otra parte, ellos vivían en un caserío y no tenían médicos cerca así que la madre no sólo era madre, mujer, ama de casa, sino también el médico de sus hijos.
 La madre regresó a la cocina y luego se dirigió al pequeño jardín donde tenía sembrado todas las matas que usaba en su medicina casera y que hasta ahora le habían dado resultado. Arrancó unas hojas de llantén, las lavó, las untó con aceite de comer y tomó el infaltable frasco de pez rubia que acostumbraba a diluir en aguardiente y se dirigió al cuarto del hijo.
 Le puso las hojas de llantén sobre la frente que ya ardía sin ningún escrúpulo y, sin preguntar, levantó la sábana blanca humedecida que lo cubría. Apenas tuvo tiempo para reprimir  un grito cuando vio las partes de su hijo muy enrojecidas.  Mijo ¿esto fue de la caída? Sí, mamá, contestó Daniel, aguantando  el rubor de que su madre lo viera desnudo pero ya ni tenía fuerzas para oponerse.
La madre le puso unos pañitos embebidos de pez rubia sobre el escroto y Daniel sintió alivio, como una especie de frescor que mitigaba el dolor que sentía. Mijo, hay que llevarte a un médico. No mamá, con lo que usted me ponga  mejoraré. Está bien mijo, pero si de aquí a mañana no alivia lo llevaremos a un hospital para que lo pongan bueno.
Transcurrieron dos días más en los cuales había sido imposible sacar a Daniel de la casa. La madre esperaba a que un vecino consiguiera una camioneta pick up que le habían prometido para hacerle el favor de llevarlos al hospital más cercano. Sólo a las diez de la noche de ese día pudieron llevarlo. Sacarlo de la casa fue un suplicio pues por donde intentaban levantarlo, hacía que Daniel frunciera la cara transluciendo un gran dolor, aunque no dijera nada, aunque no se quejara.  El dolor físico que sentía en sus testículos se le había atenuado, es más, ya casi ni los sentía pero la fiebre no había bajado en ningún momento.
Daniel Salas, de 22 años, ingresó a la emergencia del Hospital Santaella a las 12 pm. Fue atendido por el  médico residente quien, ese día, realizaba su primera guardia. Daniel llegó a emitir bajo una débil voz, casi susurrante, que le dolía un poco los testículos y que tenía fiebre. El médico  le indicó un analgésico y decidió dejarlo esa noche mientras le hacían los exámenes de laboratorio.
La emergencia del Santaella bullía. Después de que el residente escribiera las indicaciones sobre Daniel, llegaron, sucesivamente,  tres  pacientes heridos de bala que ameritaron ser intervenidos quirúrgicamente. Era viernes. Los viernes siempre era así. Aumentaban como la espuma de una cerveza batida los pacientes heridos, los accidentes de tránsito, las peleas callejeras. El olor emitido de las bocas de muchos pacientes también era un olor típico, el de las personas que habían ingerido ingentes cantidades de bebidas alcohólicas.
El médico residente y el cirujano de guardia salieron cerca de la siete de la mañana  del quirófano y, el primero, agotado, apenas fue a la emergencia y entregó el único caso  pendiente al residente entrante el cual asumió que Daniel tenía  una orquitis y que sólo debia ponerle tratamiento y darlo de  alta.
Eran ya las cuatro de la tarde cuando la Dra. Elena Ruiz, apoyo el bisturí sobre el escroto de Daniel. Un chorro de pus, fétido, verdoso, salió.  Introdujo su dedo índice para bordear  unos testículos parcialmente fracturados  obteniendo más pus, coágulos y material necrótico.  Empezó a lavar con abundante solución salina.  En ese instante, el anestesiólogo le informó que el paciente no tenía tensión arterial.
Ella pidió que hiciera lo imposible por restablecérsela y que de allí el paciente sería trasladado a una unidad de terapia intensiva  -ignoraba dónde podría conseguirle un cupo-  única opción real de ofrecerle al joven una posibilidad de vivir. 
Obtener un cupo en terapia intensiva  en un hospital público se había convertido, desde hacía muchísimo tiempo, en algo cuesta arriba, casi en un acto de magia.
 Después de un lavado exhaustivo, Elena colocó dos drenajes y cerró laxamente la incisión. Sabía que de sobrevivir a ese estado de sepsis, el joven ameritaría varias limpiezas quirúrgicas, sino era que uno o sus dos restos de testículos debían ser extirpados más temprano que tarde.
 En un estado de hipotensión severa, el joven fue llevado al área de recuperación. El anestesiólogo le dejó colocado el tubo endotraqueal en vista de su condición tan inestable. Elena salió del quirófano, habló con la madre de Daniel. Además de la madre, en la sala de espera –la que no era más que un pasillo-  habían  varias personas más. Una joven trigueña, de contextura gruesa, se les acercó y escuchó lo que Elena le decía a la madre. Ésta comenzó a llorar presa de una gran desesperación y la joven bajó la cabeza. Elena le preguntó si era hermana de Daniel. Ella respondió, irradiando una gran tristeza que era su novia. ¡Fue mi papá!, ¡fue mi papá! –agregó la joven. Elena dijo, llevándosela aparte  –a ver dime qué ocurrió con Daniel.
 Ella le narró todo lo que había acaecido el día que Dani fue a su casa y lo que su papá le había hecho. ¿Sabe usted? ¡Y es que si mi papá fuera un santo! Pero no. Aparte de mis dos hermanas y yo, tiene otros nueve hijos en tres mujeres distintas. - ¿¡Qué moral tiene!? - ¿¡Con qué derecho le hizo esto a Daniel!?  -No, no era justo. Si Daniel muere, ¡yo misma lo denunciaré! , vociferaba la joven sin pausas.
Sólo hasta ese día,  Elvira  se había podido comunicar con un amigo de Dani –José- quien le dijo que estaba en el hospital. Ella se había escapado de su casa y no sabía bien cómo había llegado hasta allí. La Dra. Ruiz le dijo que más tarde hablarían pero que las condiciones de Daniel eran gravísimas. El llanto de la joven aumentó.
La Dra. Ruiz subió a la residencia médica. Necesitaba darse un baño, fumarse un cigarrillo y regresar a recuperación. Experimentó una profunda rabia por lo que la joven le había narrado. Rabia, angustia, tristeza. Justo en el momento que puso la mano para girar el pomo de la puerta de su cuarto, una de las camareras le dijo que la necesitaban urgente en pabellón. Elena dio vuelta en redondo y echó a correr.
Cuando llegó a recuperación le informaron que Daniel acababa de morir. No había recuperado la consciencia. Por vez primera, la Dra. Elena Ruiz se quedó sin palabras. Miró los ojos abiertos del joven. Se los cerró con suavidad. Inició una oración íntima por el descanso de su alma. Las lágrimas acudieron a sus ojos como ríos  pero se contuvo.
 Sus sentimientos eran encontrados entre el dolor de la muerte de un joven que prácticamente comenzaba a vivir y por el otro,  la bestialidad de un hombre, craso ignorante a quien no se le ocurrió mejor forma de ponerle freno al impulso sexual tanto de su hija como de Daniel de la manera más brutal posible.  Le había destrozado los testículos. Por otra parte, la vergüenza, el pudor del joven, lo había inhibido para buscar ayuda y haber impedido que llegara a ese estado donde no había vuelta atrás. Efectivamente, no había habido vuelta atrás.
A la mañana siguiente, Elena se despertó súbitamente. Su corazón latía con premura. Estaba bañada en sudor. Su primer pensamiento fue para Daniel Salas, aún así, no pudo evitar pensar que a Dios gracias, su guardia había concluido. Era hora de retornar a su casa. Se levantó, se aseó. Recogió el bolso que acostumbraba traer a sus guardias y, con lentitud empezó a meter sus cosas.
Vio el libro de Tanizaqui, el de la McCullers, el de Rilke. Todos habían sido ese día acompañantes silenciosos, aún así, acompañantes al fin y al cabo en ese diario batallar. Pensó en su gusto por la literatura y reflexionó sobre algo que había escuchado decir hacía poco. Sobre el hecho de que la literatura era una representación de la realidad o que era una explicación de ésta o algo parecido. No logró entender bien lo que, en primera instancia le pareció un juego de palabras…Tomó su bolso y salió de la habitación. Caminaba con lentitud. Sí, se sentía abatida.
 Pasó por su servicio y saludó a las enfermeras que tomaron el turno de las siete. ¿Cómo amanece Dra.? –dijo Juanita, la enfermera graduada que, pese a su juventud mostraba gran experiencia y dedicación por su trabajo. Aquí, Juana, algo estropeada –respondió Elena. Juanita no necesitó decir ni oír más, se levantó y acompañó a Elena a ver a los pacientes hospitalizados y se despidieron con un abrazo.
Con el bolso a cuestas, emprendió el camino de salida. La claridad de la mañana la sorprendió. Antes de llegar a la parada de carritos, se detuvo a tomar un café en uno de los  quioscos que rodeaban al hospital. Mientras saboreaba el humeante marrón oscuro, escuchó una música cercana, a todo volumen, y recordó, paradójicamente, a Daniel muerto. Deseó poder quitarse al joven de su pensamiento. Y no sólo a él sino a toda esa historia que tenía un tinte terrorífico y era, a su pesar, una historia real.
Se detuvo en la parada de carritos. Tenía que ir hasta el Terminal para luego continuar rumbo a Caracas. Mientras esperaba, vio entrar una furgoneta al hospital. Con seguridad vendría a recoger el cadáver del muchacho, a cerrar la última página de una vida cuyo desarrollo se cortó por adelantado. En verdad, ella también quería pasar la página.
Llegó un camionetica, bastante destartalada. Casi todas las que prestaban su servicio allí estaban en malas condiciones. Subió y se sentó. Sacó de su cartera el dinero para pagar el pasaje pues el trayecto de allí al Terminal era bastante corto. En menos de diez minutos había llegado. Se montó en la buseta de turno, se puso lo más cómoda que pudo y decidió leer un rato.
Un vallenato de un tal Celedón, según entendió por la conversa que mantenía su vecino con otro de al lado, rompía sin piedad el aire ya viciado dentro de  la buseta. Cerró el libro de McCullers. Dudaba que pudiese leerlo en un escenario como el que la rodeaba. El calor era insoportable.
Cerró los ojos y se recostó en su asiento. Dormiría desde allí hasta Caracas. Poco a poco la fue envolviendo un sueño ligero e inmersa en una especie de irrealidad,  tuvo frente a sí la cara de Daniel envuelta en un vapor frío como el que expide el hielo seco que contienen los carritos de helados. Esta vez, la imagen del joven no era de dolor. Sonreía, sí, Daniel sonreía.
Abrió los ojos. Sé secó el sudor de su frente con la mano. ¿Qué significaría esa visión? ¿Esa imagen incoherente ante lo vivido horas antes?  Pero verlo sonriendo  atenuaba su abatimiento. Imaginó una historia con un final distinto. A un Daniel superando la gravedad, con los órganos, que le conferían virilidad, sanos y continuando una vida con las peripecias que a cada quien le tocaba vivir. Sí, era lo que imaginaba y la retuvo allí  todo lo que pudo.
Volvió a la realidad manida, en ocasiones inasible e inexpresable. Pensó que en algún momento escribiría esa historia como parte de su experiencia que más que profesional era de vida.
Diez años después de haber ocurrido los hechos antes narrados, Elena Ruiz escribió la historia de Daniel. Sé percató que hay relatos que no pueden cambiarse, historias atrapadas en una realidad que no pueden maquillarse, dibujarse o desdibujarse ni con témpera escolar. Tampoco añadirle escarcha multicolor, lo que equivaldría a colocarle una guinda a una torta podrida. Podridas mentiras –pensó. La paradoja del Daniel sonriente no sé quedó en el olvido. Apareció como aquella vez. Ahora, su aparición si tuvo una explicación que la satisfizo y no paró de escribir.


Caracas, 10 de agosto de 2011.

lunes, 8 de agosto de 2011

Mientras agonizo. William Faulkner


"¿Qué es el hombre, ése semidios ensalzado? ¿No le falta la
 fuerza cuando más la necesita? Y cuando abre las alas en el
 cielo de los placeres, lo mismo que cuando se sumerge en la desesperación, ¿no se ve siempre detenido y condenado a convencerse de que es débil y pequeño, él, que esperaba 
perderse en el infinito?"    Goethe


"Lo que se considera ceguera del destino es, en realidad, miopía propia."

Faulkner






La novela, “Mientras agonizo” de William Faulkner, escrita en 1.930 (Editorial Seix Barral S.A. 1.984) es de aquellas que provocan  una profunda reflexión sobre las miserias del Hombre, no sólo como ser individual sino inmerso dentro del ámbito familiar que se supone llamado a ofrecerle un ambiente de desarrollo seguro y armónico.          

La novela está escrita en un lenguaje coloquial, no obstante, está llena de frases y de razonamientos con múltiples aristas, que nos encamina  hacia  reflexiones e interpretaciones sobre la complejidad del ser humano  en sus diferentes facetas e incluyendo las visiones que tiene sobre temas tan trascendentes como la verdad, la mentira, el pecado, el amor, el odio, lo religioso.                                                       

Los protagonistas de Faulkner, constituyen una familia rural norteamericana de la época, sumergida dentro de una gran miseria económica. Esa sustancia, aunada a las personalidades de cada uno, con sus actos pasados y presentes y las consecuencias que los mismos generan, son mezcladas por Faulkner para ofrendarnos esta excelente y dramática novela.

Mientras agonizo está escrita con la voz de múltiples narradores desde la perspectiva del monólogo interior, destacándose, con mucho, los de Darl, el segundo hijo, a su vez, con uno sólo de la madre. Tales monólogos se presentan con mucha coherencia, por lo cual podemos afirmar que Mientras agonizo no es una novela complicada, estructuralmente hablando, más sí una novela profunda. Los diversos monólogos revelan una obviedad: cada persona es cada persona, cada corazón es cada corazón.


El título, pareciera poseer cierta ambigüedad. Es sólo después de la lectura de la novela que podemos encajarlo, darle un sentido y aún así, estos podrían ser múltiples.


La escena central tiene que ver con el cumplimiento de una promesa que le hiciera Anse Bundren a su esposa Addie Bundren, relativa a que cuando ella muriera él la llevaría a enterrar a Jefferson, su ciudad natal. Es de resaltar que el marco de la solicitud es hecha en una etapa donde el amor de Addie hacia su marido se ha acabado –si es que alguna vez existió-  y más que una promesa, se anuncia como un gran castigo que no sólo incluye a Anse sino también a sus hijos y algunos vecinos.

Addie trabajaba en una  escuela y, había tenido una vida muy dura. Era una mujer solitaria y el odio no le era un sentimiento ajeno. No tenía, precisamente, amor por los niños.  Dice: Por la tarde, después de la salida de la escuela, cuando, sorbiéndose los mocos por su naricilla sucia, se había marchado el último arrapiezo, gustaba yo, en vez de volver a casa, bajar por el ribazo hasta la fuente, donde podía estar a mis anchas y odiarlos a todos juntoscomo mi padre solía decir, la finalidad de la vida no es otra sino la de aprestarse a estar muerto mucho tiempo.”  Y, más adelante: “…no podía menos de maldecir a mi padre por habérsele ocurrido engendrarme.”  Anse, el padre de la familia es un hombre singular y sus pensamientos y actitudes, revelados por él mismo, lo que piensan sus hijos y vecinos son realmente desquiciantes por lo que tienen de visión corta, limitada, egoísta, aún así, es un hombre que genera en el Otro el querer ayudarlo. Bajo el manto de lo religioso, bajo el manto del cumplimiento de su promesa, Anse es el padre que no deja de recordarle a sus hijos lo que él les ha dado, lo que él se ha sacrificado por ellos, el hecho de que tenía años necesitando una dentadura para comer la comida que todo hombre debe comer como Dios manda y de la que siempre se había privado anteponiendo el bienestar de sus hijos. Es curioso pero, Anse es un hombre que no suda, lo cual puede verse como la correlación inexpugnable de la mente y la biología, con absoluta independencia de las palabras. La personalidad de Anse hace que la travesía hacia Jefferson esté plagada de situaciones muy irracionales.                                               

Para Addie Bundren,  el nacimiento de su primer y segundo hijo, Cash y Darl respectivamente, es percibido como el fin de su soledad pero en un sentido negativo. Addie se siente atrapada. Ella dice: Y cuando supe que llevaba en mis entrañas a Cash, me di cuenta de que la vida es terrible y de que esas cosas son las que nos trae…Mi soledad había sido violada…Después me di cuenta de que estaba preñada otra vez. Al principio me pareció imposible. Después creí que iba a matar a Anse. Fue como si me hubiera jugado una mala pasada…” 

La familia habita en una granja, a muchas  millas distantes de Jefferson, subsistiendo del cultivo de sus tierras, bajo las inclemencias de un clima nada favorable. Buena parte del inicio de Mientras agonizo se expande bajo la mirada de una Addie moribunda, abanicada por su única hija hembra Dewey Dell, viendo a su hijo Cash, quien es carpintero, construyéndole, con esmero, su ataúd. Cash es un buen hombre, amante de su trabajo pero imbuido en una extrema sumisión ante la vida. La agonía de Addie dura varios días y la llegada del médico Peabody es sólo simbólica pues Addie muere ese mismo día. Aparte de los dos hijos ya nombrados, Addie tiene a Jewel, hijo adorado, rebelde e indomable pero que, como ella misma afirma: Él es mi cruz, como será mi salvación.”. Contradictoriamente, Jewel no quería a su madre pero sí, en efecto, él la salvará de las aguas y del fuego.  Además de Jewel, cuyo nacimiento constituye el gran pecado de Addie pues nace de la relación adúltera de ella con el reverendo Whitfield, existen Dewey Dell y Vardaman. Addie dice, Para compensar lo de Jewel, le he dado a Anse, Dewey Dell. Después le he dado a Vardaman, en sustitución del hijo que le había robado antes. De modo que ahora se encuentra con tres hijos que son suyos y no míos.”   Dewey Dell, de diecisiete años, tenía una relación con un tal Lafe. Un día fue descubierta por su hermano Darl pero nunca hablaron de ello y, desde ese día, Dewey  le guardó un secreto rencor a su hermano que al final cristaliza en una delación que lo lleva a la cárcel. Dewey queda embarazada e intenta abortar pero sólo consigue ser estafada y violada. Vardaman, el hijo menor, quiere a todos sus hermanos. 

Vive la muerte de la madre de una manera típicamente infantil. 
Darl es el único de los hijos que estuvo en la guerra, algunos lo consideran como el mejor y más sensato, otros lo ven como alguien raro. Vardaman llega a decir: Darl es el que mejor sabe caminar a tientas . 

Darl quiere a su madre y respeta al padre. Fustiga la conducta de su hermano Jewel y, casi al final parece que llega a pensar que Jewel no era hijo del padre, cuando dice: Oye Jewel: ¿quién fue tu padre? ¡Condenado crío! ¡Condenado crío!” . Todo este drama familiar, se va poniendo en escena posterior a la muerte de Addie y la puesta en marcha de la familia para darle fiel cumplimiento a la promesa de Anse... En la última parada que hacen antes de Jefferson para descansar, el ataúd es colocado en el granero de un vecino y Darl le prende fuego en un acto que parece traducir lo emocionalmente insoportable de la situación. No pueden andar más con el cadáver de la madre, es contra natura pero, Jewel lo saca del granero, salvando a su madre de las llamas y a costa de su propia vida. Cuando llegan a Jefferson y después de enterrada la madre, Darl es detenido por el incendio del granero. Darl había sido denunciado por su propia hermana. Ella, junto a Anse y a Jewell ayuda a dos guardias a apresarlo y es detenido para ser encarcelado en Jackson. La escena luce trágica, lo cuenta Cash: Pero cuando, terminada de llenar la fosa, salimos del cementerio, y los muchachos, que estaban esperando a la puerta, se le echaron encima, a lo que Darl dio un salto atrás para ponerse a salvo, fue precisamente Dewey Dell la que le agarrócuando él trató de escabullirse, fue ella la que saltó sobre él como un gato montés, con tanta furia que uno de los guardias tuvo que arrancarla a viva fuerza, para que no siguiera arañándole y tratando de desgarrarle la cara…y Jewel no paraba de decir -¡Matadle! ¡Matar a ese hijo de la gran zorra!" Una escena triste. Darl, enloquece cayendo en un estado de risa continua y en la repetición de un sí, sí, sí, sí. Vardaman dice: Se fue a Jackson. Se volvió loco y se fue a Jackson. Hay muchísima gente que no se ha vuelto loca, padre, y Cash, y Jewel, y Dewey Dell y yo no nos hemos vuelto locos…”   Cash, su hermano más cercano,  piensa:Aunque para él quizá resulten mejor las cosas tal y como están. Este mundo no es su mundo; esta vida no está hecha para él.” 


El final de Mientras agonizo, enmarcado dentro del inminente regreso de la familia a New Hope, tiene dos vertientes: el resalte del palmario egoísmo de Anse quien, a costa del dinero que le descubre a su hija Dewey (destinado a ser utilizado para abortar) se pone finalmente la dentadura y la presentación de una tal señora Bundren a su hijos. ¿Quién es esta señora? ¿Su nueva (o era una amante) mujer? ¿Un familiar de él?  Cash relata: “Éstos son Cash, y Jewel, y Vardaman, y Dewel Dell –está diciendo padre, con su aire de perro apaleado, pero lleno de orgullo al propio tiempo, por su dentadura recién puesta y todo lo demás; pero sin atreverse a mirarnos. Y luego, sin darle importancia- : Os presento a la señora Bundren.”


William Faulkner: (1.897-1.962): narrador y poeta norteamericano. Considerado como el probable único modernista de la década de 1.930. Tuvo una extensa producción novelística. Premio Nobel de Literatura 1.949.






Caracas, 8 de agosto de 2011.


viernes, 5 de agosto de 2011

Un Vampiro en Maracaibo









Norberto José Olivar



Hace apenas unas pocas horas, alguien me preguntaba : ¿qué te gusta leer más: novelas o cuentos?. No tuve que pensarlo mucho. Sin duda, novelas -respondí. Y...¿cuál autor venezolano te gusta más?, digo... ¿de los recientes?. En realidad en ese momento no supe bien qué responder. Mencioné a Fedosy Santaella y me quedé como en el aire. Esa persona -estimada- procedió a recomendarme a un escritor zuliano llamado Norberto José Olivar. Mencionó (y escribió) dos títulos: Un vampiro en Maracaibo (2008) y La Muerte, aclarándome sobre la dificultad que había en hallar dichos títulos.

De algo me sonaba el nombre de Norberto José Olivar pero nada preciso. Circunstancialmente, mi interlocutora tenía sobre su escritorio la ultima novela de Javier Marías, editada por Anagrama Los enamoramientos. Así supe que ella opinaba sobre el buen manejo literario que hacía Marías sobre las relaciones de pareja y las extrapolaciones que podían hacerse de esos manejos en la vida cotidiana. Yo mencioné que a mi me gustaba su literatura y que había leído unas cuantas de sus novelas así como el Discurso de Marías cuando ganó el Rómulo Gallegos en 1.995.

Por otra parte, yo llevaba en mi cartera una maltrecha edición (1.976) de Paradiso de Lezama Lima, novela que había leído hacía como cinco años y que había quedado en releer. De Lezama siempre he escuchado que  su literatura es difícil. Recordemos que el escritor cubano fue esencialmente poeta y ensayista y creo que sí, ciertamente hay una dificultad para interpretarlo. Ahora que voy casi por la mitad de mi relectura detallada de Paradiso puedo adelantar que no es una novela sencilla pero que ello tiene que ver con las influencias familiares y las particulares vivencias infantiles que tuvo este escritor, lo cual es una especie de hipótesis apresurada, muy poco creativa -lo reconozco-  que hago en este instante. Mi comprensión actual de Paradiso es muchísimo mayor que cinco años atrás. Bueno...

Pero siguiendo con el relato de mi conversa reciente...apenas llegué a mi casa y después de saludar a mis herederos, busqué información sobre Norberto Olivar y entre una cosa y otra, recordé nombres de otros escritores venezolanos recientes que he leído y que me gustan: Eduardo Liendo, Antonieta Madrid, Rodrigo Blanco, Héctor Torres, Karl Krispín...

Seguimos: me topo con las primeras páginas de Un Vampiro en Maracaibo y lo que leí me gustó. Las referencias intertextuales, la coherencia, el tema en sí: en un bar de nombre Irama, dos hombres, Sergio y Francisco esperan a su amigo Ernesto, profesor de Historia de la universidad. Como ambiente de fondo en el bar se escucha una canción de Sandro y está una tele encendida pero en mute y donde el narrador pareciera anunciar el fin del mundo. Nadie le hace caso, cada quien está en lo suyo.                                                
Al poco rato, llega Ernesto. Los tres amigos tienen noches reuniéndose y bebiendo con la finalidad de apoyar a Ernesto quien se ha separado de su esposa (Patricia). Ahora Ernesto vive en un cuchitril (también lo cataloga como una mierda) donde piensa pasará el resto de su vida. Sergio le dice a Ernesto que se va a casar y luego hablan sobre un proyecto que tiene para la universidad llamado "Circuito de representación de lo intangible", sustentado en las teorías de un tal George Hammel (un semiótico visual experto en lo intangible). Ernesto le va haciendo preguntas y Sergio explica que: las condiciones esotéricas del agua facilitan la aparición de espectros y que al estar Maracaibo rodeada de agua pues se convierte en una ciudad de fantasmas. Ello, por otra parte, explicaría la cantidad de iglesias que hay en su casco central. Tales iglesias funcionarían como un dique de contención de fantasmas, demonios, criaturas del mal. Agrega Sergio que la psicometría, como rama auxiliar de la Historia, sería de gran ayuda para registrar las vibraciones generadas por los espectros.
Luego, Ernesto se va a su cuchitril y comienza a reflexionar que en ese cuarto terminarán sus días y que escribiría pues era "...lo único que sé medio hacer y me apetece..." Estas primeras páginas concluyen con unos planteamientos sobre lo peligroso que es escribir novelas, incluso dice: "Y lo mejor que se puede hacer es no leerlas, créanme.". En estas lineas también resaltan unas citas pertenecientes a la canción del grupo Bacilos llamada Guerras pérdidas.


Parecerá extraño lo que escribiré ahora. Esa idea de lo peligroso que puede ser escribir y, en mi caso, leer novelas no me impresiona como algo descabellado. Para nada. Lo he pensado muchas veces. Recuerdo que, durante la conversa mencioné varias novelas del escritor austriaco Thomas Bernhard (todas reseñadas en este blog). Por algún (o algunos) motivo, las novelas de Bernhard me han atraído sobre manera pero no es un autor que recomendaría a alguien que esté deprimido ni mucho menos pues se trata de una novelística con temas recurrentes muy dolorosos. Como muestra cito aquí, el siguiente poema de este apreciado autor:

La flor de mi cólera crece salvaje 
Y cada espiga
Perfora el cielo
De modo que la sangre gotea de mi sol
Aumentando la flor de mi amargura
De esta hierba
Se lavan mis pies
Mi pan
Oh caballero
Flor inútil
En la rueda de la noche se estrangula
La flor de mi caballero del trigo
La flor de mi alma
Mi dios me desprecia
Estoy enfermo de esta flor
Que crece roja en mi cerebro
Sobre mi dolor.


Poema I, de In Hora Mortis. Thomas Bernhard.



Agradezco a la persona con quien mantuve esta conversación por haberla iniciado y la recomendación de Norberto Olivar.

P.D.: ahora sé dónde supe algo de Olvar. Fue en un artículo que leí sobre los finalistas del premio Rómulo Gallegos del presente año, por su novela Cadáver exquisito (2010).


Creo que vale la pena seguir la pista de Norberto Olivar.


Caracas, 5 de agosto de 2011.

jueves, 4 de agosto de 2011

LA SAGRADA VIDA























                           


“…como la propia  realidad,
Que no está acorde con nada  y…
Simplemente es.”
 M. Kundera.                                

Pensar y escribir sobre lo sagrado, me ha sumido en una especie de perplejidad. Le doy vueltas a la palabra en reiteración incesante. Expongo las siete letras ante una luz blanca pretendiendo nutrirlas de energía vital, de vigor, de interpretación significante. Surgen ideas aisladas, frases, párrafos pero nada con lo que me sienta conectada, con lo que me identifique. Dejo pasar los días. Sólo sé que lo sagrado implica un sentimiento profundo de respeto y veneración y que, usualmente, se refiere a lo divino.


De buenas a primeras, un recuerdo infantil se hace presente en mi memoria. Pienso que ha tardado lo suyo en brotar de las profundidades de mi inconsciente. La reminiscencia saca a la luz las dos únicas situaciones donde escuché, por vez primera, el término sagrado usado para adjetivar un espacio físico y algo, en apariencia más abstracto. “El cuarto de los padres es algo sagrado”  Estaba ubicado al final del patio de la casa de mi abuela materna donde vivía toda la familia. Evoco una habitación grande, escasamente iluminada por los rayos del sol. Una cama matrimonial siempre bien tendida, un escaparate, ambos de caoba. Pocos ornamentos. Rara vez, entré allí pues, “era sagrado”.  Otra afirmación acerca de lo sagrado era “dar la palabra”. Ello era sagrado.

El surgimiento de los recuerdos puede tener sus vaivenes. Creo que no son gratuitos, tanto para bien como para mal. Ahora que las portadoras del calificativo sagrado, lamentablemente no están, mi abuela materna y mi madre, ambas procedentes de la isla de Martinica, ataviadas con pañuelos en sus cabezas y mezclando el dialecto típico de su tierra con el español, me atrevo a hacerles un guiño, a picarles el ojo, como se dice, a aseverarles que lo sagrado del acto no es el acto en sí, sino lo que está en juego como vía para patentizar la mayor complementariedad humana posible. En cambio, dar la palabra continúa inamovible. Significación inalterable en el discurrir temporal.

Debo acotar que, por supuesto, pensé en San Agustín como tema a abordar. El obispo de Hipona. Un hermoso retrato titulado “La Confesión de San Agustín” se hallaba colocado en la sala de la casa de mi abuela quien, en conjunto con mi madre y mis tías lo tenían por el santo de la familia. Los antecedentes de este acto continuo y sembrado de fe, siempre estuvieron teñidos de misterio tanto que, para la fecha, me resulta desconocido. Escuchar la historia de su vida, su conversión al cristianismo bajo la influencia de su amigo San Ambrosio, los sufrimientos de su madre Santa Mónica, quien, literalmente derramó lágrimas de sangre suplicando una transformación en la vida de su hijo descarriado era historia cotidiana. A su vez, lo establecido era ir a la vieja iglesia de San Agustín a escuchar misa. Iglesia  hermosa e imponente, a pesar de lo poco cuidada que se veía en su aspecto exterior. Todos los veintiocho de agosto íbamos a limpiar dicha iglesia, grandes y pequeños apertrechados con escobas, haraganes, jabón y coletos. Siempre me daba la sensación que nosotros éramos los únicos que la limpiábamos pues, el polvo estaba dispuesto en capas infinitas y los asientos eran de una opacidad indecible. Siempre llamaba mi atención los pocos sacerdotes agustinianos que llegué a ver, todos de avanzada edad, quienes nos veían hacer, de reojo.

Luego, regresábamos a casa para ponernos presentables y asistir a la misa de seis dedicada al día de San Agustín. Nunca he podido averiguar por qué es el veintiocho de agosto y no el trece de noviembre, fecha que señalan los libros como día del nacimiento del pana Agustín. Se me ocurre que se tome tal día ya que ha podido haber sido ese el de su conversión religiosa. A posteriori de escribir esta historia, un poeta declarado que no era mi amigo, me aclaró que se toma como día de celebración de un determinado santo el de su muerte.      

Así las cosas, nos dirigíamos a su iglesia cargados de flores que mi abuela compraba con antelación en el mercado de Catia. Volvía a escuchar entonces, la historia de su vida y otros elementos de la misma que desconocía y que de inmediato incorporaba a mi repertorio agustiniano. “San Agustín es un Santo muy poderoso”, decía mi abuela. “Siempre nos protegerá”. Y eso, tanto antes, como ahora lo he dado como un hecho, como vivencia personal y familiar. Pero, me pregunto ahora, ¿veo a San Agustín como algo sagrado? No sé. San Agustín me es consustancial, cotidiano, es a él a quien me encomiendo en situaciones difíciles. Es un elemento de unión familiar indiscutible.

Así, dar la palabra y el Santo irreverente constituyen surcos afincados hasta el centro de la Tierra y más allá. En ambos creo y, agrego, sin cortapisas, amén.
Entonces, qué es lo sagrado para mí.                                                                                              

Una respuesta muy íntima salta a la palestra reforzada por pensamientos e imágenes que se suceden tras un flash muy sonoro, repetitivo e interminable. La detengo por segundos sólo para reflexionar sobre su aroma, sobre su barniz muy similar a eso que llaman lugar común. Un amigo maracucho, iletrado desde un punto de vista formal, me ha dado la mejor explicación de eso del lugar común: “es una cosa tan clara y sabida que llega a convertirse en un proverbio, en un dicho de todos.” Súbitamente detecto en mí cierta tendencia unamuniana, ¡sí, tiene mucho de lugar común y qué!. Y me suelto, investida en mi carácter de cirujano: los nacimientos que he presenciado, los rostros maternos impregnados de algo que sencillamentelo sagrado es la vida. El nacimiento, la experiencia de vivir, el salvar una vida. Nunca he percibido, profesionalmente  hablando, mayor alegría cuando se ha logrado salvar una vida puesta en grave riesgo. Se trata de un sentimiento personal y colectivo. La otra cara de la moneda, el quirófano ungido de un silencio luctuoso, de desazón, de batalla perdida ante la muerte irremediable.


Caracas, 4 de agosto de 2011.

lunes, 1 de agosto de 2011

EL FRÍO. Un Aislamiento. THOMAS BERNHARD



A mi sobrina Laura Cristina, con la expectativa de que esta historia le permita ampliar sus horizontes en cuanto a la importancia de la relación médico -paciente que, en esencia, es una relación humana donde a nosotros, los médicos, nos toca dar muchísimo más.




Thomas Bernhard y su abuelo Johannes 
Freumbichler (durante Confirmación, julio, 1.943)





                                                 Hospital Grafenhof (Austria)










"La verdad es siempre un error, aunque sea la verdad al cien por cien, todo error no es más que la verdad."


"La vida no es más que el cumplimiento de una pena y tienes que soportar el cumplimiento de esa pena"
T.B.


"Quien se aburre leyendo a Lucrecio, Leopardi, Schopenhauer, Freud, Ciorán o Bernhard no es desde luego por culpa de esos autores sino de su propia inanidad espiritual."
F.S.

La novela El Frío, Un aislamiento, (1.981) de Bernhard, narra la historia de un joven de 18 años que es ingresado en un sanatorio público para enfermos del pulmón llamado Grafenhof (Austria). Al joven, quien era un delgado aprendiz de comercio, con el rostro lleno de acné, le habían diagnosticado una mancha en el pulmón y su ingreso a Grafenhof se hace obligatorio, describiendo su estancia allí como horripilante y desalentadora. Grafenhof estaba situado frente a una montaña de 2.000 metros de altura llamada Heukareck cuya sombra cubría el valle de Schwarzach. En este sanatorio, también había una iglesia y una galería de reposo.

Dice que Granfenhof albergaba aproximadamente a doscientos pacientes: en el primer piso estaban las mujeres (100) severamente aisladas de los hombres que estaban en el segundo piso. Que en la planta baja había algo que llamaban solanas para "...pacientes especiales, que estaban especialmente enfermos o especialmente favorecidos por su posición social, por su reputación, hombres y mujeres."
Él estaba en una sala de 12 camas. Había un Doctor en Derecho (venido a menos por su posición política. Era socialista) y el resto eran aprendices y trabajadores no calificados, entre los 17 y 22 años. Los define como "...una comunidad de sufrimiento."

Más adelante habla sobre los inconvenientes que reinaban en esa comunidad:

1.- El recelo; 2.- la envidia; 3.- la rudeza y la brutalidad; 4.- el espíritu de contradicción pero también, 5.- la alegría y 6.- el humor (aclara que éstos dos últimos estaban muy amortiguados, adaptados al estado de sufrimiento de esos jóvenes) y 7.- menciona que hay un predominio de la impasibilidad más que de indiferencia.

El joven relata el aspecto típico de los enfermos del pulmón: nariz larga, orejas grandes, brazos largos y piernas deformes. Dice que olían a podrido, a miseria. Era característico ver a los enfermos con la tabla de registro de la temperatura bajo el brazo y una botella de cristal, color pardo, para recoger sus esputos. Inicialmente él se ubica como observador no sintiéndose parte de ellos.

A él también le dan la tabla de temperatura y su botella para escupir pero no lograba hacerlo por más que se esforzara. Llega un momento que empieza ha dolerle la garganta, sin embargo, debía seguir intentándolo pues los médicos, el Laboratorio, requerían sus esputos. Se siente un extraño ante sus compañeros de enfermedad. Todos expectoraban con arte y parecían formar una orquesta perfecta. Cada vez le dolía más la garganta y el tórax. "Al contemplar mi botella de escupir vacía, tenía la opresiva sensación de fracasar y me excitaba cada vez más a una voluntad absoluta de expectoración, a una histeria expectorativa."
Se sentía "castigado" por no producir esputos. Luego, empezó a expectorar pero salía "negativo" para el diagnóstico de tuberculosis pulmonar (TBCP). Así, no podía ser miembro del grupo de enfermos, hasta que, un día, dio "positivo". Explica que "El contento se extendió entre mis compañeros de enfermedad, y también yo estaba contento. No me daba cuenta en absoluto de la perversión de aquel estado. La satisfacción se veía en los rostros, los médicos se habían tranquilizado. Ahora se tomarían las medidas apropiadas." 
Al ser "positivo", reflexionó en el poder que tenía para contagiar a otros, en el poder para aniquilar una existencia. Revela que empezó a sentir odio por todo lo que estaba sano, por todo lo que estaba fuera del Hospital, por todo lo que había en el mundo, hasta por su propia familia pero que ese odio se extinguió pronto pues no tenía alimento con que nutrirlo, pues allí todo estaba enfermo y que el mundo exterior estaba totalmente excluido.


Aunque el protagonista era joven, estaba informado sobre el tratamiento de la TBCP. Primero estaba el neumo, luego la cáustica, la plástica y el tratamiento con estreptomicina. Descubrió que le administraban una dosis de ésta por debajo de la requerida y que ello se debía a la grosera discriminación que había en Grafenhof, determinada por la posición económica de los enfermos, por recomendaciones, por la influencia de los médicos, etc. Él era un enfermo sin dolientes, sin la menor fama, sin recomendaciones, hospitalizado por el seguro de enfermedad regional. Acota que su equipaje estaba formado por una vieja maleta de cartón, de la guerra; 2 pantalones americanos baratos y gastados, 2 camisas de soldados muy lavadas, calcetines zurcidos y zapatos de deportes destrozados. También llevaba una chaqueta regional de su abuelo que era su prenda de gala y la transcripción para piano de la Flauta mágica  (de Mozart. Estrenada en Viena el 30 de septiembre de 1.791)y la Creación de Franz Joseph Haydn.(1.732-1.809)
Hace mención singular de su abuelo -materno- quien era la persona que él más había querido en el mundo. Su abuelo le había enseñado lo que era para él su mayor virtud, el escepticismo. Su abuelo había sido escritor. "Aquel escritor sin éxito, desconocido, se había sentado aquí todos los días a las tres de la mañana y había trabajado. Sin sentido, como ahora tenía que comprender yo...en medio de esa falta de sentido, había llevado su disciplina hasta la máxima disciplina..."

Por otra parte, comenta sobre los cambios físicos que observaba en su cuerpo "...de repente tenía como ellos (los otros pacientes) mejillas hundidas...Yo pertenecía a la categoría de los demacrados y no a la de los hinchados."
Dice que, en sus inicios en Grafenhof, tenía un comportamiento distinto al de sus compañeros pero que, de pronto se descubrió tomando actitudes que "...poco antes me hubieran llamado la atención en los otros como absolutamente inaceptables y repugnantes."


El joven cuenta que se había hecho amigo de un hombre (10 años mayor que él) que resultó ser músico -lo había escuchado un día que pasó por la capilla- específicamente Director de Orquesta. Era ciudadano de Liechtenstein pero había nacido en Salzburgo. Había estudiado en el Mozarteum y había trabajado en Suiza pues en Austria no había lugar para él. Que se trató de un interlocutor excelente. Daban paseos. Este hombre le dio clases de italiano. Hablaban de arte, de música,  (del contrapunto, de las fugas de Bach, de La Flauta mágica, Orfeo, Eurídice, Wagner y Debussy) de Salzburgo, de Austria, de la enfermedad. Afirma que esa amistad -que duraba hasta la actualidad- había sido enriquecedora. Aquí nos enteramos que el joven quería ser cantante: "No iba los domingos a la capilla porque fuera católico, sino porque no sólo era un hombre musical sino un chiflado por la música, que seguí teniendo la intención de convertir la música en signo supremo de la justificación de su existencia y en su única pasión verdadera, en la totalidad de su vida." 


Tiempo después dieron de alta a su amigo. Sé sintió muy sólo. Luego lo dieron de alta a él, informándole que su mancha en el pulmón había desaparecido. Había pasado 9 meses en Grafenhof. Paradójicamente no quería volver a su casa. A partir de aquí nos enteramos que su madre, Hertha Fabjan, de 46 años estaba gravemente enferma de un cáncer uterino. En la casa era cuidada por su esposo (padrastro del joven) y por su abuela. El joven tenía dos hermanos menores ( de 7 y 9 años) Su abuelo había muerto meses antes por una patología vesicular diagnosticada como un tumor maligno. Así que ir a su casa, era contemplar el triste espectáculo de la muerte de su madre (a quien le había leído unos poemas que había escrito antes de irse a Grafenhof. Dice que lloraron juntos). Igualmente pensaba que al irse a su casa incomodaría a su padrastro y a su abuela que ya estaban suficientemente agotados al tener que cuidar a su madre.

También, a raíz de su "alta", otra historia que, sin duda había resultado agobiante para el joven, salta a la palestra.  Él nunca conoció a su padre. Sólo que había abandonado a su madre antes de que él naciera. Que se había ido de Austria a Alemania. Que era ebanista. Que había quemado la casa de sus padres antes de marcharse y que había muerto a los 43 años. El joven había sentido una tremenda necesidad de saber de él, de sus abuelos paternos pero ello resultó imposible. Este desconocimiento lo sumerge en un punto de no saber, de preguntas que caen en el vacío y que lo atormentaran durante mucho tiempo.

Pero la historia no acaba aquí. A los días de ser dado de alta y mientras se hacia el control de esputo rutinario, la prueba da¡ positiva!. Debe regresar a Grafenhof pero inicialmente va a un hospital cercano y le realizan un neumotórax. Luego, al parecer, por un acto de iatrogenia le hacen otro neumo -accidental- y deciden realizarle un neumoperitoneo que, para la fecha, era un tratamiento nuevo. Ese procedimiento implicaba la necesidad de paralizarle el diafragma por varios años (lo cual era reversible) a través de una técnica de compresión del nervio frénico. Empieza a recibir la dosis correcta de estreptomicina. Ese acto médico le fue realizado en otro hospital que, casualmente, era en donde su abuelo había muerto y su madre tratada muy tardíamente de su cáncer uterino. Después reingresa a Grafenhof. Al área de las solanas. Allí comparte con el Doctor en Derecho que ya estaba en pésimas condiciones y al poco tiempo muere. El joven va mejorando y decide escaparse por las noches por los alrededores del pueblo donde conoce a una joven música. Empieza a cantar en una capilla y ello lo revitaliza. En Grafenhof se enteran y lo amenazan. Estando allí se entera por un periódico que su madre había muerto y pide permiso para ir al entierro, regresa a Grafenhof y  poco tiempo después, sintiéndose bastante mejor, decide irse. Le siguen realizando los neumoperitoneos ambulatoriamente. Por un descuido de él, deja pasar unas semanas sin hacerse el neumoperitoneo y cuando va, sufre de una embolia y se salva milagrosamente. Le dicen que debe ir a Grafenhof pero él se niega.

Como en otras novelas de Bernhard, el tema de su rencor y desprecio hacia los médicos, está presente en El Frío. Cuenta que el médico jefe era un hombre pérfido. Tenía más de setenta años. "De aquel hombre no podía esperar nada, había pensado yo desde el primer momento, y mi primera impresión se había confirmado cada día más...Él era un personaje desgraciado, que había errado su profesión y que además, por las circunstancias de la vida, había sido trasladado a una comarca inculta, fría y embrutecedora, en la que tuvo que degenerar y, como es natural, ser finalmente destruido." Agrega el joven: "Los médicos y sus debilidades de carácter, incluso sus vilezas y bajezas, que entretanto había conocido, lo mismo que las vilezas y bajezas de los pacientes, me habían hecho agudizar el oído...". Cuando el joven estuvo ingresado para la realización de la operación del nervio frénico. empieza un día a recorrerlo: "Entré en el ala de cirugía del jefe, con la mayor aversión hacia la ciencia médica y lleno de odio hacia todos los médicos".

Caracas, 31 de julio de 2011.